
La matriz del infierno
En su última novela, La matriz del infierno, que publicará Editorial Sudamericana, el autor de esta nota recrea la vida cotidiana en la Argentina de los años 30 y 40; sus personajes deben enfrentar las circunstancias históricas que Aguinis describe tan documentadamente en esta página y que son el apasionante telón de fondo de su relato. Antes de la aparición de su libro, el novelista hace una crónica de la existencia de las comunidades alemana y judía en el país y en Alemania, y analiza la gestación de una catástrofe que cambiaría el curso del siglo XX.
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DURANTE la década del treinta sucedieron hechos en nuestro país y en el mundo que determinaron los rasgos predominantes de todo el siglo. Se produjeron situaciones que debían llevar, ineluctablemente, a la mayor de las catástrofes y, luego, a secuelas que no logran ser curadas del todo.
Para ofrecer un sintético paisaje, recordemos que los años 30 empezaron en Buenos Aires con el golpe de Estado que degolló alegremente setenta años de estabilidad constitucional. Estados Unidos trepidaba bajo los efectos de la Depresión. En 1933, Hitler tomó el poder en Alemania, exterminó a los opositores y creó siniestros campos de concentración. En 1936, estalló la Guerra Civil española que dejó un saldo de un millón de muertos. José Stalin realizó sanguinarias purgas de intelectuales bajo el encubrimiento de un aceitado aparato represor y propagandístico. Las democracias occidentales presenciaron con brazos caídos la multiplicación de leyes racistas y no se animaron a frenar las insolencias de los nazis. En 1939, como resultado inevitable, comenzó la Segunda Guerra Mundial. Lo que ocurrió entonces, incluido el Holocausto, fue una consecuencia lógica de lo que se venía preparando.
Los alemanes
Pocos recuerdan el episodio del Cap Trafalgar, porque su desventura fue cubierta por la más reciente de otra nave que sufrió un destino casi idéntico 25 años después: el Graf Spee. La coincidencia es tan curiosa que parece ficción.
El Cap Trafalgar era un nuevo buque de la compañía alemana Hamburg-Sud que fue lanzado al mar en agosto de 1914 para realizar actividades corsarias. Un mes después fue sorprendido ante la costa brasileña por un crucero inglés, con el que empezó a intercambiar disparos. Ambas naves sufrieron daños y bajas, pero el comandante alemán decidió hundir la suya antes de que el enemigo la pudiera capturar. La tripulación que no murió ahogada fue rescatada y llevada a la neutral Buenos Aires para su internación en la isla Martín García, donde holgó hasta 1919. En varias ocasiones los ex tripulantes volvieron a aparecer en los diarios, sea por un conjeturable motín, sea porque algunos fueron enviados al penal de Ushuaia. Lo cierto es que tras el armisticio la mayoría decidió permanecer en la Argentina y se integró a la comunidad alemana local, que por entonces ya sumaba unas 100.000 personas.
En la década del veinte la República Argentina ejerció una notable atracción sobre los extranjeros. Vinieron germano-hablantes de los ex imperios alemán, austro-húngaro y ruso, de las perdidas colonias africanas y también de Estados Unidos y Brasil. Eran ex soldados, funcionarios de la monarquía, empleados administrativos, tenderos quebrados, estudiantes sin esperanza, campesinos expulsados de la cuenca del Volga y otros territorios, artesanos, científicos y artistas con el alma triste e industriales en ruina. La comunidad trepó hasta el cuarto millón de integrantes. Se convirtió en el tercer contingente lingüístico del país, tras los españoles e italianos.
Crearon instituciones educativas, sociales y empresarias. La familia Alemann, de origen suizo, fundó y dirigió el diario Argentinisches Tageblatt, de excelente calidad periodística y que alcanzó una amplia difusión, incluso más allá de nuestras fronteras.
