
La poesía de la biología
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Es Wislawa Szymbroska (Kórnik, 1923) una de las máximas figuras de la poesía polaca. Aunque estudió Filología polaca y Sociología en Cracovia, ciudad donde reside desde los ocho años, toda su vida ha estado consagrada a la literatura.
La reflexión -a menudo irónica, siempre moral y con tendencia al aforismo- sobre la existencia y limitaciones humanas ocupa la parte principal de la obra de esta autora. Ello y la inquietud formal constituyen probablemente las dos más conspicuas características de una obra literaria casi exclusivamente dedicada a la poesía. Esto último no sorprende cuando se constata en su poema la frecuente emergencia de prosa literaria, o mejor, versificada. La propia escritora ha comentado: "En nuestra época veo entre la poesía y la prosa más afinidades que divergencias artísticas". Versos como
Amáronse entre los avellanos,
bajo soles de rocío,
tierra y hojas secas
entrelazaron sus cabellos.
Corazón de golondrina,
ten piedad de ellos
("En memoria")
por su lirismo y sentido rítmico son excepcionales en Szymborska. En general ésta construye sus poemas con estructuras repetitivas de diversa índole (con frecuencia gramaticales), séansa nombres (sinonimias notoriamente), conjunciones, pronombres, interrogativas, enumeraciones... lo que confiere a su poesía mediante el artificio "repetita iuuant" el suficiente y esperable carácter poético.
Paradójicamente este aspecto novedoso reconcilia la poesía de Szymborska con sus más primitivas formulaciones, una vez que, como sus etimologías latinas indican, frente a la prosa ("poruorsa"), lo que progresa, en el verso ("uersus"), lo que regresa, hay siempre un componente iterativo y, en su origen, no necesariamente de carácter prosdico. Uno de los primeros poemarios de la polaca ostenta título significativo, "Preguntas formuladas a mí misma" (1954), pues deliberación, controversias y suasorias son recursos pertinazmente utilizados por Szymborska para forzar la reflexión del lector sobre la diversas paradojas de la existencia, a las que la autora ofrece "grandes preguntas y respuestas pequeñas".
Pese a que la aventura formal -aunque a veces, no original- puede derivar en extravagancias como
Tierra-tierra,
tierra-aire-tierra,
aire-agua-tierra-tierra-agua,
agua-aire-tierra-aire-aire,
tierra-agua-aire-agua-aire-tierra,
aire-tierra-tierra-tierra
tierra-tierra,
Tierras Aguas Aires
("Parada militar")
también y más que ocasionalmente logra registros brillantes y cautivadores.
Szymborska ha realizado crítica de libros durante muchos años. Resultará muy explicativo el catálogo de las obras examinadas. Frente a lo que en instancia primera podríamos esperar: poemarios, literatura contemporánea o vanguardista..., las recensiones de la poetisa, con excepción de las grandes obras clásicas de la literatura, se ocupan de enciclopedias, pinturas, memorias, historia y, por encima de todo, de cualquier materia relacionada con la naturaleza: geología, zoología, botánica.
Es precisamente actividad dilecta de la escritora la comparación del ser y la vida humanas con los de sus convecinos del mundo natural. En esta confrontación es, por supuesto, el hombre, ese -en la definición helénica- implume bípedo ridente, quien se lleva la peor parte. Es éste uno de los aspectos más singulares e interesantes de la obra de Szymobriska, a quien pueden inspirarle bonísimos versos motivos tan bizarros como la muerte de un escarabajo:
En un camino rural yace muerte un escarabajo.
Sus tres pares de aptitas cuidadosamente plegó sobre su panza.
Frente al caos de la muerte, aseo y orden
("Visto desde arriba")
o la espontánea bisección del pepino de mar.
Ante el peligro el pepino de mar se parte en dos: con una se entrega para alimentar el mundo,
con la otra escapa.
Violentamente se desintegra en perdición y salvación,
en castigo y premio, en lo que fue y lo que será.
En medio de su cuerpo se abre el abismo
de dos orillas de inmediato ajenas. (...)
También nosotros, verdad es, logramos dividirnos.
