La Casa Argentina en París vive una situación conflictiva
Los residentes, enfrentados con el director
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PARIS.- Abril y París suelen ser sinónimo de paraíso terrenal, pero la Casa Argentina, ubicada en el corazón de la afamada Ciudad Internacional Universitaria, parece estar escapándole a la generalidad.
Despidos, amenazas y manifestaciones han convertido la vida de contemplación académica, para la cual fue fundada, en un infierno.
La casa ha sido el hogar de cientos de argentinos "anclados en París", como Julio Cortázar, Cecilio Madanes y Antonio Seguí. Pero los que ahora siguen sus pasos temen ser los últimos de esa honorable lista.
La casa, manejada por la Fundación Argentina -dependiente del Ministerio de Educación- se autofinancia en gran medida con los alquileres que pagan los residentes, los cuales van de 300 a 960 euros por mes.
Los estudiantes aseguran que el director, el politicólogo sanjuanino Juan José Russo, "se ha lanzado a una carrera de vaciamiento" de la institución con la intención de cerrarla.
En un comunicado, firmado por 36 residentes y una decena de científicos y artistas radicados en París, se asegura que desde su arribo al cargo, en octubre último -tras ser nombrado por el entonces ministro Andrés Delich-, el funcionario "realizó compras con dinero de la Fundación Argentina para equipos de su uso personal, como cámaras fotográficas y una carísima computadora".
Ingresos y despidos
También le endilgan a Russo haber traído a una joven de 20 años, hija de un político de San Juan, para efectuar tareas no específicas y haber contratado como encargada cultural a otra comprovinciana.
Este gesto lo contrastan con los despidos, hace una semana, de quien fue durante 14 años el administrador de la casa, Gerard Grotti, y de otra empleada de larga data, María Carmen Calderero. La ausencia de causa justificada para ambas rupturas de la relación laboral podría desembocar en un amargo y costoso juicio en los estrados franceses.
Los despidos habrían coincidido con la solicitud para que se publicara periódicamente un resumen de cuentas de la casa. Los residentes no se explican por qué muchas de las habitaciones permanecen vacías (a veces hasta pisos completos) cuando la demanda estudiantil es alta y la necesidad de recaudar dinero, urgente. Tampoco por qué se ha rechazado la oferta de vigilancia nocturna del edificio, a cargo de la Ciudad Universitaria, para designar a una amiga del director.
Y en medio de esta atmósfera de desconfianza, a los residentes les cuesta apoyar el proyecto del director respecto de una reforma edilicia en el área de la biblioteca que costaría unos 100.000 dólares de los ahorros depositados en la cuenta de la Casa Argentina.
Los ánimos se han caldeado más aún tras la expulsión de un estudiante italiano por haber realizado una reunión con cinco amigos en la sala de televisión, para lo cual se basó en una regla establecida durante la última dictadura militar, según la cual los "encuentros y manifestaciones políticas están prohibidas".
Las normas de la Ciudad Universitaria establecen que un 20 por ciento de los estudiantes de cada maison deben ser extranjeros para alentar el intercambio internacional.
LA NACION se comunicó con el doctor Russo y, a su pedido, le envió la consulta por fax. Sin embargo, ninguno de los puntos específicos sobre los cuales se lo consultaba fueron esclarecidos.
El director señaló, mediante un fax de tres páginas, que los dichos "han dado lugar a una acción legal ante las autoridades judiciales francesas sobre hechos graves de denuncia calumniosa" contra su persona y contra la Fundación Argentina.
Agregó, además, que había constatado que "ciertos grupos ultraminoritarios intentaron crear un conflicto con intereses políticos y/o financieros no disimulados". Y, si bien su fax culmina asegurando que está a "disposición para una entrevista cuando así lo requiera", ninguno de los pedidos telefónicos de mayor información ha merecido, hasta ahora, respuesta.