En 1925, Albert Einstein visitó la Argentina. Su paseo triunfal por instituciones nacionales y privadas fue celebrado como el afianzamiento de lazos con la creativa República de Weimar y la pujante cultura alemana. Apenas se advirtió que el rencoroso boicot decretado por los nostálgicos del Reich contra el ilustre huésped, anunciaba una fractura de trágicas consecuencias.
Los naziz
En efecto, la derecha nucleada alrededor del Partido Nacional del Pueblo Alemán (DNVP), y luego el Partido Nacionalsocialista (NSDAP), iniciaron una agresiva acción para controlar hasta el último resorte comunitario y establecer vínculos con los factores de poder argentinos, en especial sus Fuerzas Armadas, la policía, Migraciones y las organizaciones nacionalistas. Entre sus tareas ocupaba un lugar destacado hundir al influyente diario democrático de los Alemann.
Apenas Hitler asumió el mando cambió su embajador en Buenos Aires. Envió a un eficiente diplomático de carrera que antes de que pasara un año fue relevado porque tenía un abuelo judío. Lo reemplazó Edmmund von Thermann y su seductora mujer, la condesa Vilma. Von Thermann, funcionario de carrera era, además, oficial SS.
Los siete pecados capitales
El Argentinisches Tageblatt debió soportar bombas incendiarias, sabotaje y ataques callejeros a sus periodistas. Por orden del embajador, las escuelas alemanas debían llenarse con esvásticas y retratos del Führer; los funcionarios del Ministerio de Educación, atónitos, prefirieron hacerse los distraídos. En poco tiempo los nazis consiguieron dominar casi todas las instituciones sociales, educativas y religiosas alemanas del país. Los germano-hablantes democráticos fundaron entonces el Colegio Pestallozzi, pero pronto debieron soportar una furiosa agresión por tamaña osadía. En Vicente López fue celebrada públicamente la fiesta neopagana del solsticio, que los nazis recuperaban del pasado bárbaro, y von Thermann se presentó con su impecable uniforme de SS. En 1934 llenaron el Teatro Colón con oriflamas y cánticos nacionalistas; por primera vez y sin traza de pudor hicieron retumbar sus muros con los gritos de Heil Hitler! y Sieg Heil!
El teatro Cómico de avenida Corrientes puso en escena la obra de Bruckner titulada Las Razas. que tenía un tono crítico con respecto a la discriminación racial. El embajador pidió a la Cancillería que se suprimieran varios fragmentos. El censor municipal se resistió y los Landesgruppe se ocuparon entonces de efectuar reiterados disturbios hasta conseguir que la bajaran de cartel.
Barcos de la Hamburg-Sud y Hapag-Lloyd traían propaganda sobre el Tercer Reich y se detenían largamente en los muelles de Buenos Aires. En sus cámaras efectuaban ruidosas concentraciones con desocupados y resentidos para insuflarles la nueva ideología. Por el país se distribuían con velocidad miles de ejemplares de Mein Kampf.
La lucha se tornó impiadosa. La prensa nazi calumniaba sin escrúpulos al Argentinisches Tageblatt, al que la embajada alemana inició varios juicios por criticar la política de Hitler.
El odio antisemita era un combustible precioso y se manifestó en asaltos a comercios de judíos alemanes. Pronto, sin embargo, decenas de sinagogas sufrieron algún tipo de desmán. El golpe más escandaloso ocurrió contra el hermoso templo de la calle Libertad, en el Día del Perdón.
Los judíos
En nuestro país ya había algunos pocos judíos en la época colonial. Pero la inmigración importante empezó a tomar fuerza con el general Roca. Desde fines del siglo XIX se fundaron colonias agrícolas en las provincias de Entre Ríos, Santa Fe, Buenos Aires y La Pampa mediante una vasta odisea que narró Alberto Gerchunoff en Los gauchos judíos. Luego los judíos se multiplicaron en las grandes ciudades. La mayoría provenía de Europa Oriental, pero los hubo numerosos del Medio Oriente y de Alemania también.
