Foxcatcher, o las sombras tras el brillo de las doradas medallas olímpicas

Entrevista con Luis Nicolao. El famoso nadador marplatense habla de la amistad que mantuvo, en su juventud, con el excéntrico millonario John Du Pont, mecenas y promotor de deportistas, cuya trágica vida, en la que no faltó el asesinato y la prisión, inspiró la nueva película del director Bennett Miller, candidata a los próximos Oscar
Hugo Beccacece
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27 de febrero de 2015  • 19:18

El estreno de Foxcatcher, la película de Bennett Miller, por la que obtuvo el año último el premio al mejor director en el Festival de Cannes, rescata una historia real, sombría y escandalosa. En su momento, la década de 1990, esa historia despertó asombro en todo el mundo porque revelaba las sombras tras el brillo de las doradas medallas olímpicas. La tragedia recreada por Miller narra la extraña situación que vivían los sacrificados y meritorios deportistas de alta competición, rodeados por la vanidad, los intereses económicos, las drogas y las perversiones de sus fans y patrocinadores que podían llegar hasta el crimen. Lo sorprendente es que un campeón argentino de natación fuera testigo del comienzo de esa historia, de aquello que Miller no relata en su película. Eran todavía los tiempos de la inocencia. Vayamos por partes.

Foxcatcher cuenta la vida de los hermanos Mark y David Schultz (ambos campeones olímpicos de lucha grecorromana) y del patrocinador y supuesto coach de Mark, John Eleuthère Du Pont, uno de los hombres más ricos de Estados Unidos entre 1960 y 1990. El film, basado en el libro autobiográfico de Mark Schultz, tuvo considerable éxito de crítica y Steve Carrell, el actor que encarna a John Du Pont, ha sido nominado al Oscar por su interpretación. La narración muestra al millonario cuando ya era un hombre de más de cincuenta años. Según la versión de Mark Schultz y de Bennett, John lo contrató para que formara parte de su equipo de lucha llamado Foxcatcher, como la granja donde desplegaba su poder el heredero de la fortuna Du Pont. Más tarde, John también contrató a David, el hermano de Mark, pero para que trabajara como coach del equipo. A esas alturas, Mark se había peleado con John, después de una serie de episodios ambiguos y violentos. En cambio, David Schultz se convirtió en el verdadero coach de lucha en Foxcatcher, pero John Du Pont figuraba como el entrenador oficial y, a menudo, sus supuestos pupilos debían escuchar sus arengas y consejos elementales como si de verdad fueran importantes. A Du Pont siempre le había gustado jactarse de ser un gran deportista, un gran entrenador y un gran mecenas. Sólo lo último era cierto. De acuerdo con el film, John era de algún modo consciente de su impostura y no soportaba nada que pusiera el fraude en evidencia, por eso terminó por matar a David.

El testigo argentino de la juventud de John Du Pont, de lo que hoy se llamaría la precuela del film, es Luis Nicolao, el famoso nadador marplatense que ganó numerosos premios internacionales y batió dos veces en tres días el récord mundial de 100 metros estilo mariposa en 1962. Nicolao obtuvo en numerosas ocasiones el campeonato sudamericano y una vez el campeonato nacional libre de Estados Unidos, donde se había radicado para seguir estudios universitarios en 1964. Su fama en la Argentina era comparable, o aun mayor, a la que hoy tiene José Meolans. En la actualidad, vive en Mar del Plata y viaja con frecuencia a Buenos Aires. Más allá de los cambios físicos, despliega en su vida la misma tenacidad y la misma simpatía que le abrieron todas las puertas.

El retrato que Nicolao hace a adncultura de John Dupont, de quien era amigo, permite reconstruir los años de formación del desequilibrado millonario norteamericano y, al mismo tiempo, evoca cómo era la natación competitiva hace medio siglo.

–¿Cómo llegaste a competir en Estados Unidos?

–Antes de ir a los Juegos Olímpicos de Tokio en 1964, ya había sido invitado varias veces por equipos de natación y universidades norteamericanas para entrenarme en ese país, pero yo no hablaba inglés, estaba muy apegado a mi familia y a mi entrenador, el querido Alberto Carranza, de modo que rechacé el ofrecimiento. En esa época, no se competía en los Juegos Olímpicos en mi especialidad, los 100 metros mariposa. Competí, en cambio, en los 200 metros y en los 100 libres, pero no eran pruebas que me dejaran satisfecho. En Tokio, se me acercó el coach del equipo estadounidense, uno de los grandes maestros mundiales de la natación, George Haines, que dirigía el Club Santa Clara, de California, el más prestigioso. Lo acompañaba un nadador que hablaba algo de español. Ese muchacho me dijo: "Al entrenador del Club Santa Clara, donde tenemos más de 30 campeones olímpicos y 24 recordistas mundiales, le gustaría tenerte como el principal nadador mariposa del Club".

