
Herzog y sus obsesiones extremas
Los extraordinarios documentales del creador de Fitzcarraldo retratan a personas reales enfrentadas a lo inconcebible
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Aguirre, la ira de Dios, Woyzeck, Nosferatu y demás clásicos del alemán Werner Herzog tienen un lado B: la incomparable y extensa obra documental de un cineasta capaz de encontrar el rastro de sus obsesiones personales en la triste mirada de un niño soldado en Nicaragua, en la ambigua sonrisa de la única sobreviviente de una tragedia aérea en Perú o en el contagioso éxtasis de un pastor negro de Brooklyn. Radiografías de personajes que parecen extraídos de un clandestino santoral contemporáneo, los documentales del creador de Cobra verde combinan la intuición periodística con el interés autobiográfico y dibujan el inestable rompecabezas filosófico de un autor que, como dejó claro en la legendaria filmación de Fitzcarraldo, parece encontrar lo mejor de la humanidad en los márgenes de la catástrofe. De hecho, lo que Herzog exhibe en su registro no ficcional son los souvenirs morales del desastre, el retrato íntimo de quienes fueron y volvieron (o no) del abismo, del accidente, de la insensatez o del indescriptible sacrificio personal. Con 24 films extraordinarios, buena parte de ellos inéditos en la Argentina, el ciclo "Caminar sobre hielo y fuego: los documentales de Werner Herzog" de la sala Lugones constituye uno de los primeros grandes acontecimientos cinematográficos del año, un auténtico milagro que invita a descubrir el verdadero significado de las palabras "arte", "artista" y, sobre todo, "cineasta como no hay dos".
Excepción hecha del notable Grizzly man (sobre el documentalista Timothy Treadwell, quien durante trece veranos convivió con los osos pardos de Alaska hasta que uno de ellos lo devoró), "Caminar sobre hielo y fuego" muestra lo mejor de la obra documental de Herzog, de los pioneros Hércules (1961-1962, la primera película del director) y Fata morgana (1968-1970), hasta los más actuales El diamante blanco (2004) y La salvaje y azul lejanía (2005). El programa incluye auténticas joyas, como el inolvidable retrato de Klaus Kinski que ensaya en Mi enemigo preferido (1999), la crónica de "una catástrofe inevitable que nunca ocurrió" registrada en La Soufrière (1977), La balada del pequeño soldado (1984, acerca de los niños reclutados por el ejército misquito, en la frontera entre Nicaragua y Honduras) y, muy especialmente, la reconstrucción del accidente aéreo que él mismo habría podido vivir, contado por la única sobreviviente, en plena selva peruana (Alas de esperanza, 2000). Las campanas del alma (1993), filmado en las estepas siberianas y protagonizado por chamanes, exorcistas y nuevos Mesías; la crónica visual La rueda del tiempo (2003), donde se muestra la construcción de un mandala budista que convoca a miles de peregrinos que tardan hasta tres años en llegar al lugar de la celebración, y El sermón de Huie (1980), con un pastor de Brooklyn dispuesto a generar un show religioso en su iglesia, son otras cumbres del ciclo, pero sin dudas, Mi enemigo preferido, La Soufrière, La balada del pequeño soldado y Alas de esperanza están, cada una a su manera, entre las mejores películas de un Herzog para quien el cine documental sólo parece otra forma de contar su pasión por los secretos del corazón humano en situaciones extremas o inconcebibles.
En La balada del pequeño soldado, las primeras imágenes son elocuentes: un niño, no mayor de diez u once años, con uniforme militar y ametralladora en mano, canta la melodía que surge de un polvoriento radiograbador. "Qué te pasa/ chiquillo, qué te pasa/ me dicen en la escuela/ me preguntan en mi casa...", entona junto a la voz mexicana, y los versos de la ranchera construyen un espejo traidor en el que el destino del niño parece mirarse. Y es que la canción habla de un escolar enamorado de "la de la mochila azul, la de ojitos dormilones", justo el sueño que, por edad e inocencia, el niño uniformado debería vivir, pero nunca podrá alcanzar. La metáfora es cruel y milimétrica, porque después de esas primeras imágenes ya queda poco por decir. Pero no: minutos después, la cámara acompaña el desembarco de estos niños soldados en un río tomado por los enemigos sandinistas, el silbido de las balas amenaza a los miembros del ejército infantil y, muy especialmente, a la conciencia del espectador. ¿Qué se puede esperar de esos chicos a cuyos padres y hermanos mataron los enemigos de ocasión? ¿Qué otro destino podría haber para minijóvenes sin nada ni nadie en el mundo, excepción hecha de las melodías que les hablan de mundos tan ajenos como inaccesibles? Ante un mocoso convencido de que lo suyo es matar a los de enfrente, Herzog le pregunta por qué quiere hacer eso, si los otros también son niños. "Porque tengo que matarlos", dice el enano militar, y la necedad de la Historia subraya la propia infancia del autor, cuando él mismo y otros niños alemanes eran llamados a filas para combatir al fantasma comunista. "Me recuerda demasiado a otras guerras de niños, no puedo soportarlo" dice Herzog en off, y hay que decir que cuanto más próximo a su biografía es el documental, más espectaculares son los resultados. En Herzog, la no ficción es una inestable pintura del yo. Pero ese yo es un fragmento irreprochable del alma colectiva que entiende las contradicciones de Aguirre, se entusiasma con los delirios operísticos de Fitzcarraldo o se angustia con el dolor monstruoso del Nosferatu según Kinski. El Herzog de Woyzeck o Cobra verde es el que filma las películas que a uno le gustaría ver; el Herzog documentalista es quien se hunde en las historias que uno no imagina que se podrían vivir.
La carga personal más extrema en el ciclo "Caminar sobre hielo y fuego" la representan Mi enemigo preferido y Alas de esperanza. En Mi enemigo..., el realizador se pregunta cómo y por qué encuentra su mejor expresión en un tipo como Kinski, en las antípodas de su carácter, que una y otra vez lo conduce al caos. Y en Alas de esperanza convence a Juliane Koepke, la sobreviviente de un desastre aéreo en Perú, de rehacer su periplo en plena selva, no sin antes recordarle que él mismo había estado a punto de tomar ese mismo vuelo, urgido por llegar a la selva para rodar Aguirre, la ira de Dios. "Estuve ese día con usted en el aeropuerto, tal vez la empujé en la fila para despachar el equipaje, sólo que no nos conocíamos -dice el director, ya en la película-, pero usted pudo viajar y yo no." El avión se cayó entre dos ríos y Juliane fue la única que pudo salvarse. Pero su memoria personal -y colectiva- de esa tragedia sólo se completa a partir del proyecto fílmico que le presenta Herzog, 28 años después. La película restaura el caos y establece un nuevo orden, en el que el arte cuenta la historia de quien podría ser una santa laica. En general, no parece otro el objetivo de una cinematografía pensada como lado B de una gran obra, que tal vez no sea más que el lado A de la existencia.
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<b> CICLO. </b>

