
La aristocracia del espíritu
Filósofo, escritor, periodista, Voltaire personificó la conciencia cívica de Europa. Su ambición fue tan grande como su genio: en pleno Siglo de las Luces, cuando su nombre sonaba junto con los de Rousseau, Diderot o D´Alembert, él logró imponerse como el verdadero patriarca de las letras francesas. En su libro Voltaire (Emecé), Pierre Lepape, a la vez que construye una espléndida biografía, logra reconstruir la compleja trama de transformaciones culturales, políticas y sociales que dieron lugar a la fundación del pensamiento moderno.
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DIDEROT puede haber sido más profundo, Rousseau más artista y D´Alembert el verdadero creador de la "Enciclopedia". Pero al primero que se recuerda cuando se habla del Siglo de las Luces, de los enciclopedistas y de los filósofos franceses inventores del mundo moderno, es a Voltaire. La razón es muy sencilla: fue el que más se ocupó personalmente de asegurar su inmortalidad.
Pierre Lepape enuncia con claridad el propósito de su magnífico estudio sobre Voltaire: "No se trata aquí de escribir su biografía", dice en la página 60. Esas biografías abundan (incluyendo un encantador librito de Nancy Mitford, Voltaire enamorado ), pero Lepape se propone utilizar a su personaje "como hilo de Ariadna y como brújula" para guiar al lector por la compleja trama de transformaciones políticas, económicas y sociales, ambiciones personales, intrigas cortesanas, circunstancias propicias y adversas, convulsiones históricas, arribismos y "prepotencia de trabajo" mediante la cual, desde comienzos del siglo XVIII hasta la antevíspera de la Revolución, los hombres de letras se imponen en la sociedad francesa ("y no en otra parte", precisa Lepape) como una fuerza autónoma que posee un poder social reconocido y legítimo: lo que más tarde se denominará, genéricamente, los intelectuales.
La construcción de sí mismo
En 1718, apenas salido de la Bastilla tras once meses de prisión por haber acusado de incesto al duque de Orleáns, regente de Francia desde la muerte de Luis XIV en 1715 (el sucesor, su biznieto, Luis XV, tiene seis años de edad), François-Marie Arouet -verdadero nombre del escritor- adopta el seudónimo literario de Voltaire, sobre el cual nunca dará explicaciones. Es el primer paso hacia lo que Lepape define así:
"Voltaire será por completo lo que él mismo construya". Y añade una cita de René Pomeau, quien señala el hecho de que la primera obra escrita con seudónimo esté destinada al teatro: "Su vocación de hombre de teatro se afirma aquí menos por la invención de sus personajes (se trata de un "Edipo") que por la de su propio personaje".
Durante toda su larga existencia, Voltaire será un enamorado del teatro. Llevará esa pasión a la vida real, aun a riesgo de perjudicar ocasionalmente sus intereses. Casi no hay acción, gesto o actitud donde no se advierta un afán de ponerse en escena. Hasta cuando desafía abiertamente a los poderosos, determina el momento y el lugar con la exactitud de un régisseur . Y goza al hacerlo, como el artista al crear su obra. "Lo hemos visto -escribe Lepape- siempre preocupado por la mirada de los demás. Imbuido de una noción teatral de la existencia, compone su apariencia en función de esta mirada, múltiple pero convergente, del auditorio ante el que, y tal vez por el que, existe. Voltaire es hombre de teatro por vocación, actor por temperamento y, podríamos decir, por constitución existencial".
Y el teatro le procura a Voltaire su primer éxito: Edipo alcanza las treinta y tres representaciones (diez era considerado el máximo en la época), vende 25.000 localidades en menos de tres meses y cosecha las alabanzas de las personas cultivadas: "Sin vacilación, se colocan en la cabeza de un principiante los laureles de Corneille y de Racine". A los 24 años de edad, de la noche a la mañana, Voltaire se instala en la cima de la reputación literaria.
La escala social
Pero a la aguda inteligencia de Voltaire no se le escapa que la fama y la fortuna alcanzadas por el ejercicio de las letras son precarias, en una sociedad minuciosamente jerárquica en cuya cima reina un monarca absoluto. El hombre de letras y el de ciencia, el erudito y el sabio, merecen en esa sociedad un aprecio relativo, en la medida en que añadan lustre a la corona y a la nobleza (bastante deslucida esta última, desde que Luis XIV la aprisionó en la dorada jaula de Versailles). Los menos pueden considerarse afortunados si consiguen una pensión real, o un nombramiento en la lenta y complicada maquinaria burocrática. Pero no pasan de ser asalariados, apenas un poco más que sirvientes de los poderosos, que se lo hacen sentir cuando llega la ocasión.
