
Fernando Vallejo: el abuelo
En estos días llegará a Buenos Aires El río del tiempo, ciclo autobiográfico del escritor colombiano, compuesto por cinco novelas. Quienes hayan seguido a los personajes de La virgen de los sicarios encontrarán en la nueva obra la misma mirada desencantada y sarcástica, un desfile de personajes marginales y una sucesión de opiniones irritantes, cargadas de humor, que le han valido a la vez admiración y críticas terribles. Como anticipo, se publica un fragmento de Los días azules, el volumen consagrado a la niñez
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Como yo era un gran pianista, ejecutante de escalas y piezas de Ana Magdalena Bach, al abuelo se le metió en la cabeza aprender piano. Quería tocar el "Ciribiribín": do si si la dooo, la sol, fa dooo, fa sol, fa dooo, la sol, fa siiii... En fa mayor, con si natural primero y luego si bemol. ¡Qué desastre! No podía... Tenía los dedos tan engarrotados que no le respondían. Con los dedos de la mano izquierda entonces iba levantando los de la derecha, los que hundían las teclas. Se diría un segundo mecanismo externo del piano, contrapunto del interno, de resortes y martillos que iban movilizando dedos. Uno por uno, desengarrotándolos. Al cabo de verlo luchar eternidades contra lo imposible, yo, el maestro, meneaba la cabeza vencido, convencido: mi abuelo no había nacido para la música. Imposibilitada además la mano izquierda para el acompañamiento, sólo podía aspirar, si acaso, a ser pianista de melodías. Era una peña, con tanto empeño...
Dos alumnos he tenido de piano, y fueron muchos: mi abuelo y mi hermana Gloria. A mi abuelo le enseñé siendo yo un niño; a Gloria siendo ella una niña y yo un muchacho. Tenían ambos una virtud en común: me sacaban de quicio. Al abuelo, subido yo en un taburete, acabé dándole coscorrones en la calva: "¡Así no! ¡Así no! ¡Ya te dije! Si natural primero, luego si bemol. ¡Cuándo vas a aprender!" Y él, con su sempiterna paciencia de hacer mover mulos, vuelta a lo mismo: do si si la doooo... A veces se me antojaba ir por un cuchillo a la cocina para rajarle los dedos y sacarle los huesos a ver si así se le desengarrotaban.
Como no pudo aprender piano, de la noche a la mañana le dio por manejar. Y se compró un Hudson reluciente. No le enseñó mi tío Ovidio, gran chofer, su hijo, porque vivían peliados; le enseñó un instructor: en la primera curva, en la primera clase, sin llegar siquiera a la portada ni salir de su propiedad se llevó por delante un naranjo y aligeró de media trompa al Hudson. Le dieron licencia; esto es, la patente, pero le pusieron en ella, con letras grandes, explícitas, una salvedad. "No puede manejar sin gafas". Y las gafas se le volvieron una obsesión. Las buscaba por todas partes, bajo las camas, en las gavetas, en los bolsillos, en el carro bajo los asientos: las tenía puestas. Se van a referir aquí, porque justo es que se sepan y queden consignadas para la posteridad, por la pluma de quien las vivió con riesgo de su vida, las hazañas de chofer de mi abuelo. Un escalofrío me recorre el cuerpo.
Al llegar por primera vez manejando a Envigado, en el parque central apachurró tres palomas. Le exigían pagar treinta pesos, o en su defecto treinta días de cárcel. "Verá usted, mi estimado -le empezó a decir al alcalde-, yo soy Leonidas Rendón Gómez, de Santo Domingo, un forastero conservador. Ni sabía lo de las palomas, ni conozco a Envigado, pueblo precioso y de tradición..." Habló por media hora sin parar y salió impune. Lo dejaron ir, y seguimos rumbo a Medellín. En la bajada de El Poblado, truene que llueve, le apagaba el motor al carro para economizar gasolina, y se iba con el impulso de dos kilómetros, hasta la zona industrial. No había poder cósmico que lo hiciera detener. Volaban a lado y lado las gallinas, los burros, las vacas, los humanos. Imposible frenar pues habría perdido la economía al volver a encender, "y así qué chiste". Un día, Dios es testigo, se llevó a una niña de corbata y ni cuenta se dio. "Pará, pará abuelito -gritábamos sus nietecitos aterrados-, que mataste una niña". Frenó en seco y casi nos descalabra contra el vidrio. "¿Dónde, que no vi?" Como era un caballero, ni por un instante pensó en huir y se bajó a inspeccionar. La niña se levantó del pavimento como si una voz de lo alto le hubiera ordenado: "Levántate y anda". Le habían dado tan sólo un susto, un rozón. Así son los milagros.
