
La obsesión de educar al soberano
Por Miguel Angel De Marco Especial para LA NACION
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Sarmiento, hijo de su propio esfuerzo, autodidacto por necesidad pero también por incapacidad para someterse a los rigores de la enseñanza sistemática; político tenaz e innovador, diplomático, periodista, escritor de prosa inimitable, dedicó cada una de esas brillantes cualidades a materializar su visionaria obsesión de "educar al soberano".
Nacido al pie de los Andes "un año después de la patria", como solía manifestar con orgullo aunque también con intención didáctica, apenas pudo asistir a la escuela de primeras letras sanjuanina. Pero pasaba las horas enfrascado en la lectura de todo libro que cayera en sus manos, sin importarle demasiado el argumento.
Apenas adolescente, desarrolló por primera vez su vocación de maestro cuando fundó una escuela para transmitir nociones elementales de escritura y aritmética a los criollitos de San Francisco del Monte de Oro.
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Más tarde, en su exilio chileno, dirigió establecimientos, ocupó cargos en la conducción educativa y supo combinar la redacción de sus combativos artículos sobre la política de la nación vecina y contra la dictadura de Rosas, para insistir desde la prensa sobre el poder transformador de la enseñanza.
Viajero infatigable por Europa y Estados Unidos, se estremeció de admiración al contemplar los logros en la instrucción de los ciudadanos, y experimentó desesperación, pero no desesperanza, al evocar la lamentable situación de la educación en su patria.
Nuevamente en Chile, mientras lo agobiaba la inacción política, convirtió su quinta de Yungay en una improvisada escuela para enseñarle a su hijo. En "Vida de Dominguito", el entonces anciano estadista evocó tiernamente el desafío que a los tres años de edad le había formulado el niño: "-Papá, ¿a que yo escribo Sarmiento?-. -¡A que no!-. -¡A que sí!-". Y lo hizo en la página en blanco de un librito.
Cuando en 1851 Urquiza inició su campaña contra Rosas, se incorporó al Ejército Grande ataviado con uniforme francés y montado a la inglesa. Quería mostrar a los militares criollos, vestidos, como se decía entonces, "a la que te criaste", la superioridad del equipamiento moderno.
Y en su propósito -en este caso un tanto pueril- de hacer docencia, no vaciló en desenrollar parsimoniosamente una capa de goma cuando comenzó a llover, frente a un general en jefe que exclamó con sorna: "Se le van a mojar las plumas", por el elegante quepis con que cubría su cabeza.
Regresó a la nación trasandina a raíz de la para él inadmisible persistencia en el uso del cintillo punzó utilizado en tiempos de la dictadura, pero volvió a Buenos Aires para dedicarse de lleno a la educación popular.
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En 1857 fue jefe del Departamento de Escuelas y realizó una extraordinaria labor que amplió desde el ministerio del ramo.
La oportunidad de representar años más tarde a la Argentina ante los Estados Unidos lo ubicó en una tierra fértil para desenvolver sus proyectos, y tanto se ocupó de estudiar los distintos ramos y niveles de la enseñanza como de obtener elementos con el fin de fundar más tarde dos institutos que modernizaron las Fuerzas Armadas: el Colegio Militar de la Nación y la Escuela Naval Militar.
Pero fue en la presidencia de la República, entre 1868 y 1874, con el respaldo de su joven ministro de Instrucción Pública Nicolás Avellaneda, cuando promovió una formidable revolución educativa con la creación de las escuelas normales, complemento de los colegios nacionales fundados por Mitre, que libraron por medio de egresados inspirados en una fervorosa militancia una eficaz batalla contra el analfabetismo.
Cuando dejó de existir en Asunción, hace hoy 112 años, luego de desempeñar nuevas y elevadas funciones, la Argentina estaba sembrada de escuelas que veneraban el nombre de quien la posteridad reconoce como Maestro de América.
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