Voltaire experimenta esta situación como una injusticia y se propone, con paciencia y astucia, revertirla. ¿No es también el intelectual un aristócrata del espíritu? Claro que esto plantea un dilema, sentido en la época como de vida o muerte: el ejercicio de las letras, arte suprema (la música y la pintura se consideran artesanías, la actuación teatral es una profesión desprestigiada), debería ser desinteresado. Esperar beneficios pecuniarios de la publicación de un libro es cosa de mercenarios y de gente de condición social inferior. La prueba está en que Voltaire, tironeado toda su vida entre los dos términos del dilema, se hace rico por los negocios y no por su obra literaria, aunque ésta le acarrea beneficios nada desdeñables.
El análisis que hace Lepape de la situación del escritor en la sociedad del siglo XVIII, su modificación y sus consecuencias, que llegan hasta hoy, es apasionante. La transformación de la literatura en mercadería (un proceso al que Voltaire no es ajeno, por cierto), dice, "es un drama del que no hemos terminado de vivir el desarrollo y las peripecias". Como se comprueba en la actualidad, con el auge del marketing , las listas de los títulos "más vendidos" y los resultados de algunos concursos.
Por el momento, Voltaire está lejos de hallarse en buena posición económica (su padre, al morir, disgustado por la elección de las letras como profesión y por las frecuentaciones libertinas de su hijo, le ha retaceado la herencia). Llegará a ser riquísimo, pero todavía es demasiado pobre para seguir el tren de la aristocracia con la que trata y a cuyo status aspira. "Comprende que debe ser el eterno invitado al que se luce como prueba de que se pertenece al distinguido mundo del espíritu".
Rechaza entonces ese destino. Luchará toda su vida por lograr dos cosas que le parecen fundamentales: una posición económica holgada, como única manera de asegurar su independencia frente a los poderosos, y la construcción de un espacio social autónomo para los productores intelectuales.
Poderoso caballero
Respecto del dinero, Voltaire, famoso por su avaricia, jamás se hace problemas de conciencia. Invierte en el tráfico de esclavos (a la vez que defiende los que hoy llamamos derechos humanos) y en el de armas; se beneficia, a costa del Estado, de una estrafalaria lotería concebida por un ministro de Finanzas poco avisado y que es, en realidad, una formidable estafa. Viaja a Lorena, feudo del suegro de Luis XV, el ex rey de Polonia, Estanislao Leczinski, "a ver qué se les puede sacar a esos tontos loreneses". Y les saca lo que puede, que no es poco, también con artes no muy ortodoxas. Se hace pagar el retroactivo de una pensión que tal vez inadvertidamente le otorgó la reina María Leczinska, y consigue por fin el reconocimiento de la herencia paterna, en 1730. Pero ya era rico antes: en ese mismo año su fortuna se calculaba en un millón de libras (Lepape, en las notas al final del libro, calcula que en moneda de 1994, año de la publicación de este libro, esa porción de la herencia asignada a Voltaire equivale a unos quince millones de francos actuales).
"Voltaire no dejará en adelante de enriquecerse aprovechando las especulaciones fabulosamente remuneradoras que el régimen ofrece a sus súbditos más pudientes, sobre todo en el comercio colonial. Pronto será tan rico que el poeta podrá prestar, con intereses usurarios, dinero a algunos príncipes europeos".
La manzana cae dos veces
A todo esto, Voltaire ha concluido un vasto poema en honor del primer Borbón, Enrique IV, el rey protestante de Navarra que se hizo católico para poder ceñir la corona de Francia ("París bien vale una misa") y que decretó la libertad religiosa de sus súbditos por el Edicto de Nantes. Titulado "L´ Henriade", su composición le llevó varios años. Se decide a publicarlo y tropieza, pese a adular a la casa reinante, con la prohibición: el poema trata de religión y de política, dos temas tabú en el Estado absolutista. Astuto, Voltaire lo hace imprimir clandestinamente y, tal como lo descontaba, obtiene un éxito clamoroso: sesenta ediciones aparecerán en vida de su autor, acarreándole fama también en el extranjero.