Mas sólo en cuerpo y en roto susurro.
En cuerpo y poesía (...)
El abismo no nos escinde.
El abismo nos circunda.
("Autonomía")
Szymborska contempla el hecho humano como el más pasmoso y absurdo eslabón en la cadena biológica evolutiva habida en el tercer planeta del sistema solar, de suerte que no puede extrañar que se sienta atraída a definir al hombre como
Diez billones de células nerviosas.
Cinco litros de sangre para trescientos gramos de corazón
("Una película-Años sesenta")
para después evaluar su utilidad o destino adjetivándolo escatológicamente como
Peregrino al omega
("Nacido")
No cae, no obstante, Szymborska en la ingenuidad ecologista de presentar la naturaleza como Arcadia utópica o ideal. En "Advolada" se ofrece una descripción impresionante, una bandada de pajarillos agoniza de frío sobre una nieva advenida tarda:
Esta primavera de nuevo los pájaros regresaron demasiado pronto. Regocijate, razón, también el instinto se equivoca
Por otra parte, es, y por obvias prácticas razones, general el rechazo a las utopías por los escritores que vivieron la falsedad y atrocidad comunistas. Las críticas emergen y genéricamente, en forma de soberbias parábolas como eta de la isla paradisíaca de la que todos quieren huir, y en detalles, como en la parodia de la jerga de la propaganda oficialista con su inquebrantable adhesión... a la mayúscula:
Una isla en la que todo se aclara (...)
No hay más caminos que los de acceso (...)
Aquí crece el árbol de la Correcta Presunción (...)
Cuanto más se entra en el bosque tanto más anchursos ábrese
el Valle de la Obviedad.
Si es que hay alguna duda, el viento la disipa. (...)
A la derecha, la cueva donde recostada yace la razón.
A la izquierda el lago de la Profunda Convicción. (...)
Dominando el valle, la Certeza Inconmovible (...)
Pese a sus atractivos la isla está desierta.
aunque en sus orillas vense menudas huellas de pisadas
sin excepción dirigiéndose al mar
("Utopía")
Aquello explicaría también la renuncia a la ficción:
Para mí en una tragedia el acto más importante es el sexto: la resurrección desde los campos de batalla de la escena
("Impresiones del teatro")
y convergería con el énfasis por lo palpable, con la atracción por seres, objetos y motivos cotidianos: un globo, una gota de agua, una visita a un hospital, el prospecto de un tranquilizante, una oficina de objetos pérfidos...
En sí misma la poesía es para Szymobriska un alegato de rebeldía, instinto de defensa, acto de vindicación: Dicha de escribir.
Facultad de perdurar.
Venganza de mano mortal
("La dicha de escribir")
La Atlántida
Existieron o no existieron
En una isla o no en una isla.
El océano o no el océano
los engulló o no.
¿Pudo quién amar a quién?
¿Pudo quién luchar con quién?
Todo sucedió o nada
allí o no allí.
Había siete ciudades.
¿Seguro?
Querían existir eternamente
¿Dónde las pruebas?
No inventaron la pólvora, no.
Inventaron la pólvora, sí.
Supuestos, dudosos.
No recordados.
No extraídos del aire,
del fuego, del agua, de la tierra.
No contenidos en una piedra
ni en una gota de lluvia.
No pudiendo en serio
posar como advertencia.
Cayó un meteoro.
No fue un meteoro.
Un volcán entró en erupción.
No fue un volcán.
Alguien gritó algo.
Nadie nada.
En esta más menos Atlántida.
("Una llamada al Yeti", 1957)
El acróbata
De trapecio en
en trapecio, en silencio tras
tras el redoble de pronto enmudecido, a través
a través del aire sorprendido, más veloz que
que el peso de su cuerpo, que otra vez
otra vez no llegó a tiempo de caer.
Solo. O aún menos que solo,
menos, pues mútilo, pues fáltanle
fáltanle las alas, fáltanle mucho,
una falta que le obliga
a avergonzados revoloteos con una atención
implume, ya sólo desnuda.
