
Isidoro Blaisten o el guiño oblicuo
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Leer a Blaisten es desbaratar las trampas de lo real y de lo cotidiano. Cada día, el Otro nos habla, hablamos con él, pero sabemos que, casi siempre, las palabras que intercambiamos no tienen mucho peso, sin suponer que tengan alguna importancia. Siempre hablamos de otra cosa . De otro modo, el mundo entero ya no sería sino el eco infinito, insostenible, de El grito , el cuadro de Edward Munch. Buena parte de la literatura no tiene otro propósito sino develar -debajo de lo trivial- la herida. No para atizarla en su singularidad, sino para que el Yo finalmente se refunda en un Nosotros, para que la contemplación, en el silencio de la lectura, en el tiempo refutado, ofrezca un sentido a la herida de todos y de cada uno. La belleza literaria y artística es la garantía más segura de la dignidad de nuestro Mal. Si bien el arte no salva del abismo, quizá nos permita enfrentarlo con lo que Umberto Saba llamaba una "serena disperazione":
con quest errante nostalgia d amore,
antica quanto l uomo e molto più.
Sabemos que el hombre nunca inventa nada, que el hombre no deja de re-descubrir. Y Borges nos repitió que la historia universal cabe en un puñado de metáforas. Pero también sabemos -o, más bien, sentimos- que cada época es única en sus variaciones sobre el mismo tema, en sus matices: el "aire del tiempo", el Zeitgeist de Heine. Por eso el universo de Blaisten es nuestro secreto: el secreto de las mujeres y de los hombres del final del siglo XX. El protagonista de la historia titulada "La puerta en dos" declara que nunca ha sido "un obsesivo". El autor no podía subrayar mejor la conciencia escindida de los tiempos modernos, ya que todos sus personajesprincipales padecen de psicastenia. "Cada uno en su burbuja, en su intersticio", habría dicho Cortázar: millones y millones de monólogos. Balbuceados, aullados, ahogados, ocultados. Allá está nuestra Hidra de Lerna... El personaje de "Dublín al sur" (la nouvelle que da su título a la antología de cuentos de Blaisten) confiesa en fin que no "entiende nada" en la obra de su mentor y autor predilecto, James Joyce. Pero su monólogo delirante basta para colocarlo entre los héroes problemáticos del escritor irlandés. Para Blaisten así como para nosotros, no hay salida en Ulises : Itaca es el arquetipo del espejismo.
Nuestro siglo XX ha negado el sentido, renegado del espíritu, engañado el honor y pisoteado la grandeza. No vivimos en tiempos heroicos... Por eso nuestra última carta no es el brillo, sino la fría ironía. En la desesperación o la abulia, la única arma que nos queda -el puñal deslizado en la bota- es el humor. Tanto más será apreciado cuanto que lo volvemos contra nosotros mismos. Y Blaisten se destaca particularmente en este dominio. El argentino prefirió sonreír, haciendo un guiño oblicuo a su lector (como su personaje Victorcito). Si hay que morir a fuego lento, esto será sin complacencia para con los verdugos: la ignorancia, la tontería, la hipocresía, la maldad. Pero casi siempre la escisión de la conciencia moderna no se desdice: por eso la risa está entre chanzas y veras (en francés, se diría mi-figue mi-raisin ). Isidoro Blaisten mezcla con maestría, con ferocidad y ternura, la sátira a la italiana y la autoirrisión judía, con una pizca de humor macabro a la española. El arte del melting-pot: el genio de América.
© LA NACION
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