Fuga de lectores
La narrativa argentina se vende poco o nada. Excepciones aparte, la abrumadora mayoría de los libros rara vez agota la primera edición y, en el mejor de los casos, las tiradas no superan los 3000 ejemplares. Para indagar las posibles causas de esta realidad cultural alarmante, La Nación ha convocado a autores, editores y libreros a participar de una encuesta sobre cuyos resultados reflexiona Guillermo Saavedra. Por su parte, Beatriz Sarlo analiza la débil relación entre los escritores nacionales y su público.
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CONFINADA a un circuito que rara vez excede a sus propios protagonistas y unos pocos lectores fervorosos, la literatura argentina actual vende tan poco que suele estar por debajo de los niveles de rentabilidad y, más allá de lo económico, no logra inscribir sus metáforas, sus temas y sus historias en la trama más amplia de las conversaciones de esta comunidad. Este fenómeno se ha acentuado en los últimos años y, como afirman los escritores Andrés Rivera, Hebe Uhart, el editor Daniel Divinsky o los libreros Natu Poblet y Martín Preuche, aunque forma parte de la recesión general de la economía y del fuerte descenso de la venta de libros de cualquier tipo, parece tener al mismo tiempo características propias.
La mayoría de los consultados por La Nación en la encuesta que acompaña a esta nota coincide con ello y las cifras parecen confirmar las presunciones. Por supuesto, hay excepciones: Abelardo Castillo va por la cuarta edición de El Evangelio según Van Hutten (Planeta); la novela La revolución es un sueño eterno , de Andrés Rivera (Alfaguara), lleva impresas doce ediciones desde su publicación, en 1992; La Tierra del Fuego , de Sylvia Iparraguirre (Alfaguara), cinco ediciones desde 1998. Podrían consignarse algunos otros títulos pero no conformarían más que un exiguo catálogo de excepciones que, finalmente, confirman la regla: el promedio de ventas está por debajo de los mil ejemplares.
Frente a esta situación, algunas editoriales han optado por publicar menos libros de autores argentinos de ficción, otras mantienen la cantidad de títulos pero incluyen en esas cifras reediciones o repiten autores o fórmulas de éxito seguro y la mayoría ha reducido el tiraje de sus novedades en esta área: de un promedio de 3000 a 2000 y, en algunos casos, 1000 o 1500 ejemplares.
No está de más recordar que esto no siempre fue así: en los años sesenta y comienzos de los setenta, como contaba el editor Daniel Divinsky en una entrevista reciente, a ningún imprentero se le ocurría hacer un presupuesto por menos de 3000 ejemplares e incluso era bastante frecuente tomar como punto de partida tirajes de 5000. Los libros de literatura argentina se vendían muy a menudo en cantidades superiores a estas últimas cifras y sus autores alcanzaban en algunos casos la notoriedad, hoy impensable, de una figura pública que la gente podía reconocer en la calle. En países como España, Chile, México y Uruguay, por ejemplo, los escritores locales tienen un crédito adicional; en la Argentina de hoy, ese crédito está suspendido o restringido a unos pocos nombres cuya popularidad no logra despertar el interés por el resto de los autores nacionales.
A la hora de buscar responsables de esta situación, el repertorio suele incluir las opciones que se propusieron en la encuesta: la culpa es de los escritores, del público, de las editoriales, del periodismo o del establishment político cultural. Conviene ir recorriéndolas con cierto detenimiento.
Cuestión de gustos
La presunción de que el problema radica, entre otras causas, en que la literatura argentina actual no coincide con las expectativas del público es sostenida, en la encuesta, por los editores Gloria Rodrigué (Sudamericana), Jorge Lafforgue (Alianza) y Antonio Dalto (gerente de la cadena de librerías El Ateneo). Por su parte, José Luis Retes (de la cadena de librerías Fausto) afirma que "pensar en los escritores argentinos en general es poco útil, una categoría demasiado abarcadora que desdibuja su contenido, ya que los escritores son singularidades que deben pensarse como tales".
En cualquier caso, la sospecha de que es la literatura lo que no interesa pone la cuestión en un callejón sin salida, porque los escritores sólo se deben a su necesidad a la hora de escribir y no es de su incumbencia atender a los gustos o las necesidades del público. Por otra parte, quien se tomara el trabajo de buscarlos podría encontrar en la literatura argentina actual algunos grandes autores, varios muy buenos y otros tantos aceptables.