Denodadamente ligero,
con paciente agilidad,
con calculada inspiración ¿Ves
cómo se agazapa para el vuelo, sabes
cómo conspira de pies a cabeza
contra quien él es: sabes, ves
cuán arteramente se enhebra en su antigua figura y,
para asir en su puño el mundo mecido,
extiende los brazos recién nacidos de sí?
más hermoso sobre todo en este preciso,
preciso, por lo demás ya pasado, instante.
La lección
Quién que (*) el rey Alejandro con quién, con qué con una espada
corta de un tajo aquién, qué el nudo gordiano.
Esto no se le había ocurrido antes a quién, a qué nadie.
Había cien filósofos
-ninguno lo había desenredado.
No es extraño que ahora se escondan por los rincones.
La soldadesca los agarra por esas barbas
de chivo, histéricas, canosas
y estalla un estruendoso quién, qué risa.
Basta
Lanzó el rey una mirada desde debajo de su penacho,
monta en su caballo, se pone en camino.
Y tras él, en la trompa de las trompetas, en el tambor de los tamboriles,
quién, qué un ejército compuesto de quién,
de qué de pequeños nudos,
para quién, para qué para el combate
("La sal", 1967)
(*) La polaca es lengua con flexión nominal. En las escuelas, los diversos casos de la declinación se aprenden mediante el recurso empleado aquí por Szymborska.
Esqueleto de dinosaurio
Amados Hermanos:
aquí vemos un ejemplo de erróneas proporciones:
un esqueleto de dinosaurio se yergue ante nosotros
Queridos Amigos:
a la izquierda, la cola hacia una infinidad,
a la derecha, el cuello hacia otra
Distinguidos Camaradas:
en el medio, cuatro patas que se atollaban en el cieno
bajo la colina de su tronco.
Gentiles Conciudadanos:
la naturaleza no se equivoca, pero le gustan las bromas:
por favor, presten atención a esta ridícula cabecita.
Señoras y Señores:
una cabecita así no podía prever nada
y por ello es la cabecita de un reptil extinto
Respetables Asambleístas:
escaso cerebro, demasiado apetito,
más sueño bobo que sabio espanto
Dignos Huéspedes:
a este respecto estamos en una forma mucho mejor,
la vida es bella y la tierra es nuestra.
Excelentes Delegados:
un cielo estrellado sobre una caña pensante,
y en ella una ley moral
Honorable Comisión:
se logró una vez
y quizá sólo bajo este mismo sol
Consejo Superior:
cuán mañosas manos,
cuán elocuente boca,
cuánta cabeza sobre la nuca
Suprema Instancia:
vaya responsabilidad en el lugar de la cola.
Salmo
Las fronteras de las naciones humanas ¡qué permeables son!
¡Cuántas nubes pasan impunemente flotando sobre ellas,
cuánta arena del desierto se desliza de uno a otro país,
cuántas piedras ruedan
desde las montañas hasta los dominios ajenos
con botes desafiantes!
¿He de mencionar aquí los pájaros que vuelan
uno tras otro
y se posan en las barreras bajadas?
Incluso si fuera sólo un gorrión,
ya tiene allí la cola,
mas su pico permanece aquí.
Además ¡nunca se queda quieto!
Entre los innúmeros insectos me limitaré a la hormiga,
que entre las botas derecha e izquierda del guardia
a la pregunta: de dónde, a dónde
-no se siente obligado a contestar-.
¡Ah, mirad con atención
todo este desorden a la vez
por todos los continentes!
¿Acaso no es la alheña la que desde la orilla opuesta
pasa de contrabando su cienmilésima hoja?
¿Y quién si no el calamar
de osados y largos tentáculos
viola la sagrada zona de la aguas territoriales?
¿Cómo se puede hablar en general de orden alguno,
si ni siquiera es posible repartirse las estrellas
para saber cuál brilla para quién?
¡Y que aún el reprobable expandirse de las nieblas!
¡Y del polen, por toda la superficie de la estepa,
como si no estuviera bien partida en dos!
¡Y el resonar de las voces por las serviciales ondas del aire:
gritos que llaman y gorgojos llenos de significado!
Sólo lo humano logra ser verdaderamente ajeno.
