
La galaxia Montparnasse
En El París de Man Ray (Tusquets), Herbert Lottman recrea la vida de la capital francesa en los primeros treinta años del siglo XX. Los artistas geniales y desmesurados que modelarían el gusto contemporáneo crearon y vivieron sus pasiones en estudios y restaurantes donde se daba cita una sociedad cosmopolita y desprejuiciada
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Hacia 1920, París era el centro cultural de Occidente. Y el centro de ese centro estaba en un lugar muy preciso, la encrucijada donde se encuentran el bulevar de Montparnasse y el bulevar Raspail: el llamado Carrefour Vavin, donde se alza hoy el Balzac de Rodin, la obra que señaló, justamente, en 1898, el comienzo del arte moderno. Es el corazón del barrio donde se desarrolló la epopeya de la modernidad, con sus héroes, sus víctimas y sus traidores. El escritor norteamericano Herbert Lottman, residente en París desde 1956, ha dedicado numerosos libros a su patria adoptiva: entre otros, una espléndida biografía de Flaubert, La Rive Gauche , un análisis de la elite intelectual y política en Francia entre 1935 y 1950 y La depuración , un estremecedor estudio de los acontecimientos siguientes a la reconquista del territorio francés tras el desalojo de los nazis. Estos títulos y otros ( La caída de París , Los Rothschild ) han sido editados en español por Tusquets, que ahora entrega, en excelente traducción de David Najmías, la más reciente contribución de Lottman a su saga de la sociedad francesa El París de Man Ray ( Man Ray´s Montparnasse) , originalmente publicado en 2001.
Todos los que eran alguien
En 1902, el norteamericano Leo Stein le escribía desde París a su hermana Gertrude -por entonces estudiante de medicina en la Universidad Johns Hopkins y discípula del filósofo William James- que había asistido a una fiesta en el taller de Henri Matisse, donde conoció a "everybody who is anybody". Este nuevo libro de Lottman merece la misma definición: evoca a "todos los que eran alguien" en el París de aquellos años de lucha y de creación, de originalidad y de locura; es el inventario de cuantas personalidades -muchísimas y de las más variadas nacionalidades- hicieron la gloria y la leyenda de Montparnasse. Y aunque el célebre pintor y fotógrafo Man Ray (Emmanuel Radnitsky, hijo de inmigrantes judíos, nacido en Filadelfia el 27 de agosto de 1890) sea el protagonista de una historia que se lee con la facilidad y la felicidad de una buena novela, no se lo puede separar de su compañera, musa inspiradora y personaje único, como nacido de la fantasía de un narrador delirante: Kiki de Montparnasse.
Apenas cumplida la mayoría de edad, en 1911, el joven Radnitsky decidió que su vocación de pintor merecía ser puesta a prueba en Nueva York y allí marchó. "No sabemos cómo", confiesa Lottman, Emmanuel se las ingenió para ser recibido en el taller de Alfred Stieglitz, el famoso pionero de la fotografía artística, porque deseaba ver allí los primeros cuadros de Picasso accesibles en los Estados Unidos. De paso, aprendió los rudimentos de la técnica fotográfica. En 1913, con un colega, Samuel Halpert, que había estudiado pintura en París, alquiló una casita destartalada en una colonia de artistas instalada en Ridgefield, Nueva Jersey. A mediados de febrero de ese año se inauguró en Nueva York la Armory Show, o Exposición Internacional de Arte Moderno, donde se exhibía la obra reciente de artistas norteamericanos y lo más nuevo del arte europeo.
El escándalo suscitado por la muestra quedó inscripto en la historia del arte. Lo que más ofendió a los retrógrados de siempre fue el Desnudo bajando una escalera , de Marcel Duchamp. Los ricos coleccionistas norteamericanos habían llegado hasta el impresionismo y estaban dispuestos a pagar cerca de cinco mil dólares por un Pissarro o tres mil por un Bonnard. Pero en la Armory Show, un Braque se vendió en 202 dólares con 50 centavos; un Picasso, en 486 y el Duchamp, en 324. De todos modos, el futuro Man Ray quedó estupefacto ante estas novedades y encontró en la exposición "el valor que necesitaba para abordar lienzos más grandes". También en 1913, en el día de su cumpleaños número 23, se casó con una colega belga, Adon Lacroix, que se instaló con él en Ridgefield y se dedicó a educarlo. Le traducía a Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Apollinaire y, sobre todo, al misterioso Isidore Ducasse, supuesto conde de Lautréamont, nacido en Montevideo y autor de los sulfurosos Cantos de Maldoror .
Man Ray (seudónimo adoptado al instalarse, más tarde, en Francia) no podía entonces sospechar que el curioso poeta francouruguayo sería, junto con el marqués de Sade, uno de los ídolos de sus futuros amigos, los surrealistas. Por el momento, abordaba el cubismo en su pintura y trababa amistad con Duchamp y con otro iconoclasta, vinculado al movimiento llamado Dadá: Francis Picabia (Martínez, su verdadero apellido), de origen hispano. Los tres compusieron lo que con algún optimismo se denominó "el Dadá neoyorquino". El movimiento se proponía enfrentar el absurdo del mundo con las armas del humor y -en el caso de Picabia- hasta con armas de veras. Mientras Ray abandonaba el cubismo y se acercaba en su obra pictórica al collage y a procedimientos mixtos que hoy son moneda corriente, Duchamp se alejaba prácticamente de la creación artística y se concentraba cada vez más en el ajedrez (tuvo un interludio argentino: residió en 1918 en Buenos Aires y se ganó la vida como profesor de ese juego). Como muestra de su desdén o tal vez de su apatía respecto del arte, envió en Nueva York, en 1917, a un Salón de Artistas Independientes, su famoso mingitorio de porcelana, titulado Fountain , el primero de los ready made que tantos críticos y teóricos tomaron en serio, originando un equívoco -no exento de un matiz sarcástico- que perdura, agravado, hasta hoy.