Temas como la experiencia de la guerrilla, la última dictadura militar, la guerra de Malvinas, la crisis económica, el deterioro del tejido social, los cambios de paradigmas, usos y costumbres, el aquí y el ahora, el pasado lejano o cercano, la real politik y las utopías, la vida cotidiana y su intimidad son tomados desde las más diversas perspectivas y con los más variados procedimientos narrativos por escritores de distinto signo ideológico y recursos también disímiles. Estas variadas formas del realismo son complementadas por un plexo no menos rico de libros y autores que, o bien se ocupan de esa misma realidad desde el absurdo, lo fantástico, la ficción histórica, el policial o la ciencia ficción, o bien postulan realidades completamente imaginarias o deliberadamente alejadas en el tiempo y en el espacio.
Política editorial
La responsabilidad de las editoriales, en cambio, parece más evidente y así lo entienden varios encuestados. Para algunos, las editoriales no hacen lo suficiente para interesar al público: "La política de las editoriales es nefasta para la literatura argentina" -afirma, categórico, el editor Alejandro Castiglioni (Atril)-; "las editoriales no se juegan, lanzan productos de venta asegurada", dice el librero Fernando Peréz Morales (Boutique del Libro). La mayoría -entre ellos, varios editores- coincide en afirmar que se publican más libros de los necesarios e, incluso, en lugar de los necesarios.
En descargo de los editores, habría que reconocer que no es fácil saber de antemano qué literatura está esperando el público. En literatura y en arte en general, la ley de oferta y demanda no puede observarse con el mismo margen de eficacia que en otras áreas del mercado sencillamente porque nadie sabe a priori cuántas personas están esperando quién sabe qué libros. El recurso de apostar a lo que tuvo éxito recientemente tampoco ofrece un margen de certidumbre tranquilizador. Y, cuando esto ocurre, el resultado es la saturación, como en el caso de las llamadas novelas históricas.
Por otro lado, ¿cómo descubrir a los nuevos grandes escritores si sólo se apuesta a lo seguro, a lo conocido, cuando la literatura -y esto es aceptado incluso por los defensores de la legibilidad extrema- debe crear su público y no a la inversa? La responsabilidad de las editoriales parece indudable en lo que hace a la saturación de títulos que terminan por competir entre sí. Esto genera el efecto más temido para un libro literario: permanecer muy poco en las librerías, como afirman, entre otros, la editora Mercedes Güiraldes y el escritor Isidoro Blaisten.
Por otra parte, el mercado se ha saturado de libros de autores extranjeros que las editoriales multinacionales imponen a sus filiales argentinas como una forma de rentabilizar mejor sus ediciones con tirajes más altos y venta segura: los ejemplares que llegan a la Argentina desde las casas matrices se compran en firme, sin posibilidad de devolución, y muchas veces no se venden, porque no responden a las necesidades de este mercado. Esta lógica ha llevado además a dichas editoriales a sobrevaluar la potencialidad comercial de los autores argentinos, al tratar de reproducir un esquema de contratación apropiado para mercados europeos pero exagerado para el nuestro, entre otras cosas, porque los libros producidos en la Argentina no pueden exportarse perentoriamente a otros mercados cautivos.
Cabe agregar que, si por un lado, la hegemonía de las editoriales multinacionales imprimió a la actividad un sesgo no siempre solidario con las necesidades de esta sociedad, las grandes editoriales argentinas olvidaron durante demasiado tiempo su papel histórico de descubridoras y difusoras de nuevos autores y libros, en parte debido a las crisis económicas pero también por negligencia.
Los medios en la mira
Los medios suelen recibir, en estos casos, buena parte de las críticas. Es natural: tanto nos han convencido de que lo que no aparece en ellos no existe que es justo reclamarles atención como una forma de reivindicar el derecho a la existencia. Algunos de los encuestados fueron categóricos: "No presta atención ni difunde", afirma José Luis Retes (Librerías Fausto); "El periodismo cultural se está transformando en una elite", dice Fernando Pérez Morales (La Boutique del Libro) y esto es compartido, con menos énfasis, por su colega Nacho Zoppi.
Sin ánimo de ejercer desde aquí una autodefensa complaciente, habría que reconocer, no obstante, que el periodismo cultural intenta hacerse eco de los libros de autores argentinos. Hoy, como nunca, incluso los autores noveles tienen acceso a entrevistas y reseñas. Si todos los meses quedan sin comentar muchos más libros que los que se consignan, se debe en parte a que el volumen de novedades excede las posibilidades físicas de suplementos literarios y secciones bibliográficas de revistas de actualidad. La exigencia de más espacio para esta función es rechazada por las empresas periodísticas con un argumento irrefutable: ¿por qué darle más espacio a una actividad que no genera el volumen de negocio ni tiene un público que podría justificarlo?