Haines le sugirió a Nicolao que, en el viaje de regreso a la Argentina, pasara por Estados Unidos. Lo iban a esperar en el Santa Clara. Después de consultarlo con su padre y con el club El Ateneo, al que había representado hasta entonces, Luis aceptó la invitación y resolvió viajar de Tokio a Miami. Pero allí se quedó varado.

– ¿Cómo hiciste para llegar a California?

–No tenía dinero para pagarme el pasaje. Hasta que alguien me dijo que había una agencia de autos adonde llegaba gente de todo el país, dejaban el auto allí y después buscaban a alguien que los devolviera en el lugar de donde provenían. Fui y pregunté si había un coche para llevar a California. Había uno. Me subí y fui manejando hacia allá. Comía lo único que sabía decir en inglés: pollo frito. Llegué a Santa Clara, hablé con Haines y me incorporé al club. Me instalé en una casa de familia. Los dueños se convirtieron en mis segundos padres. Tenían dos hijos nadadores. El primer día me despertaron a las cuatro de la mañana. Llovía. Me dijeron que el entrenamiento empezaba a las cuatro y media y seguía hasta las ocho. Pasaron los meses y aprendí lo que pude del idioma. Escribí cartas a varias universidades para que me aceptaran y me dieran una beca el año siguiente. Un día, me llamó el entrenador y me dijo que en el club los campeones como yo debíamos apadrinar a un joven de menor edad e inexperto. Le dije que lo haría con gusto. Me presentaron al chico que debía guiar. Era un morochito más bajo que yo. Se llamaba Mark Spitz. Seis años después, me derrotó en una carrera. Mark ganaría siete medallas olímpicas en los Juegos de Múnich, en 1972.

–De todas las universidades que te aceptaron y te ofrecieron becas elegiste la de Stanford. ¿Allí trataste a John E. Du Pont?

–Sí, pero yo no sabía que él era él. Yo todavía estaba en el Santa Clara. En las temporadas de verano, entrenábamos en piletas alquiladas porque Santa Clara tenía sólo piscinas de veinticinco yardas. Íbamos a universidades con piscinas de cincuenta metros. En todos los andariveles, había campeones mundiales que se ejercitaban. A los más rápidos les correspondían los andariveles del centro: el resto se ubicaba en orden de velocidad descendente hacia los bordes. A mí me extrañaba que, en el andarivel 1, hubiera un nadador muy flojo, algo mayor que el resto de nosotros. Era alguien del montón. Hacíamos piques de 400 metros y, a los 300, las mujeres le sacaban 100 metros de ventaja. Lo miraba y me preguntaba: "¿Este bicho qué hace aquí?" Sin embargo, veía que hablaba con el entrenador y que tenía mucha confianza con él. Me integré a un grupo en que también estaba ese muchacho extraño. Me lo presentaron simplemente por el nombre: John.

–¿Te hiciste su amigo?

–Sí. Un día, John me preguntó si yo no podía pasar con mi coche por la esquina de su casa para llevarlo al club. Quería economizar. Pensé que era más pobre que yo, así que pasaba y lo buscaba. Todos los días se vestía igual, con una remerita de cuello gastado. No sé si sabía qué era un cepillo de dientes. En 1964, teníamos que ir al campeonato nacional abierto de los Estados Unidos. En el avión, veo a John. Me pregunté: "¿Y éste que hace aquí?" Era imposible que pudiera competir en nada. Yo estaba sentado detrás del entrenador y de John. En cierto momento, oigo que el coach le dice: "No molestes, por favor". John se levantó y se fue a otro asiento. El entrenador se dio vuelta y me dijo que "ese chico" quería una entrada para que su mamá fuera a verlo en el torneo. Las entradas del campeonato nacional no eran baratas. Me dio pena, compré una entrada y se la regalé a John para su madre. Me agradeció. Esa vez, gané el campeonato nacional de Estados Unidos.

–¿Conociste a la señora Du Pont?

–Sí. Cuando terminó el torneo, John se acercó y me dijo que su madre me quería saludar y darme las gracias. Vi a una señora vestida de negro, muy elegante. Me dio la mano. Después John me pasó un mensaje que ella me enviaba: "Mamá quiere invitarte a que pases el fin de semana con nosotros y agasajarte por la atención que tuviste. Vive en Pensilvania". Yo no tenía dinero para pagarme el pasaje aéreo. Se lo dije y John me aclaró: "Mamá nos lleva en su avión". Me quedé desconcertado: ¿John era rico? Decidí seguirle la corriente. Llegamos al aeropuerto y nos esperaba un 707 privado; el interior era una especie de palacio. El avión aterrizó en la propiedad familiar. Nos esperaban tres limusinas con varios servidores que cargaron el equipaje. Entramos en una residencia imponente. Subimos una escalera aún más imponente. En la pared, había una sucesión de cuadros enormes con retratos de los antepasados de John. En los marcos siempre aparecía el apellido Du Pont. Llegué arriba de todo y me encontré con el retrato de John Eleuthère Du Pont. No podía creer que mi compañero de natación, el que mendigaba una entrada, fuera el heredero de la firma Du Pont. Comprendí dónde estaba y quién era John. Todo eso ocurrió un año y medio después de haberlo conocido.

