
La imaginería religiosa iberoamericana
Un conjunto de piezas de distintas escuelas, desde las realizadas por los imagineros en el siglo XVII hasta notables ejemplos de la actualidad, se exponen las salas del Museo Fernández Blanco.
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EL Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, de acuerdo con el fin específico para el que fue concebido, exhibe una notable muestra de las artesanías que contribuyeron a divulgar la fe católica desde el período colonial hasta la actualidad. Cerca de dos centenares de piezas recorren la imaginería de los españoles, criollos e indígenas de diferentes escuelas. La lectura de la exposición comienza con la labor de los imagineros del siglo XVII (los santeros de nuestra época), autores anónimos, por lo general, aunque provenientes de una geografía y un tiempo a menudo bien definidos por la interpretación iconológica de los historiadores contemporáneos.
El director del museo, Mario Corcuera Ibáñez, y su equipo realizaron un gran trabajo de selección antes de proceder a la realización del montaje. Señala aquél, en el catálogo en colores -del cual fue extraída la mayor parte de las referencias de esta nota-, que el mundo cristiano, y más concretamente el católico, desarrolló una narrativa proveniente del Nuevo Testamento para resaltar la verdad de la fe. Ese relato visual incluyó "la escultura y la imagen de vidas piadosas para robustecer la misericordia de los fieles y, en los territorios colonizados, evangelizar y catequizar a los infieles." La idea es reforzada y ampliada por Gustavo Tudisco, del departamento de museología e investigación del museo: "El Dios inasible a través de la razón debía ser explicado por la representación" y "la tendencia espontánea a ver en las imágenes la presencia divina y no la mera representación de algo superior que las trasciende fue común a infieles y cristianos ". La disputa bizantina entre iconódulos e iconoclastas puso de manifiesto la inclinación popular a no diferenciar la imagen del arquetipo. El Concilio de Nicea (787 d. C.) concluyó la controversia en favor de los primeros: "El que creyese en la encarnación del logos debería considerar legítima la representación visible de la realidad espiritual".
Orienta también sobre el contenido de la muestra su título: De la imaginería culta a la devoción popular . La calidad de la escultura en los centros urbanos, en los que el abastecimiento de herramientas específicas era más sencillo, dio la producción que se denomina "culta", a menudo elaborada con maderas duras. Las soluciones fueron tan pragmáticas como las propuestas y los españoles trabajaron especialmente la madera, en la que encontraron un material apto para representar tanto la anatomía como los estados anímicos y espirituales. Informa Tudisco en su trabajo -que estudia desde el sentido de las imágenes hasta las fuentes, técnicas y escuelas- que tanto la policromía como el vidrio pintado para los ojos, las incrustaciones de huesos para las heridas, el cristal o el barniz para las lágrimas y el marfil para los dientes acentuaron el realismo de las imágenes. El tratamiento de los cabellos, de los paños y los estofados, que realzaron las telas acolchadas, multiplicaron los efectos. En Iberoamérica, la mano de obra y los gustos de cada región, en las que se impuso el mestizaje, se amoldaron a la realidad de su entorno tanto como a la de sus creencias. Entre las diferentes escuelas figuraban la peruana, la altoperuana, la quiteña, la jesuítica y la lusobrasileña. Así nació el espacio criollo al que se refiere Roberto Vega al finalizar el catálogo, quien sostiene que el santoral católico y la veneración popular, alimentada por cultos profanos, favorecieron la supervivencia de los oficios. Se practicó el "pesebrismo" -iniciado en Europa por San Francisco de Asís- representado en esta muestra en una madera coloreada probablemente del XVIII, que pertenece a la basílica porteña de Nuestra Señora de la Merced y es copia del prototipo de Pedro de Mena. Después se extendió en América a través de los integrantes de la orden, como se puede observar en el Paraguay, donde actuaron las misiones jesuíticas guaraníes, y en las provincias del norte argentino como Salta, Formosa, Misiones, Chaco y Corrientes. De una colección particular de la nombrada en último término proviene el palo santo tallado con una corona de metal que realizó Ramón Cabrera a mediados de este siglo, una imagen característica de Nuestro Señor de la Buena Muerte o San La Muerte , cuya figura esquelética nos remonta a un pasado interesado en el culto de los muertos.
Muchas de las piezas pertenecen al museo. Es el caso de la talla policroma denominada Ecce Homo , de Pedro de Mena, con ojos de vidrio y lágrimas de cristal, y la Dolorosa , de análogas características y del mismo autor, que provienen de la Granada del XVII y se guardaron en la Catedral de Santiago de Compostela. En ambas se observa un rictus característico que combina la fijación de la mirada en un lugar ignoto con la boca entreabierta. La muestra está compuesta, además, por retablos, pesebres, crucifijos, imágenes de marfil y muchas otras piezas de altísimo interés.
( Hasta el 31 de diciembre, en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, Suipacha 1422. )



