
La influencia del pasado
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Cómo hacer cosas con recuerdos
Por Manuel Cruz
Katz
$41
Vestido de inmediatez, el presente no hace más recordarnos lo que fuimos y lo que queremos ser. De allí que cualquier definición de identidad deba tener en cuenta las tres dimensiones temporales (pasado, presente, futuro) para adquirir consistencia histórica. Esta idea de continuidad es la protagonista de los nueve artículos que Manuel Cruz reunió en Cómo hacer cosas con recuerdos . Catedrático de filosofía contemporánea en la Universidad de Barcelona, el filósofo español ha escrito introducciones a Ludwig Wittgenstein y a Hannah Arendt, dos de los pensadores que, según él, produjeron un corte en la historia de la filosofía. Si bien actualmente se concentra en el análisis de la influencia que ejerce el pasado, desde siempre se ha interesado por la cuestión del tiempo y el concepto de historia.
Esta compilación de ensayos -algunos escritos en la década del ochenta, otros a lo largo de los noventa- comienza con tres textos que, precisamente, desglosan los temas predilectos del autor: historia, memoria e identidad. Según Cruz, la memoria sirve de puente tanto para la configuración de la identidad (ya que gracias a ella podemos tomar autoconciencia de los actos y de nuestro ser) como para la reconstrucción del pasado (sin el cual es imposible aprender de lo vivido y evitar los errores ya cometidos). Con lúcido empeño, el filósofo logra destacar la supremacía del recuerdo frente a la amenazadora presencia del olvido, animado este en los últimos tiempos por la categórica afirmación de que la historia como lucha entre ideologías ha concluido.
Para el autor de Cómo hacer cosas con recuerdos , los tiempos, en vez de estar a punto de clausurarse a raíz de los frustrados "metarrelatos" de emancipación y de progreso del siglo XX, se encuentran, o mejor aún, se encontrarán en la flor de su nacimiento si se salvaguardan las utopías. De lo contrario, sin la ilusión de un devenir imaginado libremente, no habría futuro. De allí la importancia de no enterrar la proyección bajo los miedos de lo posible o, peor aún, de convertirlo en un designio acaecido.
Luego de este alentador comienzo, donde la evocación y el pasado se reivindican siempre y cuando no queden estancados en la reminiscencia, el libro se adentra en el tema de la responsabilidad. Las acciones, dice Cruz, no son simples movimientos anónimos al azar. Desde el momento en que los cambios introducidos en el universo provienen de un sujeto y no de la naturaleza existe inevitablemente una atribución. Toda acción es adscripta entonces a un actor, pero a su vez tiene impensadas repercusiones en el futuro, ya que afectará a los que todavía no han nacido. Por lo tanto, los prolongados efectos provocados por el comportamiento humano subrayan la responsabilidad -difícil de asumir- que se tiene por el mero hecho de existir.
La naturaleza de la acción, entendida por Cruz como una entidad que corresponde siempre a un sujeto, al tiempo que ejerce influencia en la vida de los demás, es muy similar a la ontología de la actuación presentada por Arendt a lo largo de toda su obra. Fascinado también por Wittgenstein, Manuel Cruz le dedica un capítulo entero, en el que presenta una clara introducción al pensamiento de este filósofo que revolucionó el estudio del lenguaje.
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