Lo que sí puede verificarse es un déficit en la calidad, la claridad y el rigor de las críticas de libros y, sobre todo, una cierta pérdida de iniciativa. El periodismo cultural ya no suele instalar temas, señalar tendencias, descubrir autores o generar polémicas y parece estar subordinado a la dinámica de las editoriales. Los anticipos -muchas veces publicados sin una nota que editorialice y ponga en contexto la obra y el autor objetos del anticipo-, las notas en que los propios autores cuentan los secretos de la "cocina" de sus obras y las entrevistas han ido ocupando el lugar de la crítica. De este modo, libros y autores son muchas veces instalados más por la voluntad de los editores que por la genuina convicción de la crítica o el verdadero interés del periodismo.
¿Y los libreros de raza?
Nadie, en la encuesta, salvo la editora Ada Korn, atribuye alguna responsabilidad a los libreros en esta crisis. No obstante, entre las diversas especies en extinción, hay que computar al librero de raza, aquel que vende libros por afán de lucro pero también por vocación, que tiene en la cabeza un archivo que ninguna computadora puede contener y, sobre todo, establece con su cliente una relación de complicidad y solidaridad, es capaz de asesorarlo, entusiasmarlo por un libro o sugerirle nuevos autores a partir de sus preferencias. Y entre los espacios en retirada, hay que consignar también la librería con fondo propio, aquella que tiene los libros que quiere tener y no los que le impone la dinámica coyuntural de los intereses de las editoriales.
El librero de profesión y la librería coherente han sido duramente castigados por las sucesivas crisis y por la fenomenal transformación del negocio del libro. Pero, si bien es cierto que, por problemas económicos y de espacio, los libreros no pueden arriesgarse a quedarse con libros más allá del breve plazo de los servicios de novedades, también lo es que esto funciona a veces como coartada para eludir el riesgo. Por razones de fuerza mayor o por negligencia, muchas librerías funcionan como estaciones de servicio donde sólo puede comprar aquel que ya sabe lo que quiere. A esto hay que agregar la instalación, bastante agresiva, de grandes cadenas de librerías que imponen a las editoriales condiciones de pago y rápida rotación de las novedades que sólo las grandes pueden afrontar y que, incluso en el caso de éstas, resultan perjudiciales para los libros literarios, que necesitan de un tiempo más prolongado de permanencia en la librería para llegar a sus lectores naturales.
La indiferencia del Estado
A pesar de los premios literarios otorgados por instituciones públicas y privadas (ver recuadro), del gesto más bien decorativo con que algún político o funcionario cita, casi siempre mal, a algún autor argentino y pese a que la televisión recuerde la existencia de los autores locales, en general, cuando alguno de ellos obtiene uno de esos premios o fallece, los participantes de la encuesta sostienen, en abrumadora mayoría, que la red que constituyen el Estado, la actividad privada y los medios masivos no colaboran a crear un espacio de legitimidad para la literatura argentina.
No está de más constatar que la clase política vernácula debe de contarse hoy entre las más iletradas del mundo: es impensable que un político argentino lea un libro y, si lo hace, no suele ser por un interés genuino en alimentar su propia imaginación, su riqueza de lenguaje ni, mucho menos, su agenda mental con las posibles metáforas que toda literatura es capaz de acuñar. A la política argentina parece no convenirle ni siquiera el barniz de prestigio que, en otros países, suele atribuirse a la construcción de un sistema de reconocimiento de sus literaturas; mucho menos, prestar atención sincera a lo que esa literatura pueda estar diciendo.
A ello hay que sumarle, como afirma la escritora Hebe Uhart, el creciente deterioro del nivel educativo. No sólo la educación debe pensarse en torno al libro como herramienta fundamental sino que también podría apoyarse en la literatura al mismo tiempo que la difunde y forma, sobre todo, individuos capaces de crearla y de disfrutarla.
Tal vez sea cierto que, como afirman algunos, la literatura argentina actual no esté proponiendo los libros que la sociedad está esperando o no genere hoy personalidades de interés mediático ("figuras rutilantes", dice Antonio Dalto de librerías El Ateneo), como sí lo fueron el último Borges o, en los años sesenta y setenta, escritores como Dalmiro Sáenz, Silvina Bullrich o David Viñas. Pero no es menos verdadero que los escritores actuales forman parte de la misma sociedad, no son una tribu endogámica o una especie animal extraviada, y que resulta muy difícil constituirse en figura pública cuando el establishment niega, a la literatura argentina y a sus autores, casi cualquier forma de reconocimiento.
