
La irritante inflación de las palabras
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El frío es extremo; la crisis, terminal; el Mundial de este año, el mejor de la historia; la próxima lluvia fuerte, la “tormenta del siglo” y El Niño inminente devino en “súper Niño”. Todo es impactante, aterrador o dramático y enterarnos de qué se trata siempre es urgente, según el más reciente latiguillo de los canales de noticias.
El lenguaje se infló, como los precios, y las palabras tienen menos valor que un billete de 20 pesos. Decimos y nos dicen mucho para en realidad no decir nada, algo que hasta acá era monopolio de los políticos. Es como vivir todo el tiempo con el volumen al máximo. Llega un momento en que nos quedamos sordos y no escuchamos nada.
Para colmo, al mismo tiempo que las palabras se hinchan, usamos cada vez menos. La charla larga va perdiendo terreno y hay que decir todo en un minuto. Ya es como si estuviéramos viviendo dentro de YouTube, TikTok o Instagram; hay que hablar rápido y ser conciso si queremos captar la atención de nuestros interlocutores antes de que hagan un scroll mental y simplemente dejen de escuchar.
Pero no quiero sonar nostálgico, apocalíptico ni renegado. Como diría Charly, mientras miro las nuevas olas yo ya soy parte del mar. Últimamente y a conciencia, trato de ser lo más económico posible en palabras a la hora de hablar con la gente. Y además confieso que me fastidian esas personas con las que solo tengo trato laboral y me llaman directamente al teléfono celular sin la instancia previa del Whatsapp.
Le debe estar pasando a mucha gente y en muchos lados. Hace unos meses, un estudio de la Universidad de Arizona dirigido por el psicólogo Matthias Mehl encontró que las personas dicen diariamente unas 338 palabras menos cada año y que entre 2005 y 2019, la palabra hablada cayó un 25% por el impacto de la tecnología y la vida digital. Se pasó de 16.000 palabras en 2005 a 12.700 veinte años más tarde.
Según este estudio, la recesión lingüística no afecta tanto a las conversaciones extensas como a los intercambios breves y cotidianos, reemplazados por bots, dispositivos de autogestión y, por supuesto, por el teléfono celular.
Es un círculo vicioso: nos hablan con palabras fuertes porque nadie parece capaz de sostener la atención por mucho tiempo, y escuchamos cada vez menos porque lo que nos llega, hecho para atraernos durante un tiempo fugaz, tampoco nos da muchas ganas de quedarnos a ver qué nos dicen.
Hablamos en flashes, escuchamos en flashes. Cuesta cada vez más bancarse un argumento completo sin hacer zapping, mirar el celular o pasar al siguiente video si estamos en las redes.
Y, como si fuera poco, ahora también tenemos a la IA en el medio, empujando en sentido contrario. Es curioso: mientras las redes sociales nos entrenan para decir todo en 60 segundos, los textos generados por inteligencia artificial suelen funcionar exactamente al revés. Dicen con 500 palabras lo que podrían decir con 50. Reformulan las preguntas, matizan cada afirmación y resumen lo que ya se dijo unos párrafos antes.
No es que la máquina no sepa ser breve: es que aprendió a escribir leyendo a millones de humanos que tampoco supieron serlo y quedó entrenada para parecer completa y equilibrada antes que contundente. Así que tenemos dos inflaciones conviviendo: la de las redes y los medios, que vacía las palabras a fuerza de gritarlas, y la de la IA, que las vacía a fuerza de repetirlas.
Así y todo, sigue habiendo hechos realmente impactantes, polémicos o dramáticos. Una manera de resignificarlos sería guardarlos un poco más, como un traje elegante que se reserva para una ocasión especial y no para ir a hacer compras al supermercado. Aunque los algoritmos y nuestra atención cada vez más fragmentada, mientras tanto, sigan premiando lo opuesto.



