La pasión como oficio
Tullio Kezich, crítico cinematográfico, autor de teatro, amigo y biógrafo del director de La strada, fue uno de los protagonistas de la cultura italiana en la segunda mitad del siglo XX ,
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Como sus grandes amigos y cómplices de toda la vida, Fellini y Strehler, Olmi y la Wertmüller, Abati y Suso Cecchi, también Tullio Kezich, que falleció el lunes 17 de agosto en su casa de Roma, fue un caso único precisamente por la variedad de sus intereses y su curiosidad: crítico de festival y de escritorio, rabdomante de talentos y estudioso, amante de Ford y del cine de a caballo, pero también de la comedia sofisticada, capaz de convertir las 90 líneas de una crítica en un mandato en los grandes diarios (primero La Repubblica , después Corriere della Sera, donde permaneció hasta el final), y dispuesto a cambiar la lógica del producto cultural, cuando el cine pasó a la televisión y más tarde al video, inaugurando las minicríticas ( en Panorama ). Además fue escritor ( L´uomo di sfiduccia , Dino ), actor (el psicólogo de fábrica de Il posto , de Ermanno Olmi), guionista (para Lattuada con Venga a prendere un caffè da noi , sobre la novela de Chiara; para Olmi con La leyenda del santo bebedor , sobre el libro de Joseph Roth, León de Oro en Venecia); productor de nicho y comercial. Trabajó como comediógrafo y director de revista ( Sipario , en la década de 1970), era corresponsal agilísimo y un conversador rico de chimentos, inteligente y apasionado por el teatro. Fellinólogo y strehlerólogo, por partes iguales, era uno de los pocos que conocía el secreto: cine y teatro se encuentran en cuartos vecinos: lo que pasa en uno, se oye en el otro. Y era también "rumorista": si las proyecciones tardaban, decía en voz alta desde su lugar, siempre un poco al costado, "Largá de una vez". Un tipo así no se plagia, no se copia, se añora y basta. Tullio, que no amaba las declaraciones de amor de tipo póstumo, murió sereno: había anunciado varias veces a los amigos su propia muerte como un modo de conjurar en broma, con cara seria, la mala fortuna. Tenía desde hace unos meses un doble e incurable tumor que sólo el afecto inmenso y constante de su segunda esposa, Alessandra Levantesi (con la que se casó después de la muerte de su adorada Lalla, madre de su hijo), entre angustias y afanes, contribuyó moralmente a mitigar. Dejó dicho que no quería funerales: sólo la cremación. "Voy a la nada", decía. En un mes, habría cumplido 81 años. El año último, Trieste lo había homenajeado como merecía, en calidad de ciudadano ilustre. No se había olvidado nunca de la patria de Svevo; aunque emigró a Milán, a la ciudad entonces abierta de la Scala, del Piccolo Teatro de Strehler y de la burguesía ilustrada, donde se hacía el dandi en el café Donini, de la plaza San Babila, con Leo Wachter.
En 1969 se fue a Roma tras las sirenas de la RAI y se convirtió en productor. Trabajaba con el triestino Giraldi de La giacca verde , con los hermanos Taviani en San Michele aveva un gallo , pero también en Sandokán con el exótico actor Kabir Bedi: las locaciones en Oriente lo obligaron a largos viajes, como el que lo llevó por única vez a Los Ángeles para sufrir en la entrega de los Oscar con su amiga "nominada" Lina Wertmüller. Intentó inútilmente poner en escena la magnífica reducción escrita con Strehler de las Mémoires de Goldoni. Son muchos los volúmenes que recogen los fragmentos de Kezich, era un crítico al que daba placer leer aun cuando escribía sobre un film mediocre, porque a veces el nivel de la recensión depende no del objeto sino del sujeto que escribe. Y Kezich escribía bien, con la velocidad justa, como había hecho en las muchas experiencias de teatro en sociedades históricas. En el Teatro Stabile de Genova, había adaptado La conciencia de Zeno , de Svevo, a Flaubert y la versión best seller de Mattia Pascal , de Pirandello; además trabajó con Ardenzi y Turis, tuvo una amistad cómplice con Brancati, tradujo hasta a Neil Simon; estuvo en el grupo Contrada de Trieste ( L´americano de San Giacomo ), con Giulio Bosetti que puso en escena las comedias escritas por Kezich-Levantesi, una de las cuales era una adaptación de la novela Un amore de Buzzati (el próximo 11 de noviembre se estrenará en Milán El actor , una adaptación de Kezich de la novela de Mario Soldati). También trabajó con Maccarinelli en una versión del amadísimo material de La novela de Ferrara , de Giorgio Bassani, y se estaba hablando de retomar Bouvard y Pécuchet : la ronda de una cultura que se abría siempre a nuevas preguntas y respuestas. Y naturalmente la relación de amor con el Piccolo Teatro de Milán, donde puso en escena W Bresci! Pero si hay un nombre con el cual Tullio viajó toda la vida fue el de Fellini, con el cual compartió hace cincuenta años las alegrías y las ansiedades de La dolce vita y después el resto de la carrera, incluido el El libro de los sueños póstumo y junguiano, hasta convertirse en presidente de la Fundación consagrada a la memoria del cineasta de Rímini, gracias también a la fundamental biografía Fellini . Ahora, un magnífico documental, que acaba de triunfar en Locarno, obra de Kezich y de Mingozzi, recuerda cómo se hizo aquella profética obra maestra felliniana y aquel año irrepetible, siguiendo la trama de un libro fantástico y homónimo, Noi che abbiamo fatto La dolce vita .
Kezich conocía por lo tanto todos los mecanismos del cine, criticarlo era el último anillo de un inmenso placer que había frecuentado hasta en los detalles desde que se desempeñó como secretario de producción de Luigi Zampa. Pero sobre todo cuando produjo en la Milán del boom , los débuts de Olmi, Visconti, Wertmüller, del Rossellini de Età di ferro . Ahora, en el Festival de Venecia, un film de Zaccaro sobre el Piccolo Teatro de Milán lo muestra como testigo, mientras habla de Strehler y de distintos temas: es de verdad el mejor modo de homenajearlo. Le hubiera gustado.