Sus diversos orígenes eran el tema de pullas de variada intensidad y color, incluso cuando geográficamente los distintos grupos habían sido vecinos. No era lo mismo provenir de Aleppo, que de Damasco; de Galitzia, que de Lituania; de Besarabia, que de Rumania, o de Rumania, que de Bulgaria. Los judíos alemanes exhibían con orgullo su más alto nivel cultural y despreciaban a los correligionarios de origen ruso y polaco aplicándoles la palabra Ostjuden (judíos orientales).
En 1919 se produjo en Buenos Aires el primer progrom de América latina. Los "niños bien" de la clase dominante, estimulados por el brote nacionalista, canalizaron su xenofobia mediante embestidas sangrientas que los historiadores bautizaron "Semana Trágica".
Esto pareció superarse pero, con el surgimiento del nazismo y su rápida expansión, los judíos se vieron obligados a expresar su resistencia. Las aún débiles organizaciones comunitarias debían responder a la violencia externa y también a absurdas rivalidades internas. Muchos judíos alemanes, exaltados por las figuras de Goethe, Kant y Beethoven, se negaban a reconocer la naturaleza criminal del Tercer Reich, creían que se trataba de una locura pasajera. Sentían más afecto por un alemán xenófobo que por un Ostjude. El envenenamiento de la atmósfera local y las noticias espantosas que llegaban de ultramar los hicieron cambiar de opinión.
La comunidad judía logró unificarse; en la década del treinta nació el embrión de la actual Daia. Un conjunto de agrupaciones proclamó un Día Internacional de Ayuno en protesta contra el antisemitismo (la Iglesia católica prefirió guardar silencio). Hubo un masivo acto en el Luna Park de repudio a las persecuciones, que fue interrumpido por organizaciones paramilitares nacionalistas argentinas y alemanas. Se puso en marcha un boicot contra empresas pro nazis. Nació la Hilfsverein (Asociación de Ayuda) de los judíos alemanes, que se articuló con las demás instituciones judías y movilizó mucha gente para socorrer a las víctimas.
Los judíos alemanes que siguieron negando el peligro, debieron soportar la humillación de ser expulsados uno a uno de clubes, restaurantes y escuelas. También el casi centenar de subsidiarias alemanas que se habían instalado en la Argentina eliminaron a directivos o empleados por motivos raciales. Dos grandes bancos no dudaron en seguir el mismo ejemplo, pese a contar con clientes judíos.
La sociedad en general
Desde fines de la Primera Guerra Mundial empezaron a crecer ideas ultranacionalistas bajo la seducción de teóricos franceses como Joseph de Gobineau y Charles Maurras. A ellos pronto se agregarían Primo de Rivera y Mussolini. El caldo de cultivo se tornó virulento cuando estas ideas se asociaron con la religión. En la Argentina empezó a desarrollarse un nacionalismo católico militante y corporativo, análogo al que triunfaría en España con Franco.
El golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930 lo encabezó un general retirado, con las manifiestas dudas de muchos oficiales en actividad. Pero el entusiasta apoyo que le brindó una ciudadanía ebria de irresponsabilidad, determinó que finalmente se plegasen, hiriendo por décadas a nuestra Constitución. Las ideas que dominaban en el cerebro del general José Félix Uriburu eran de neto corte fascista. Incluso pretendió modificar la Constitución para eliminar los partidos políticos.
Durante su breve mandato y con una expresa bendición oficial se fundó la Legión Cívica, organización nacionalista paramilitar que dispuso enseguida de cuarteles para su entrenamiento y fue autorizada a desfilar junto a las Fuerzas Armadas regulares. Además de la Legión Cívica, en contados meses brotó una decena de organizaciones parecidas que reclutaban gente entre los vecinos de Barrio Norte. Aparecieron revistas y pasquines cargados de odio, y que llamaban a la acción.
