El hechizo del Mundial
Para espectadores y futbolistas, el Mundial de Fútbol es tiempo de alegrías y frustraciones, de fraternidad conmovedora y enemistades sin retorno. Es, asimismo, temporada alta para ciertas prácticas non sanctas que, aunque menos publicitadas, son tan antiguas como la humanidad misma: magia negra, hechizos, macumbas y toda clase de ritos ocultistas destinados a torcer el destino de un partido poco auspicioso.
Una de las regiones donde este fenómeno está más extendido es el África subsahariana, donde estudios realizados por Pew y Gallup a comienzos de este siglo estimaron que alrededor del 75% de la población cree en la brujería. En Camerún, por ejemplo, hay brujos que, antes de los partidos, untan los tobillos de los jugadores con manyanga -un preparado a base de aceite de palma- o con cenizas de una hoguera para atraer la buena suerte. En el pasado, incluso se recomendó a algunos futbolistas pasar la noche en un cementerio para “aprovechar la fuerza invisible de los difuntos”, según consignó un artículo de la BBC.
Cuando la selección camerunesa fue eliminada del Mundial de Sudáfrica 2010, Michel Zoah, entonces ministro de Deportes y Educación Física del país, atribuyó el fracaso, en una agitada presentación ante el Parlamento, a “la brujería, el misticismo, los celos y el desorden”.
Cinco meses atrás, durante las eliminatorias africanas para el Mundial 2026, el entrenador de Nigeria, Eric Chelle, estalló contra el cuerpo técnico de República Democrática del Congo tras una derrota por penales y lo acusó, en la conferencia de prensa posterior, de recurrir al vudú para imponerse en el encuentro.
El fútbol europeo no quedó al margen de estas controversias. Tal vez el caso más escandaloso sea el de Raymond Domenech, que dirigió a la selección francesa en los mundiales de 2006 y 2010. En una entrevista televisiva concedida en 2005, el entrenador afirmó que no convocaba a futbolistas nacidos bajo el signo de Escorpio porque “se matan entre ellos” y que Cáncer y Libra son signos “poco beneficiosos para el grupo”. Después de perder la final de Alemania 2006 frente a Italia, permaneció al frente del equipo hasta Sudáfrica 2010, pero fue despedido luego de la desastrosa campaña en ese Mundial, en el que Francia quedó eliminada en la fase de grupos.
El continente americano tampoco estuvo exento de estos episodios. En noviembre de 2017, Perú se jugaba ante Nueva Zelanda el repechaje para clasificarse al Mundial de Rusia. Un día antes del partido, un grupo de chamanes se congregó en las afueras del Estadio Nacional de Lima, donde quemó incienso y hojas de coca y realizó conjuros con serpientes. Según Cleofé Jorge Sedano, uno de los brujos presentes, el objetivo era “neutralizar al cuadro de Nueva Zelanda para que haya torpeza entre ellos”. Perú ganó y consiguió su pase al Mundial, aunque nunca quedó claro cuánto influyeron la destreza deportiva, las artes mágicas o la decisión de algunos hinchas locales de pasar la noche lanzando fuegos artificiales frente al hotel donde se hospedaba la delegación neozelandesa.
La Argentina, como es sabido, tampoco estuvo al margen de estas prácticas durante el Mundial de Qatar 2022. Por ejemplo, cuando miles de hinchas coordinaron en las redes sociales una serie de rituales para “ayudar” a la selección a conquistar la tercera estrella: desde limpiezas energéticas hasta congelar en sus freezers papeles con los nombres de futbolistas rivales.
Esta semana, Sebastián Vera Céliz, librero de la porteña Magia Libros, afirmó en un reel de Instagram que lo que ocurrió tiene un nombre: “egregor”, una manifestación que nace de las emociones compartidas por un grupo de personas. En otras palabras, una multitud unida por el deseo de hacer realidad algo que alegraría a todo un país: ganar la Copa del Mundo. No sé si eso funcionó, ni si fue magia. Pero no se me ocurre una palabra mejor.
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