–Ya entonces John E. patrocinaba el deporte.

–Claro que sí, por eso John formaba parte de equipos de alta competición. Construyó un natatorio olímpico en homenaje a Don Scholander, un nadador excelente. Además, estaba levantando infraestructuras para albergar a deportistas olímpicos. Auspiciaba el Club Santa Clara: pagaba por los andariveles, la calefacción, los equipos, la hotelería. Más tarde, se dedicó al pentatlón militar, lo que exige ser militar. Él no lo era o lo era por sus donaciones y así llegó a integrar el equipo olímpico de pentatlón moderno, para lo que no estaba capacitado. En esos años, me parecía un excéntrico, no un loco. Causaba cierta gracia por su comportamiento, pero a veces asustaba. Un día, nos invitó a su nueva casa para homenajear al equipo de la universidad porque habíamos ganado el primer campeonato nacional universitario de la historia de Stanford, en 1967, creo. Llegamos a su nueva residencia. John nos hizo ver una película documental sobre sus actividades de patrocinador. Acababa de comprar el mejor perro ovejero alemán entrenado. Quiso que lo admiráramos. Lo trajo, se lo puso al costado, sujeto con una cadena, y, de pronto, le dio un comando de ataque. Yo tenía esa fiera a tres metros. El perro se lanzó sobre nosotros, pero no podía desprenderse de la cadena. Nunca había visto un animal tan feroz como ése. Si hubiera roto la cadena, nos habría matado a todos. Comí rápido para salir lo antes posible de la casa.

–Las anécdotas raras se fueron multiplicando, según muestra la película.

–Sí y, a veces, resultaban muy graciosas. Con John compartíamos un amigo que fue campeón olímpico en 1960, Paul Hait. Paul se convertiría en un gran empresario y diseñador. Pertenecía a una familia muy importante. Su padre había diseñado los transportes anfibios del ejército de Estados Unidos. Nos hicimos muy compañeros. Trabajé muchos años como gerente en sus empresas. Ya egresados, de tanto en tanto, Paul se encontraba con John. Después me contaba riendo las últimas ocurrencias del que había sido nuestro rival en las piletas. Uno de los nuevos problemas de John era que las parejas de novios estacionaban sus coches a las orillas del lago que estaba en su propiedad. John no tenía forma de sacarlos de allí, porque se colocaban en la carretera que estaba fuera de su dominio. Hasta que se le ocurrió comprar un tanque anfibio, de los que fabricaba el padre de Paul, y camuflarlo para que pareciera el monstruo de Loch Ness, el de Escocia. El tanque, convertido en una forma terrorífica, emergía del agua delante de las parejas; por supuesto, se acabaron los amantes a la luz de la luna. En otra ocasión, Paul me contó: "No vas a creer lo que me pasó. Me encontré con John. Viajábamos en su coche. Nos pasó un auto con dos muchachos negros que tiraron latitas de cerveza por la ventana. Una de esas latitas dio en el capó del automóvil de John. Él actuó de inmediato. Tocó tres botoncitos y la parte delantera del coche quedó recubierta por la carrocería de un patrullero, como si fuera 007, después puso a funcionar una imprevista sirena, siguió a los muchachos, los paró y les hizo una boleta porque era el sponsor de la policía del Estado con licencia de policía". Con los años, me fui enterando de que John patrocinaba equipos olímpicos de Estados Unidos, como el de lucha grecorromana y el de tiro. Entre otras cosas, cedía las instalaciones de su granja Foxcatcher perfectamente acondicionadas para recibir a los deportistas. Más tarde supe que había asesinado a David Schultz por celos profesionales, aunque había distintas versiones. Cuando John ya estaba en la cárcel, Paul me dijo que fuéramos a visitarlo. Paul lo hizo, me mandó una foto en la que nuestro ex compañero se veía descuidado, barbudo, destruido, y me dijo que no valía la pena que yo visitara a John porque estaba ido. Su vida siempre había girado alrededor del deporte. Era un hombre de una timidez sobrenatural, pero le gustaba estar en el centro de todo, y lo estaba por el poder que tenía. Además, eso le permitía disimular la soledad de su existencia. No tenía amigos. Sus invitaciones eran siempre grupales, a equipos deportivos o a dirigentes: sin intimidad. En la primera etapa de su vida, quiso ser deportista y compraba la posibilidad de entrenar en equipos competitivos. Durante el segundo período fue más allá y pretendió dirigir equipos compuestos por los mejores deportistas del mundo. El dinero le permitía aspirar casi a cualquier cosa. A nadie le convenía ponerle límites. En cierto modo, él mismo se los puso cuando mató a David Schultz. Por más poderoso que fuera, ya no podía ir más allá en un país como Estados Unidos. Lo condenaron y murió en la cárcel.

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