Un gran señor inglés entra en la vida del poeta francés. Lord Bolingbroke, hombre de gran cultura y gran fortuna, por disidencias con su rey se ha exiliado en Francia, donde se casa con la marquesa de la Villette. Él es quien lo introduce en el dominio de la filosofía, hasta ese momento ajena a las inquietudes del escritor, más preocupado por las palabras que por las ideas. Le hace leer a los filósofos y los científicos ingleses, a Locke, a Newton, a Shaftesbury, y también a los franceses, a Malebranche, a Pascal. Al mismo tiempo que la filosofía, Voltaire descubre el "teísmo" inglés, esa concepción de una divinidad creadora no necesariamente ligada a una religión determinada, sino más bien al individuo y a la Naturaleza.
Tras un encontronazo con un aristócrata segundón, el caballero de Rohan-Chabot, primo del cardenal obispo de Estrasburgo, víctima de sus pullas y que lo hace apalear por los criados, Voltaire decide, en 1726, marcharse a Londres. En realidad, se anticipa en unas horas a un edicto real que lo exilia. Vivirá dos años y medio en la capital inglesa y no cesará de comparar a Inglaterra con su país. Admira la eficacia de la maquinaria política y burocrática del vecino reino, la rapidez de las comunicaciones, el florecimiento del comercio, la limpieza de las hosterías, la libertad de la prensa y de la literatura, el sistema parlamentario, la administración de la justicia, severa pero nunca arbitraria como del otro lado del Canal. Tal vez porque los ingleses ya habían atravesado por la experiencia de cortarle la cabeza al rey, y por sus consecuencias, la dictadura puritana de Cromwell, que llegó a prohibir el teatro.
En Inglaterra, Voltaire descubre, junto con el placer de pensar por sí mismo, las virtudes de la tolerancia: "Traba conocimiento con lo que va a ser una de las palabras claves de su vocabulario". Y es en contacto con la obra de Newton como el hombre de letras se vuelve periodista. La sobrina de Newton le cuenta al visitante la anécdota de su tío y la manzana. Y Voltaire comprende, a su vez, otra cosa: su formidable capacidad de convertir un hecho en mito. Él es el primero que le cuenta al mundo, en un ensayo que escribe en inglés, cómo el sabio hizo su descubrimiento mientras descansaba al pie de un manzano. Una historia (verídica o no) que desde entonces no ha cesado de ser repetida y creída de generación en generación. El poeta advierte sus posibilidades de difundir y hacer creíble una noticia. Ha comprendido, genialmente, el valor de la naciente opinión pública, una fuerza antes inexistente y ahora cada vez más vigorosa; y ha dado a luz al periodismo moderno.
Ciudadano del mundo
Ha nacido también un personaje hasta ese momento desconocido: el escritor cuya prédica pesa sobre la sociedad y debe ser tomada en cuenta por los poderosos.
Lepape describe con maestría la transición política que se opera, casi inadvertida, en Francia y que terminará por difundirse por Occidente entero. La autoridad real, indiscutida y todopoderosa durante los sesenta y cuatro años de reinado de Luis XIV, muestra sutiles grietas: la estructura, aunque todavía está en pie, cruje. La Regencia devolvió a París la hegemonía que Versailles le había arrebatado, la nobleza vuelve por sus fueros, la burguesía empieza a cuestionarse el por qué de su impuesta (y supuesta) inferioridad social, dado que su riqueza y su instrucción igualan o superan a las de los nobles.
Voltaire y sus amigos, o enemigos (según soplen los vientos), los filósofos, los autores de la colosal Enciclopedia que en vano el rey prohíbe, parecerían no haberse propuesto volcar el trono pero sí renovarlo. Por el momento, Voltaire, siempre oscilando entre la falsa sumisión a la Corona, para conseguir sus prebendas, y la "travesura" literaria de apariencia inocua y en realidad letal, resuelve, puesto que Luis XV lo detesta y la Pompadour lo protege con reticencia, exiliarse en la corte de Federico II de Prusia, ejemplo cabal del déspota ilustrado que la historia mostrará como el modelo de los príncipes en la era rococó.
Al principio, todas son flores. Bien pronto marchitas, porque Federico, aunque culto y refinado (es notable compositor y ejecutante de flauta), amante de todo lo francés, es básicamente autoritario y, además, tan avaro como Voltaire; y porque éste no puede con su genio malicioso y sarcástico, y abruma con sus pullas a sus colegas alemanes y a otros franceses recibidos antes que él en Berlín.
