La Perla del Atlántico
LA CIUDAD MAS QUERIDA Por Fernando Fagnani-(Sudamericana)-250 páginas-($ 25)
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Mar del Plata nació como un pueblo en 1874 y trece años después, con la llegada del tren, recibió sus primeros 1.451 visitantes. A medida que se difundió el hábito de veranear, aumentó la cantidad de turistas y para 1900 fueron diez mil. Por entonces -cuenta el editor y periodista Fernando Fagnani en La ciudad más querida - el Bristol Hotel "ya no estaba solo. Lo acompañaban otra docena de establecimientos". El libro, ilustrado con una decena de fotos, expone la historia de Mar del Plata desde sus orígenes hasta hoy. Si bien no hay un prólogo que especifique los objetivos de la obra, parece evidente que el autor se propuso privilegiar el enfoque político sobre el urbanístico, el arquitectónico o el costumbrista.
Dentro de este contexto uno puede enterarse de que a fines del siglo XIX el gran evento de cada temporada consistía en el Gran Premio Internacional de Tiro a la Paloma, de que Carlos Pellegrini era un fanático del carnaval, y constatar que el reglamento de baños de 1888 obligaba a los hombres solos a mantenerse a una distancia de treinta metros de las mujeres. A partir de los años treinta el escenario se fue democratizando y las tres décadas siguientes confirmaron el destino masivo de la ciudad, que continuó cambiando de fisonomía y finalmente sufrió un excesivo crecimiento de la construcción. Entre otros temas, se habla de las distintas ramblas, de la inauguración de la ruta 2, el Parque San Martín, el Casino, el Primer Festival Internacional de Cine y el polémico complejo de Punta Mogotes.
No obstante, en la exposición hay pocas anécdotas y un mínimo sabor local que no alcanza a reflejar las transformaciones en los hábitos de los veraneantes o en la vida cotidiana de los marplatenses. Fagnani se extiende demasiado sobre Punta del Este y le dedica bastante espacio a la llegada del portaaviones estadounidense Kitty Hawk, en 1991, a "la Perla del Atlántico". Tampoco olvida las muertes de Alicia Muñiz y Alberto Olmedo. En cambio, otros tópicos carentes de ese signo trágico (el puerto, las escolleras, el faro, las industrias pesquera y textil, restaurantes, barrios, clubes, balnearios y playas) sólo merecen menciones minúsculas. Lo mismo ocurre con nombres emblemáticos de la ciudad, como la tienda Los Gallegos o las fábricas de alfajores y dulce de leche. Uno se queda con las ganas de conocer la historia de muchos lugares y cosas.
Señalar esto no significa pretender una torre de cristal ajena a los vaivenes ideológicos y económicos de la Argentina. Es importante reseñar, como bien lo hace Fagnani, que durante la última dictadura Mar del Plata tuvo centros clandestinos de detención y que, actualmente, la mitad de sus habitantes vive bajo la línea de pobreza. Pero en varios pasajes, las referencias a los distintos gobiernos nacionales se convierten en el eje central del relato y las reflexiones socioeconómicas del marco general diluyen la imagen individual de la ciudad balnearia, como si ésta nunca terminara de ser la verdadera protagonista de la crónica.
La bibliografía y la abundancia de citas revelan un arduo trabajo de investigación. Sin embargo, no siempre se consigue una amalgama satisfactoria de la información que estimule una lectura fluida. Algunas digresiones, como la que alude al turismo sexual en América latina, podrían haberse ubicado en una nota a pie de página para no cortar la continuidad del texto.





