La batalla que acabó con el ERP
MONTE CHINGOLO Por Gustavo Plis-Sterenberg-(Planeta)-440 páginas-($ 29,50)
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El 23 de diciembre de 1975 una formación del Ejército Revolucionario del Pueblo, brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores, asaltó el Batallón de Arsenales "Domingo Viejobueno", en Monte Chingolo, al sur de la ciudad de Buenos Aires. El Ejército los esperaba y hubo alrededor de 60 muertos, algunos de ellos luego de ser apresados y torturados, según el nuevo procedimiento de la lucha contra la guerrilla. Para el ERP, fue el principio del fin: en julio de 1976 murieron Santucho y otros miembros de la conducción nacional y en mayo del año siguiente se produjo la desmovilización total.
Plis-Sterenberg era por entonces un joven militante del ERP y estuvo lejos de estas acciones. Luego su vida siguió y hoy es un importante director de orquesta en Rusia. Un día decidió salvar del olvido a tantos compañeros, a quienes no conoció. Entrevistó a los sobrevivientes, consultó archivos del Partido y del Ejército, revisó la bibliografía y volcó la información en un relato, consignando honestamente, al fin del capítulo, el origen de cada referencia.
A Plis no le faltan ideas sobre lo que pasó. Aquí y allá critica el militarismo creciente del ERP, el abandono de la acción de masas, la excesiva confianza en que la acción armada bastaría, como levadura y detonante, para generar la insurrección social que le diera sentido, la omnipotencia de un grupo encerrado en sí mismo y con contactos cada vez más débiles con la realidad. Señala también la ceguera de la dirección ante todos los indicios que hacían presumir que la operación había sido "cantada" y que los militares estaban sobre aviso. Pero en general tiene el buen tino de dejar que los hechos hablen por sí mismos.
Mucho más le preocupa el presentar, uno por uno, a los protagonistas, ese conjunto de mujeres y hombres que terminaron amontonados en una fosa común, calificados con expresiones tan genéricas como la "subversión apátrida" o las "víctimas de la sangrienta represión". Plis muestra a cada uno de ellos como un ser humano, un microcosmos, con su historia personal, su pareja, sus hijos, sus padres, sus proyectos, sus pequeños placeres, sus miedos y esperanzas. A la vez, aparecen como militantes y combatientes, que sabían lo que se jugaban y murieron peleando. Son retratos conmovedores, quizá porque Plis logra el tono justo entre la empatía y la objetividad: la pregunta sobre el para qué del sacrificio de personas tan hermosas es inevitable. Un rasgo se destaca: cada uno estaba convencido de estar convirtiéndose en un "hombre nuevo", esa fantasía que desde la Francia jacobina ha recorrido la historia de las revoluciones, con su correlato de omnipotencia, de desprecio por las normas sociales, y a la vez de férreo acatamiento a las reglas internas del grupo, más allá de cualquier crítica razonable.
El libro reconstruye una batalla, minuciosa y detalladamente. Como en la Ilíada o la Canción de Rolando, la batalla se descompone en un conjunto de acciones individuales o de pequeños grupos. Como en Roncesvalles, también aquí hay un felón: el "Oso", un antiguo peronista devenido "erpiano" por razones no muy claras y pronto convertido en confidente militar; uno por uno fue revelando todos los secretos de la organización. Como en La cartuja de Parma de Stendhal, donde el joven Fabrizio del Dongo asiste a la batalla de Waterloo sin entender nada de lo que allí ocurre, en este relato la batalla como tal no existe: se pierde en un conjunto de narraciones fragmentarias. Hay demasiadas idas y vueltas, demasiadas repeticiones, demasiadas historias personales insertas en cada episodio. Es posible que se trate de una deficiencia narrativa, por otra parte común a buena parte de los libros periodísticos. Pero en este caso, quizá casualmente, resultó singularmente expresiva. Benito Urteaga, máximo responsable táctico de la operación, perdió rápidamente contacto con los diversos grupos a su mando, que tuvieron que actuar sin dirección, a ciegas, sin saber si continuar o retirarse. Así, lo que apuntaba como una gesta heroica resultó una patética carnicería, un sacrificio sin reponsables. Esa catástrofe final transformó lo que hubiera sido simplemente un combate --un episodio no decisivo de una guerra-- en una batalla con un resultado estratégico contundente: el aniquilamiento del ERP.
Hoy los historiadores profesionales avanzan demasiado lentamente en el fascinante territorio de los años setenta y muchos de los que abordan estos temas no logran separar su tarea profesional de sus convicciones militantes: buena parte de lo escrito sobre el ERP es simplemente apologético. Monte Chingolo. La mayor batalla de la guerrilla argentina no es cabalmente un libro de historia, pero contribuye a hacerla: ojalá hubiera muchos como él.