Varios sacerdotes se movilizaron en una especie de cruzada cuyos enemigos eran el liberalismo finisecular en primer término y luego cualquier expresión que pudiera oler a izquierdismo o masonería. Indirectamente, recibieron el apoyo del Congreso Eucarístico Internacional que por primera vez tenía lugar en América latina. Lo más granado del universo católico mundial se congregó en Buenos Aires. La figura más destacada fue Eugenio Pacelli, legado papal que sedujo a las multitudes y, antes de finalizar la década, sería ungido Sumo Pontífice con el nombre de Pío XII.
Las tradicionales relaciones con Gran Bretaña entraron en crisis luego de la Conferencia de Ottawa. El vicepresidente viajó a Londres para implorar un lugarcito dentro de la corona imperial. El pacto Roca-Runciman calmó las aguas, pero no resolvió el problema. La clase dirigente no tuvo imaginación ni coraje para asumir los cambios que se venían. Inventó el grosero "fraude patriótico" e impuso controles reguladores para lo que estuviese a su alcance. En esa década murió Yrigoyen, lo que produjo una impensada reivindicación popular de su figura. En esa década Lisandro de la Torre efectuó sus encendidas denuncias en el Senado; también en esa década se suicidó. Y se suicidó asimismo Leopoldo Lugones. Eran años de severas contradicciones y desbocada pasión.
El tercer Reich
El infierno se venía gestando a la carrera. Desde el día siguiente a su inauguración, el Tercer Reich paralizó al mundo con su falta de escrúpulos. Las enfermas ambiciones anticipadas en Mein Kampf no fueron canceladas, como se había imaginado tanta gente de buena voluntad. Al contrario, empezaron a ser cumplidas una a una, sin clemencia.
La oposición fue secuestrada, torturada y exterminada. Se quebraron las bases de la República. Terminó la libertad de prensa, de reunión, de propiedad y de secreto postal. Se violó el Tratado de Versalles mediante un rearme manifiesto. Y empezaron a aplicarse "leyes" raciales burdas, ofensivas y destructoras.
El resto de la humanidad permaneció de brazos caídos. La creciente de refugiados que deseaban huir de Alemania no tenía dónde escapar: leyes migratorias crueles cerraban las puertas en la nariz de las víctimas. Los gobiernos ejercitaban la insensibilidad. Nació un infame comercio de visas y pasaportes con el que hicieron su agosto funcionarios nazis y diplomáticos de casi todo el mundo.
Mientras en la Argentina florecía un catolicismo filofascista, en Alemania varios párrocos y algunos obispos se atrevieron a enfrentar la maquinaria infame. Los párrocos terminaron en campos de concentración y los obispos fueron obligados a cerrar la boca. La Gestapo declaró una silenciosa y tenaz guerra a la Iglesia. Entonces se formaron pequeños círculos de resistencia antinazi, pocos conocidos hasta el presente. Uno de ellos funcionó en la misma Berlín; formaron parte de él la doctora Margarete Sommer y el canónigo Bernhardt Lichtenberg. Lichtenberg murió en el trayecto a un campo de concentración, y en 1994 el Papa Juan Pablo II lo canonizó.
Los años previos al estallido de la conflagración nos afirma en la certeza de que sus consecuencias alucinantes no podían ser otras. La atrocidad no brotó de súbito, sino como resultado de una impresionante incubación, tolerada e incentivada.
La guerra, por otra parte, no destruyó la monstruosa matriz. Esa matriz produjo el infierno de esa guerra y el que vino después, y el que continúa vigente en nuestros días. Otra vez se alzan esvásticas, se expande el fundamentalismo, hay campos de concentración, se cometen genocidios, prosperan criminales contra la humanidad, se oprime al débil, crece la xenofobia.
Y gran parte de la humanidad permanece de brazos caídos.
Por Marcos Aguinis
Para
La Nacion
- Buenos Aires, 1997
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