Lo demás son bosques entremezclados, obras de topo y viento.
("Un gran número", 1976)
Bajo una misma estrellita
Perdón pido al azar por llamarlo necesidad.
Perdón pido a la necesidad por si empero me equivoco.
No se me enoje la dicha si la tomo como propia.
Que me disculpen los muertos por apenas anidar en mi recuerdo.
Perdón pido al tiempo por la multiplicidad de un mundo omitido en un segundo.
Perdón pido al antiguo amor por vivir el nuevo como primero.
Perdonadme, lejanas guerras, por llevar flores a casa.
Perdonadme, heridas abiertas, por haberme pinchado en un dedo.
Perdón pido a los que claman desde las simas por el minueto del disco.
Perdón pido a la gente en los andenes por seguir durmiendo a las cinco de la mañana.
Disculpadme, esperanza acosada, por reír de vez en cuando.
Disculpadme, desiertos, por no acudir con una cucharada de agua.
Y tú, gavilán, el mismo desde hace años, en esa misma jaula,
con la mirada inmóvil siempre en el mismo punto,
ten piedad de mí aunque sólo seas un ave disecada.
Perdón pido al árbol talado por las cuatro patas de mi mesa.
Perdón pido a las grandes preguntas por mis respuestas pequeñas.
Verdad, no me prestes demasiada atención.
Gravedad, muéstrame magnánima.
Soporta, misterio del ser, si deshilacho la cola de tu atavío.
No me acuses, alma, por raramente poseerte.
A todo pido perdón por no poder estar en todas partes.
A todos pido perdón por no saber ser cada uno y cada una.
Sé que, mientras viva, nada me justificará,
pues yo misma me soy óbice.
Asombro
¿Por qué en una demasiado única persona?
¿En esta y no en otra? ¿Y qué hago aquí?
¿En un día que es martes? ¿En una casa y no en un nido?
¿Dentro de una piel, no de unas escamas? ¿Con un rostro, no una hoja?
¿Por qué sólo una vez personalmente?
¿Precisamente en la tierra?
¿Bajo una pequeña estrella?
¿Después de tantas eras de ausencia?
¿Por todos los tiempos y todas las algas?
¿Por crustáceos y firmamentos?
¿Precisamente ahora? ¿Hasta mis carnes y huesos?
¿Sola en mí conmigo misma?
¿Por qué?
no al lado ni a cien millas de aquí,
no ayer ni hace cien años
me siento y miro hacía el oscuro rincón
-tal como, levantando súbitamente su morro-,
mira ese gruñir llamado perro?
El mono
Expulsado del paraíso antes que el hombre
por tener ojos tan contagiosos
que mirando por el jardín
hasta a los ángeles entristecía
de manera imprevista. Esta es la razón por la que
debió, aunque sin humilde acuerdo,
instalar aquí en la tierra
sus magníficos predios.
Saltarín, prénsil y atento,
mantiene su gracia hasta hoy
proveniente del terciario.
Adorado en el antiguo Egipto, bajo una corona
de pulgas en su magnífica melena sacra,
escuchaba triste y archicallado
lo que de él querían. Ay, inmortalidad.
Y se iba meneando su sonrosado culo
en señal de lo que no se recomienda ni se prohíbe.
En Europa le quitaron el alma,
pero por descuido le dejaron las manos;
y cierto monje pintando un santo
le dio manos angostas, animales.
Tuvo que tomar el santo, pues,
la gracia como una nuez.
Cálido como recién nacido,
tembloroso como anciano,
lo traían en barcos a las cortes reales.
Gemía arrastrando su cadenita de oro
en su frac de marqués de colores de loro.
¡Casandra!, no hay de qué reírse.
Comestible en China, sabemos que ya en la fuente
hace muecas hervidas o asadas.
Irónico como un diamante de engarce falso.
Dicen que tiene un sabor fino
su cerebro, al que algo falta,
pues no inventó la pólvora.
En los cuentos, solitario e inseguro,
llena los espejos de muecas infelices.
Se burla de sí mismo, dándonos buen ejemplo,
al conocernos bien, como un pariente pobre
aunque no nos saludamos.
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