Item más: de la misma suerte que se le engarrotaban los dedos en el piano, se le engarrotaba el pie en el acelerador. Y ahí vamos, con el acelerador pegado, a cien kilómetros por pleno centro de Medellín. Brincaban los transeúntes a las aceras como gotas de un charco, se abría en abanico veloz la multitud. A un policía que estaba en una esquina distraído le pasó rozando. Desquitó el maldito dando un brinco atrás como maromero, aterrado, pero nosotros lo acabamos de rematar. Por la ventanilla le gritamos: "¡Negro hijueputa!" y lo dejamos aturdido, como descalabrado. Cuando se repuso un poco, como endemoniado empezó a silbar. ¡Pero quién ha visto que un silbato de policía alcance a un Hudson a cien kilómetros! Con chirriar de llantas y un chispero nos lo perdimos en la primera esquina. Dizque anotó la placa, el pobre estúpido, y largábamos la carcajada: no sabía que le habíamos trucado el número a la placa. Como los números eran blancos, los modificábamos con tiritas de esparadrapo para proteger al abuelo de la autoridad. Y donde decía treinta y cinco, el guardián de la ley vejado leía ochenta y dos. Pero el abuelo no sabía lo de las placas ni lo del policía ni lo de los transeúntes ni nada: iba ahora por Ayacucho en contra vía, embebido en su monólogo interior. Y ése era su problema para manejar, más grave que el engarrotamiento del pie y que la vista cansada: su problema era que el cuerpo iba en el carro manejando, pero la mente andaba ausente, en otra parte: cinco cuadras adelante, en un juzgado, redactando un memorial.
Un policía malencarado lo detuvo en Juanambú. O mejor dicho, se detuvo mi abuelo solo, por su libre albedrío, porque paró desprevenido pensando en no sé qué. "¿No se da cuenta de que va en contra vía?" se acercó diciendo el esbirro. Y pretendió quitarle la licencia. Pero mi abuelo, vive Dios, fue un caso insólito de sangre fría ante la autoridad: los envolvía en sus malabarismos verbales, y dándose tiempo y mañana jugaba con ellos como el gato con el ratón. "¿Por qué será que Medellín es tan bonito?" empezaba diciendo su palabra sagaz. Luego se presentaba: "Leonidas Rendón Gómez, a su mandar". ¡Qué dominio! ¡Qué lenguaje! ¡Qué arte! ¡Qué faena! Un muletazo seco a la izquierda, y un muletazo flexible a la derecha, con torsión de figura como despidiendo al toro. Le ponía una banderilla y a sus órdenes la finca Santa Anita, que era un locus amoenus, como quien dice una delicia, donde sobraban naranjas. Le ponderaba la belleza de Medellín, el tamaño, la Avenida Las Playas, la catedral. "¿Sabía usted que es la más grande del mundo entre las de ladrillo cocido?" Parecía que hablara el Espíritu Santo u Ovidio el estadístico por su boca. Entonces pasaba a toriar por chicuelinas, y aludía a la simpatía de los antioqueños, como si él no fuera antioqueño y con lo comemierdas que son. Banderilla aquí, manoletina allá, para acabar dejando la muleta y tomando el capote. Y empezaba a girar de talones, como un trompo, envolviendo al animal en una verónica interminable que pasaba de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, girando, girando en un fugaz torbellino y ¡Oléeeee! Caía el toro emborrachado por las vueltas y se levantaba en una ovación la multitud. ¡Oléeeee! No tenía necesidad de salir a matar mi abuelo. Habiendo doblado la rodilla y clavado la cerviz, la pobre bestia se despanzurraba en media plaza. Le recogía su licencia al animal borracho, volvía a encender el carro y en contra vía a su monólogo interior. "¿Por qué decís abuelito que Medellín es bonito? Bonita. Con ?a´. ¿No ves que es una ciudad?" Le teníamos que estar todo el tiempo corrigiendo.
