La poesía del misterio

LA MUERTE TOMA LOS HABITOS Por P. D. James-(Sudamericana)-Trad.: Ernesto Montequín-480 páginas-($ 35)
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4 de mayo de 2003  

La última novela de P. D. James -un inesperado regalo para sus fans después de la publicación, a los ochenta años de la autora, de La edad de la franqueza (2000), su libro de memorias- tiene como escenario un rígido seminario anglicano en el paisaje inhóspito de la costa de East Anglia. Si la elección de una orden religiosa sorprende por lo que implica de audacia narrativa, por la dificultad técnica de representar un ámbito tan cerradamente varonil y anacrónico, es también una elección completamente coherente con la trayectoria de la autora, la culminación de una obra en que la aventura de los personajes es siempre la excusa para un planteo metafísico cargado de amargura y desesperada necesidad de respuestas. Como en todas las novelas de P. D. James, el contraste entre los sistemas precarios, levemente ridículos, de la cultura, y el espacio vasto incontrolado de la naturaleza refleja ya una visión del mundo y, en última instancia, de la propia literatura. Leemos novelas policiales porque en ellas se nos promete un orden donde calmar las heridas provocadas por el caos; leemos novelas policiales porque, aun cuando ya tampoco aseguren la justicia, al menos nos deparan el invalorable premio de la comprensión. En las novelas de P. D. James, el asesinato es el choque entre esos dos mundos: la irrupción, en un orden cerrado y confiado en su propia omnipotencia, del mal, y por el mal, del Misterio.

Continuadora de una tradición de novela policial "clásica" -a la que reivindica como "popular", en tanto su primer objetivo es proveer entretenimiento, y "femenina", en tanto los autores de "su edad de oro" fueron mujeres -, P. D. James se ha limitado a aplicar siempre la misma estructura, un esquema tan artificialmente literario que, como en el caso de La muerte toma los hábitos , sólo adquiere verosimilitud gracias a la formidable minucia con que la autora crea el universo cotidiano de los personajes. De esta estructura clásica, que reproduce la de Agata Christie, a P. D. James la seducen básicamente dos tramos, uno brevísimo y otro muy prolongado, que siempre ejecuta de manera memorable. El primer momento es el descubrimiento del cadáver, apenas una imagen pero capaz de perturbar como un signo o, por qué no, una obra de arte. En Muertes poco naturales (1994), un muerto de etiqueta flota en el fondo de un bote con las dos manos cortadas; en Con gusto a muerte (1984), un ministro y un mendigo aparecen degollados en el ámbito de una sacristía. En La muerte toma los hábitos ya el primer capítulo nos describe, a través de la voz dolida de una enfermera que ha perdido a un hijo, a un joven seminarista sepultado bajo un túmulo de arena en la tempestuosa playa; la anciana cava con la irracional urgencia de salvarlo y, al mismo tiempo, con la extraña sensación de estar violando a la víctima y, a la vez, esculpiéndola. El segundo y largo tramo es el de los interrogatorios, que seduce a P. D. James por "los riquísimos efectos de la presión a la que son sometidos los sospechosos", por lo que éstos se ven obligados a admitir de sí mismos, y por la comprensión de que sus razones privadas son, también, de interés público, en fin, políticas. En este sentido, en La muerte toma los hábitos descuella el personaje de un traficante de armas, padre adoptivo de la víctima, de cuya vileza el hijo quiso escapar con su ambiguo misticismo.

Sobre la estructura tradicional, y liberada por el éxito arrasador de Sangre inocente (1980), P. D. James fue permitiéndose algunas innovaciones formales, como la inclusión de un largo libro preliminar -presente en Muerte de un forense (1991) y en su obra maestra, Cierta clase de justicia (1999)- donde se presenta por separado a los personajes, asentando la desoladora convicción de que, al menos en la sociedad inglesa, todos tienen razones sobradas para matar, que las razones para no hacerlo son, en la mayoría de los casos, la debilidad y la conveniencia, y que es muchas veces fortuito el hecho de que uno, y no otro, "pase al acto". Por otro lado, como en La muerte toma los hábitos , el primer crimen se complementa con un segundo asesinato aún más aterrador, realizado en pleno curso de la investigación, lo que duplica la tensión y sugiere que el mal, precisamente por ser irracional, suele ser mucho más efectivo que la razón detectivesca. En todos los casos, uno no sabe qué admirar más: si la seguridad de la prosa, el rigor intelectual, ecuánimemente despiadado, la construcción de la trama o el virtuoso manejo del punto de vista, eje del suspenso y del género desde su fundación.

Pero la verdadera exploración de P. D. James se da en planos menos visibles y consiste, básicamente, en lograr que los diques de este género "popular" canalicen, aggiornándolos , los grandes planteos de la literatura inglesa de todos los tiempos. A tal fin, P. D. James trabaja dos tipos de narraciones, uno más grotesco y sombríamente humorístico protagonizado por la joven e inexperta detective Cordelia Gray, vinculado con la tradición gótica y, en nuestro tiempo, con la obra de autores como Angela Carter. Y en segundo lugar, la larga serie de relatos protagonizados por Adam Dalgliesh, el detective poeta que recuerda a la vez a John Donne y a Graham Greene, y cuya visión del mal y del crimen ha sido profundamente afectada por la vivencia de la Segunda Guerra Mundial -de ahí que muchos de los asesinos de P. D. James sean familiares de víctimas de las masacres colectivas, o sobrevivientes atormentados por la constante memoria del horror, o seres comunes resignados a hacer justicia por mano propia-. Típica representante de una generación destrozada por los poderes políticos, P. D. James no adhiere, como las ingenuas autoras de la "edad de oro", a ninguna política conservadora; pero es, como Dalgliesh, tan escéptica respecto de las posibilidades de cambio, tiene una visión tan desolada y fatalista del corazón del hombre que el simple logro de una casa y de un trabajo, vale decir, de la literatura, le parecen una gran conquista que justifica una vida.

Desde su última casa al borde del abismo, en medio del mundo despiadado y cada vez más incomprensible, P. D. James emplea su última y conmovedora novela para señalar el Misterio como única fuente de humildad, de salvación, de poesía.

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