Más allá del desinterés del establishment , las políticas editoriales a veces erráticas, la incapacidad del periodismo para dar cuenta de todos los libros que se publican y las limitaciones de las librerías, resulta difícil negar que la literatura argentina tiene una cierta presencia y que esa presencia la habilitaría, en principio, para una repercusión mayor en la preferencia del público.
Para Isidoro Blaisten, "el lector argentino no está muerto, está enfermo de marketing "; Liliana Heer sostiene que el desinterés por la propia literatura es consecuencia "del cipayismo que nos caracteriza" y de "una tendencia", presumiblemente generalizada, "a no leer a los contemporáneos". Fernando Esteves (Alfaguara) entiende que "hay un divorcio entre los escritores y los sectores medios de la sociedad, que buscan libros más pasatistas". Con esto coincide Divinsky (De la Flor) cuando afirma: "Hay un empobrecimiento de los sectores medios, tradicionalmente ávidos de cultura, y un enriquecimiento de un público snob , internacionalista e influenciable". Sus palabras parecen resonar en la reflexión de la librera Natu Poblet: "La gente parece ir a lo seguro, compra sólo lo que está muy publicitado o viene muy recomendado". Aurelio Narvaja (responsable de la editorial Colihue) entiende que el problema reside en que "No hay conciencia de la necesidad de una cultura y una literatura argentinas", pero adjudica esa responsabilidad no tanto al público como a los intelectuales. Alberto Díaz (editor de Planeta), Castigliani (de Atril) y Jorge Lafforgue (de Alianza) creen que en el público actual hay una tendencia a consumir una literatura liviana "y la tradición literaria argentina es más dura y menos complaciente", afirma Díaz.
Cabría entonces por lo menos sospechar, en los lectores argentinos de hoy, la búsqueda de una experiencia menos comprometedora que leer a sus compatriotas contemporáneos ya que, al fin y al cabo, toda literatura no puede dejar de ser un problema para la sociedad en que surge, incluso cuando intenta mimetizarse o ser obsecuente con la comunidad que la recibirá.
Quien crea que la débil presencia de la literatura argentina afecta sólo a autores, editores y libreros probablemente se equivoque; quien entienda estas reflexiones como una apología nacionalista, también. No se trata de defender algo que, como la literatura, no lo necesita sino de apostar a una conversación más rica, a una reinvención de la realidad.
Sin duda, los argumentos aquí expuestos son discutibles o, probablemente, la suma y combinación de todos ellos conformen una agenda para seguir discutiendo el tema. En todo caso, el autor de esta nota desearía que fuese leída no como un repertorio de críticas de quien se siente al margen de la cuestión sino como una modesta contribución de alguien que, en tanto autor, editor y periodista cultural, se considera involucrado en muchos de los problemas señalados.
Best sellers eran los de antes
- En los años sesenta y setenta, a ningún imprentero se le habría ocurrido hacer un presupuesto por menos de 3000 ejemplares e incluso era frecuente tomar como punto de partida tiradas de 5000. Hoy no se llegan a agotar tiradas de 2000 e incluso se hacen algunas de 1000.
- Uno de los grandes éxitos en ventas de literatura nacional en los años 60, Diario de la guerra del cerdo , de Adolfo Bioy Casares (Emecé), vendió más de 40.000 ejemplares sólo en los primeros tres meses. En esta época, la misma editorial considera un best seller la novela El largo atardecer del caminante , de Abel Posse, que necesitó casi ocho años -se publicó en 1992- para vender 17.000 ejemplares.
- Algunos datos de editorial Sudamericana. Los burgueses , de Silvina Bullrich, vendió 60.000 ejemplares. Rayuela , de Cortázar, más de 100.000. Más recientemente, también hubo grandes éxitos: Una sombra ya pronto serás , de Soriano, llegó a los 65.000, La matriz del infierno , de Aguinis, a los 50.000 y Las piadosas , de Andahazi, a los 35.000. Pero la misma editorial aclara que no son más que excepciones: ninguno de los libros de narrativa nacional de los últimos dos años llegó a las 4000 copias.
- Las tumbas , de Enrique Medina (De la Flor) llegó a vender 70.000 ejemplares en el año de su publicación, 1971. Hoy, Una lección de vida , de Roberto Fontanarrosa, el libro más exitoso en ventas de la misma editorial durante el año pasado, vendió 15.000 copias.
- La misma editorial ofrece otro dato interesante. En 1973 al publicarse por primera vez Inodoro Pereyra , el libro de historietas de Fontanarrosa, se hizo una tirada de 15.000 ejemplares. Este año, cuando el autor y su obra ya son mucho más conocidos y la tira aparece diariamente en un periódico de gran circulación, la primera tirada fue de 5000 ejemplares.
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