Pero la más bella hazaña de mi abuelo al volante fue la de embotellar a Medellín. Junín es la principal vía, la arteria aorta, la vena cava, la que lleva el smog al corazón. Un coágulo en Junín es infarto. Pero el abuelo nada sabía de medicina, sólo cobrar: como los médicos de la Clínica Soma, ya ustedes saben, la que está en la Avenida Las Playas, unos mercachifles. Operaban sin importarles el paciente, por su propia necesidad: hoy necesito tanto, opero; mañana no. Le dejaban en la barriga tijeras, guantes de operar. Y así dejó el abuelo convenenciero su carro en el puro centro de Junín. "Ya regreso niños, no me tardo. Voy a una diligencia a aquel almacén." Y bajó llevándose las llaves. Veinte minutos después, un concierto de claxons histéricos nos mentaban la madre, al unísono, en un tutti fenomenal. Un policía, incrédulo se acercó: "¿De quién es este Hudson, niños?" "De mi abuelito" contestamos en coro los tres: Darío, Aníbal y yo. "¿Y dónde está el abuelito?" "Por allá..." Y nuestro vago por allá abarcaba a Medellín. El policía subió al carro, quitó el freno de mano, hundió el embrague, y un grupo de voluntarios, de buenos ciudadanos empezó a empujar, a sacarnos a la orilla del río. Entonces salió mi abuelo del almacén: tan distraído que al ver la escena, en vez de sacar las llaves y echar a andar su carro, se unió al grupo de voluntarios a empujar.
De regreso a Santa Anita atropelló un mulo, con el faro izquierdo, y regresamos con ese ojo abollado, tuertos. En la noche se volvió un peligro salir en el Hudson. Ciego de un ojo, en la densa oscuridad parecía una moto.
Cansado de hacer estragos con el carreo se dedicó a Santa Anita. "Esta finca -dijo- necesita una mano", y empezó a fabular con albercas de Las mil y una noches, con una piscina. Pensando, buscando, encontró una mina: de piedras como pelotas, redondas, oblongas, las que necesitaba para la piscina. ¡Qué bien, se iba a economizar las piedras y el acarreo! Las había por todas partes en la finca, enterradas: cuestión de encargarle a un peón que se las sacara. Se empezó a reunir pues las piedras redondas, oblongas, y a abrir el hueco para la alberca persa. Pero cosa rara, como de Mandinga, el hueco se llenaba de agua, solo, en las noches. ¡Qué podría ser? Fue entonces cuando papi descubrió la catástrofe: las piedras redondas, oblongas, que se hallaban enterradas por doquier, eran los filtros de la finca, los que canalizaban las mil aguas subterráneas que venían de lo alto de la montaña. No estaban donde estaban por capricho de la naturaleza, sino por diligencia del anterior dueño de Santa Anita. "¡Con razón se filtraba el agua al hueco de la piscina!" dijo mi abuelo quitándose un misterio de encima. Sólo que el agua se empezó a filtrar también a las huertas, a las pesebreras, a la casa, a los potreros, a toda la propiedad. Y Santa Anita, como pianola operada, quedó sirviendo para un carajo, se volvió un pantano. Clavábamos un palo de escoba en el pasto y brotaba un surtidor. "¡Don Leonidas, por Dios, qué hizo usted!" decía papi aterrado. Papi, el copropietario...
El montón de piedras quedó a la derecha, a la vera del camino que llevaba de la portada a la casa, como túmulo indígena. Por un año, por dos, por tres, por cientos, esperando a que lo vengan a descubrir los arqueólogos del futuro. En cuanto al hueco, quedó convertido en un gran charco: la tumba de las ilusiones. Unos sapos ojones, burleteros, surgían de cuando en cuando con un gran salto, como impulsados por un resorte, dándose un buen clavado en su piscina, para escarnio de mi abuelo. Nosotros adoptamos el túmulo de piedras como campo de batalla cuando nos dio por jugar a los muñequitos. No es que fuéramos niños maricas, no: éramos dramaturgos, de una inventiva feroz. Los muñequitos estaban hechos de hilo calabrés y vestidos con papelitos de aluminio, de relucientes colores: los que envolvían las chocolatinas y los cigarrillos Lucky Strike. Una cajetilla vacía de Lucky Strike entrevista a la orilla de la carretera adquiría pues el valor de un tesoro. El abuelo tenía entonces que parar su Hudson para que nos bajáramos a recogerla. Paraba porque paraba. ¡Pobre de él si no!