Vuelve a Francia (dotado, por supuesto, con una pensión de Federico, que a menudo se la hará llegar con retraso), piensa acogerse a la protección de Catalina de Rusia (pero lo piensa dos veces y abandona el proyecto), se instala en Suiza, cerca de la frontera francesa, por las dudas de que lo exilien y porque lo entusiasma la eficaz administración del país, su limpieza, su sencillez. Hasta su muerte mantendrá una curiosa, ambigua relación con los calvinistas de Ginebra, que detestan el teatro y no andan con vueltas en materia religiosa.
La religión es la espina clavada en el culto volteriano a la Razón, con mayúscula. Nacido y criado en el catolicismo, discípulo de los jesuitas, Voltaire dedicará a perseguirlos sus más venenosos sarcasmos, sus más fervientes indignaciones. "¡Aplastad a la infame!", se convertirá en su divisa de guerra: la infame es la Compañía de Jesús. La cual, por supuesto, no lo perdonará y lo perseguirá más allá de la tumba. En total desacuerdo con su colega, Leibniz -quien asegura que éste, como obra de un Dios benévolo, es el mejor de los mundos posibles- escribe una novela, una obra maestra, Cándido , que hasta hoy conserva la frescura, el humor y la admirable prosa, caracterizada por la velocidad y la exactitud, que distingue a su autor entre casi todos los demás escritores del siglo XVIII, enredados en la hojarasca retórica.
El señor de Ferney
En un alarde de producción difícilmente equiparable, Voltaire, convertido en escritor profesional (una categoría nueva en la historia de la literatura), acumula ensayos, novelas, folletos, libelos, estudios históricos ( El siglo de Luis XIV, Carlos XII de Suecia ) y millones. Disgustado con los suizos, se marcha unos pocos kilómetros más allá, en territorio francés, y hace de su palacete en Ferney el centro de un verdadero feudo, ya que de a poco va comprando terrenos vecinos y luego aldeas enteras, cuyos habitantes lo respetan y obedecen como si fuese su legítimo señor. Es que este hombre tan ahorrativo, ególatra y vanidoso, se muestra auténticamente dolido por las penurias ajenas, distribuye dádivas, repara granjas ruinosas y cuando un grupo de relojeros ginebrinos cae en la miseria por falta de trabajo, él se los lleva a Ferney, les instala talleres y vende, con algún porcentaje a su favor, la producción en toda Europa.
Porque se ha convertido en algo más que el patriarca de las letras francesas (lo que en ese momento equivale a decir de Europa y del mundo entero): es la conciencia cívica de ese continente. Interviene, con todo el peso de su autoridad y la furia de su santa indignación, en dos célebres procesos en los que algunos dignatarios de la Iglesia Católica han hecho ajusticiar, sin darles ocasión de defenderse y sobre la base de chismes de aldea, a sendas personas acusadas de herejía, de asesinato y de conspiración contra el rey. Aunque en forma póstuma, consigue reivindicar la memoria de esas víctimas de la intolerancia y su prestigio aumenta. De toda Europa y de los flamantes Estados Unidos, caravanas de admiradores acuden al santuario de Ferney para ver, aunque sea de lejos, al ídolo. Siempre débil de salud, enclenque pero todavía en pie, el anciano -tiene ya 84 años- pasea por sus dominios, apoyado en la rolliza figura de su sobrina y tal vez amante, Madame Denis, seguido por una nube de amanuenses, secretarios, discípulos, su capellán (designado por el Papa) y su pintor de cámara, Jean Huber, encargado de transmitir su imagen a la posteridad. Voltaire era su propio y genial agente de prensa.
Fue por última vez a la capital en marzo de 1778, para asistir a una representación de su tragedia Irene . Al término de la función, saluda desde el escenario al público que lo ovaciona de pie, enloquecido, y es coronado de laureles por la protagonista, madame Vestris. Afuera lo aguardan miles de personas que arrastran la carroza hasta su alojamiento. Tantas emociones doblegan por fin el indómito corazón del escritor, que muere el 30 de mayo en París. Hay un penúltimo acto, de teatralidad macabra: las autoridades no quieren más manifestaciones públicas, se oculta la noticia de la muerte, se embalsama el cadáver y se lo transporta, vestido y sentado en un carruaje, para sepultarlo discretamente en una abadía cerca de Troyes. El último viaje de sus restos será años después, en plena Revolución, hacia la gloria del Panteón, destinado a los hijos ilustres de Francia, el 11 de julio de 1791. El corazón de Voltaire no se ha apartado de los libros que tanto amó: está en un relicario dorado, en la Biblioteca Nacional de París.
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