
La pampa globalizada
QUEJIDO HUACHO Por Miguel Brascó (Tusquets)-297 páginas-($ 18)
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EL ingeniero Schlagensohn viaja a Quejido Huacho, provincia de Buenos Aires, en misión oficial. Pero es interceptado, desviado y finalmente involucrado en una red de peripecias que alteran su rumbo. El viaje pierde su lógica y se transforma en un deambular que responde a estímulos y obstáculos imprevistos.
A partir de un personaje itinerante, desconcertado, y un recorte del país interior, de las "pampas chatas", Miguel Brascó construye una historia provocativa, montada sobre un escenario complejo, resignificado, apto para constituirse en término de una metáfora ambiciosa.
En Quejido Huacho y sus aledaños será raro encontrar un paisano comiendo puchero sino, en el peor de los casos, "un osso buco salteado con manteca y oliva, después desglaseado con vino blanco y caldo y finalmente terminado al horno con romero y salvia a la moda lombarda". Este contraste entre la ambientación rústica y una escritura que se enuncia desde un saber mundano, que incluye un prolijo inventario de la cultura de consumo, marca el límite de toda ingenuidad.
Quejido Huacho, articulada por un entramado de recursos, propone la imagen de una pampa globalizada como cifra de una Argentina inocultable. Y lo logra manteniendo el interés hasta el final, mediante el humor y una escritura suelta y precisa.
En ese ambiente vernáculo, a través del léxico de sus habitantes y de sus historias, Brascó recupera, como ramalazos de un antiguo esplendor, los vestigios de esa cultura y el valor de un ámbito tradicional. Pero ese rescate aflora precisamente para mostrar su relevamiento, su contaminación. Porque sobre esa pampa desciende como una invasión el peor resabio del farandulesco shopping de fin de siglo.
Vaciada su cultura, "deconstruida", desquiciada en sus fundamentos de existencia y en sus códigos, la pampa es ahora feudo de policías corruptos, campo de cultivo de hongos alucinógenos, lugar de tránsito de narcos, empresarios inescrupulosos, emisarios del poder, tierra porosamente penetrada por una mafia omnipresente.
En ese laberinto se pierde Schlagensohn. Y allí se relaciona con otros personajes, también itinerantes, episódicos, de pronto muy pintorescos, creíbles, o atractivos por la energía discursiva que les transfiere el autor, pero que siempre muestran una identidad vaciada, signada por el nomadismo espiritual, sin proyecto posible.
Quejido Huacho -una novela que brinda su homenaje a escritores como Roberto Arlt, Onetti, Lynch-, incorpora una imagen de la realidad argentina cuyos elementos ominosos ya son estructurales. ¿Cómo pensar ahora la pampa, la "patria rural", escenario de tantas visiones pastorales y de tan buscados arquetipos? Ya nada queda de las idealizaciones de Güiraldes, ni de la fresca alegría de Wimpi, ni siquiera del aliento metafórico y la ternura de Una sombra ya pronto serás , de Soriano. Lo que queda, en la alegoría de Brascó, parece una tierra degradada, habitada por lugareños reducidos a sus rasgos inferiores y taimados ("aborígenes", "capitanejos", "yanquetruces") o allanada por "pesados" que provienen del poder.
En clave política, lectura para la cual propone indicios inequívocos, Quejido Huacho es la resultante artística de este tiempo que el país, con su tejido social y cultural cada vez más desgarrado, aún transita. Un país que asiste, crispado, a la coexistencia dramática de una cultura de la opulencia y la evidencia del abandono.





