
La cultura del tecnologismo
Después de la obsesión por el sexo virtual, la tecnología es una de las temáticas que mayor interés despierta en el caótico y cautivante universo de Internet: millones de personas entran a diario en la Web para descifrar los misterios tecnológicos de la época. Pensé mucho en ese dato fundamental mientras leía el artículo del maestro Ernesto Schoo que esta semana hace las veces de nota de tapa y de clase magistral: no estaría de más que la dieran en los colegios. Es instructiva y poética, y ratifica una vez más que este periodista de 83 años es una pluma equivalente a las más encumbradas que tuvo este diario en la primerísima parte del siglo XX. Digo esto porque hoy nos admiramos de un lujo: la nota que anunciaba en la Argentina el nacimiento, en 1909, del futurismo, un movimiento cultural que cambiaría el arte y la estética del mundo occidental, estaba firmada por un colaborador asiduo: Rubén Darío. Se publicaba en LA NACION de Buenos Aires antes que en muchas capitales europeas.
Afortunadamente, en este caso las comparaciones no resultan odiosas: Schoo es el periodista más culto de la Argentina. Y estoy seguro de que Darío estaría de acuerdo. Manuel Mujica Lainez, mentor de Schoo, lo habría convencido de eso al autor de Azul con cinco minutos de charla.
Cien años después de Darío, Schoo nos cuenta las consecuencias de aquel movimiento sísmico que emergió a la opinión pública mundial, con forma de manifiesto, en el diario parisino Le Figaro y de la mano de otro poeta y dramaturgo: Filippo Marinetti. Velocidad, energía y dinamismo eran las palabras que convertían los adelantos tecnológicos de hace cien años en una bomba expansiva que clausuraba el clasicismo, construía una vanguardia e impactaba de lleno en las artes plásticas, la literatura, la arquitectura, la política y el pensamiento.
Desde entonces, cualquier modo de soñar el futuro se puso bajo el paraguas de un adjetivo: "futurista". Pero claro, luego el futuro hizo lo que siempre hace: negarse a ser lo que se planeó para él y cambiar abruptamente de dirección. Y hoy el futuro ya no es lo que era.
El tecnologismo, sin embargo, es una nueva revolución cultural en este siglo XXI. Lo es por los avances informáticos y los mundos múltiples que se abrieron con la Web, y por los descubrimientos de la genética, y por tantas cosas que apasionan a tanta gente, asustan a los conservadores y desagradan a muchos artistas. No existen, más allá de algunos impactos notables pero aislados en la pintura y en el pensamiento, registros de ese movimiento que no tiene manifiestos pero que ya es cultura.
Como sea, la lectura de este artículo de Schoo no actúa como una mera y nostálgica revisión del pasado. Este artículo hace pensar en este mundo complejo que vivimos e incomprendemos hoy. Y en la necesidad apremiante de entender que las tecnologías modernas forman parte imprescindible de nuestro esqueleto cultural y social, y que no podemos desdeñarlas desde el saber libresco. Vuelvo a citar a Lord Chesterfield: "La cultura se adquiere leyendo libros; pero el conocimiento del mundo, que es mucho más necesario, sólo se alcanza leyendo a los hombres y estudiando las diversas ediciones que de ellos existen".