La rueda loca
Con la llegada de Ray a París, en 1921 (fue, según sus Memorias , tan sólo para visitar museos y a los amigos y se quedó veinte años), el texto de Lottman adquiere el colorido y el vértigo de un caleidoscopio. Tendencias, "ismos", disputas, amores y amoríos, locuras y suicidios, enfrentamientos feroces y reconciliaciones imprevistas, triunfos y fracasos, todo se dio en Montparnasse con el ritmo de los "años locos" y la fatalidad de "la generación perdida". Anécdotas a granel salpican una historia narrada con rigor documental y con inocultable pasión: Lottman ama ese período, tan rico en imaginación y en fervor, un período en que se tenía la convicción de estar creando un mundo nuevo, donde la humanidad sería capaz de la libertad y de la alegría; un tiempo decidido a sacudir los oropeles del pasado, enamorado de la luz, del color, de los volúmenes puros y simples; ebrio de velocidad, loco por el sexo y, a la vez, hostigado por la sombra de la muerte (a la que se desearía cancelar para siempre) y de una decadencia presentida.
Montparnasse y sus cafés famosos -Le D™me, de 1898; La Rotonde, de 1902; La Coupole, de 1927- y otros lugares cercanos, de encuentro y de diversión, con el eje asentado en el Carrefour Vavin (Balzac no estaba allí todavía, para seguir presidiendo la comedia humana) son como un enorme carrusel en el que un público de pasmados burgueses ven pasar, una y otra vez, en perpetuo girar, a los mismos personajes: pintores, escritores, músicos, editores, marchands , dramaturgos, poetas, cantantes, novelistas, diseñadores, caricaturistas, fotógrafos, arquitectos, todos los nombres que condensan la creación artística en el siglo XX. Y los norteamericanos, fascinados y vagamente asustados hasta que entran, ellos también, en la rueda: Sylvia Beach con su librería Shakespeare & Company, que se atreve a editar el Ulises de Joyce y a introducirlo de contrabando en los Estados Unidos; Gertrude Stein, maciza y excéntrica, "la sibila de Montparnasse", en su salón del 27, rue de Fleurus, aposentada como una ballena o una roca -como la pintaría su amigo Picasso-, coleccionando palabras y cuadros entonces desdeñados y que pronto valdrían millones; un joven y atlético Hemingway, escribiendo a puñetazos una prosa exenta, que Gertrude reclamaría como propia; Ezra Pound, desplomándose en un sillón en la rue de Fleurus y despatarrándolo, para indignación de la bigotuda Alice B. Toklas, amiga íntima y cancerbero de la Stein; Scott Fitzgerald, vacilante entre el genio y la disolución. Los dadaístas, los surrealistas: el iracundo André Breton y su corte, Buñuel, Dalí y El perro andaluz ; la voraz Gala abandonando a Eluard; René Crevel, que no soporta su homosexualidad y se suicida; los condes de Beaumont asistiendo a todos con su generosidad y su extravagancia; los rumanos Jules Pascin y Brancusi, el italiano Modigliani, el español Juan Gris, los judíos Chagall, Kisling y Soutine, el japonés Foujita. A todos ellos (y también a nuestra Victoria Ocampo) los retrató Ray, para siempre. Todas las nacionalidades, todas las lenguas, todos los talentos que compusieron el colosal fresco de la época moderna, frente a cuya vitalidad se destaca más aún la anemia del así llamado posmodernismo.
Por siempre Kiki
Y la reina del baile, la reina de Montparnasse, la coprotagonista de este libro, es Kiki. La imprevisible, múltiple Kiki, modelo de todos los pintores, pintora y dibujante ella misma, cantante, bailarina, escritora (sus encantadoras Memorias fueron prologadas por Hemingway), de a ratos musa de los artistas, de a ratos un payaso con faldas (cuando las tenía puestas). Durante algunos años, 1921 a 1927, aproximadamente, ella condensó, para Man Ray -convertido en el fotógrafo de moda y en fotógrafo de la moda, porque creó imágenes admirables para los modistos famosos, Poiret, Doucet, y para las revistas especializadas-, el espíritu de París en aquel tiempo incomparable. Ray la fotografió en todas las actidudes posibles, de preferencia sin ropa: su imagen más conocida la muestra de espaldas, desnuda hasta poco más abajo de la cintura, pintadas sobre sus caderas las notorias "eses" invertidas de la caja del violín, tocada con un turbante a la manera de las bañistas y las odaliscas pintadas por Ingres. El malicioso título de la foto es, naturalmente, Le violon d´Ingres . Distanciada Kiki de Man Ray, tuvo varias sucesoras, entre ellas la bellísima Lee Miller y la aterradora Meret Oppenheim, autora del Desayuno con pieles , ese juego de taza de té, platillo y cuchara forrados de piel, hoy en el MOMA neoyorquino, que acaso sintetiza como ninguna otra obra el perverso humor de Dadá y del surrealismo. Pero Man Ray está más allá de esas tendencias y de cualquier otra: ya es, en el mejor sentido de la palabra, un clásico. Y Lottman, su biógrafo ejemplar.
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