
La familia Borges en Valldemosa
Por María Esther Vázquez
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Chopin era rubio y frágil, de nariz aguileña y rostro anguloso. Vivió treinta y nueve años, luchando contra la tuberculosis, que finalmente lo abatió. En la Cartuja de Valldemosa -monasterio ya en la época vacío de monjes porque el gobierno lo había confiscado en 1835- se conservan su piano Pleyel, un mechón de su pelo claro, partituras manuscritas, la máscara mortuoria y muchas otras cosas. Todo ricamente expuesto, con un esplendor que en la época de Chopin no existía. El estuvo en Mallorca sólo noventa y seis días, tenía apenas veintinueve años. Allí corrigió los célebres Preludios y compuso algunas piezas. Ahora, en Valldemosa, cada agosto tiene lugar el Festival Chopin.
Ocho décadas después, la familia Borges llegó a Mallorca y se quedó diez meses. Vivieron en Valldemosa en el llamado El hotel del Artista. Allí, subiendo al primer piso se puede admirar todavía el encantador fresco -algo deteriorado- con una maternidad que pintó Norah Borges a los dieciocho años. Allí, el padre terminó y publicó su novela El caudillo . Y allí, en Valldemosa, "inició Borges su inmortal viaje en el verbo hispano". Esta leyenda ilustra la gran placa que, en la terraza del palacio de la condesa de Montaner, descubrimos la presidenta del Consejo de Mallorca, María Antonia Munar, joven, inteligente y linda, y yo que, por un misterioso lance del destino, fui elegida presidenta de la Sociedad mundial de amigos de Borges. Sobre la piedra se grabaron también unos versos del poema "España" del libro El otro, el mismo ; un perfil de Borges ( más parecido, eso sí, a Gardel que al escritor) y una última inscripción en la cual se anuncia que la placa es el "Tributo de la Sociedad mundial de amigos de Jorge Luis Borges", institución recién nacida. Con este acto la sociedad inauguró un seminario que duró doce días y se cerraba cada noche con la proyección de una película basada en prosas borgeanas..
En la casona de Montaner, "un lugar parecido a la felicidad", anudó un Borges veinteañero la amistad con el poeta mallorquín Jacobo Sureda, dos años menor. Como Sureda padecía el mismo mal que Chopin, su familia lo enviaba montaña arriba a una casa aislada en la sierra para que respirase aire puro y Borges lo acompañaba. Subían hasta ese refugio a lomo de mula, delirantes ambos de juventud y de poesía, buscando explicación a tanta vida y al misterio del arte que se prodigaría -así lo imaginaban- a lo largo de laboriosos días de gozo. En los atardeceres de otro agosto habrán respirado el olor a jazmines que invade Valldemosa a la hora del crepúsculo y ambos habrán creído que el mundo les pertenecía. Sureda murió joven. Borges padeció desencantos, humillaciones, ceguera, vejez y soledad pero recibió en cambio, como compensación, la fama, "ese reflejo de sueños en el sueño de otro espejo", como él mismo escribió.
Al congreso sobre Borges acudieron especialistas de Francia, de Italia, de América latina, de la Argentina y de España, representada ésta por el gran jurista, miembro de la Real Academia Española, doctor Eduardo García de Enterría, cuyo erudito discurso sobre Borges poeta cerró la ceremonia de inauguración.
Hubo intervenciones notables, entre otras: la de los académicos argentinos Alicia Jurado y Horacio Armani, la de la panameña Gloria Guardia, la de Graciela Ricci, que venía de Milán, además de las ponencias de Osvaldo Ferrari, Roberto Alifano, Jean-Pierre Bernès, Alejandro Vaccaro... Pero el alma del seminario fue Pedro Luis Barcia, vicepresidente de la Academia Argentina de Letras, hombre de inagotable sabiduría y de un preciso don organizativo. Se realizaron también lecturas de poemas y reuniones abundantes en anécdotas.
Las voces de Borges quedaron en Valldemosa, en el palacio de Montaner, presidido por su dueña, doña Pilar Sureda (hija del poeta); en Costa Nord, donde cada noche vimos los films, provistos por Salvador Samaritano.
Allá quedaron las dos sombras amigas, Borges y Jacobo Sureda, unidos para siempre en el más prescindible y precioso de los dones: la poesía.
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