La reina del surrealismo
La vizcondesa Marie-Laure de Noailles fue una activa patrona de las artes entre 1930 y 1970. Su fortuna era tan fabulosa como sus orígenes: descendía del marqués de Sade. Desprejuiciada, ávida de novedades y de escándalo, financió La Edad de oro, de Luis Buñuel, lo que casi le valió la exclusión social
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Cuando no se tiene suficiente talento para convertirse en un genio recordado por la grandeza de sus obras, la inmortalidad a veces es una cuestión de cercanía con los grandes hombres. Los nombres a menudo desconocidos de quienes inspiraron a las grandes personalidades, de quienes las ayudaron o las atormentaron surgen imprevistamente cuando uno lee biografías de celebridades o cuando se recorre una exposición y se ve el retrato de una mujer imponente y enigmática; entonces esas figuras menores son rescatadas del olvido como satélites arrastrados por la fuerza de un planeta. Ese es el caso de la vizcondesa Marie-Laure de Noailles, la mujer que hizo posible la realización de una obra maestra de la cinematografía mundial, La Edad de oro , de Buñuel.
Este año el director español es objeto de homenajes en todo el mundo en ocasión del centenario de su nacimiento. En la actualidad se proyecta en la Argentina un ciclo de películas del realizador mientras, en Nueva York, el Museo de Arte Moderno le dedica una retrospectiva en la que se verán treinta y dos de sus películas, desde El perro andaluz hasta Ese oscuro objeto del deseo , y una muestra sobre la vida, la obra y las personas relacionadas con el cineasta. En esa exhibición, no podía faltar la mención de Marie-Laure de Noailles.
Hoy, la vizcondesa es casi desconocida para el público. Aunque en varias oportunidades las casas de edición francesas hablaron de encargar una biografía de ella, esos proyectos nunca se realizaron. La evocación más completa de esa mujer inquieta, simpática, arbitraria y tierna a la vez es la que hizo el escritor norteamericano James Lord en Six Exceptional Women (ed. Farrar Straus Giroux).
Marie-Laure de Noailles fue una de las personalidades más activas en el mundo cultural europeo de entreguerras. En su palaciega residencia parisiense, recibió a la flor y nata del surrealismo e impulsó numerosos proyectos artísticos que solventó económicamente y que tiñó con la malicia y la causticidad de su espíritu. Mencionar a sus huéspedes sería como hacer una lista de los artistas y los aristócratas más conspicuos de la primera mitad del siglo XX.
Una estirpe blasfema
La sangre de Marie-Laure tenía un prestigio literario y heráldico innegable. Descendía del marqués de Sade y, por si fuera poco, su abuela materna era la condesa de Chevigné, de la que Proust estuvo loca y platónicamente enamorado y en la que se inspiró para crear el personaje de la duquesa de Guermantes. Bella y muy racée pero pobre, la condesa pensó en redorar sus blasones casando a su hermosa hija Marie-Thérése con un hombre adinerado. Tuvo suerte: logró unirla a Maurice Bischoffsheim, retoño de una familia de banqueros judíos fabulosamente ricos. De esa unión nació, el 31 de octubre de 1902, Marie-Laure.
Lamentablemente, la niña se parecía físicamente a los Bischoffsheim, pero habría de desarrollar el espíritu corrosivo de los Sade. El joven Maurice tuvo la prudencia, o la elegancia, de morir en plena juventud, a los 28 años. Dejó su inmensa fortuna a una pequeña de dieciocho meses, de salud frágil.
Desde la niñez, la curiosidad intelectual fue uno de los rasgos más marcados de Marie-Laure. Creció rodeada de obras de arte de los grandes maestros. Tenía dinero y, por lo tanto, empezó a coleccionar desde muy chica. Aún adolescente, se hizo amiga de Jean Cocteau, que estaba encantado de contar con el apoyo de una joven tan rica. Los dos se llevaban tan bien que ella llegó a pensar en el matrimonio, pero el poeta prefería para sus amores otras compañías. La madre de Marie-Laure había vuelto a casarse. Ya asegurada la fortuna familiar, la buena señora eligió como esposo al dramaturgo Francis de Croisset. Cuando su hija llegó, a su vez, a la edad de contraer matrimonio, le buscó un candidato noble y rico. Apareció entonces un joven aristócrata: el vizconde Charles de Noailles, descendiente de uno de las familias de mejor linaje de Francia.
Charles de Noailles era un hombre formal, pero en contacto con su esposa, adoptó un tono más libre y los gustos vanguardistas de su mujer, cuyo retrato, por ejemplo, le encargó a Picasso. En el viaje de bodas, la pareja hizo un crucero por el Caribe. Cuando llegaron a La Habana, la apasionada vizcondesa no se dignó bajar del barco porque no quería interrumpir la lectura de la Introducción al psicoanálisis de Freud.
Cuando nacieron Laure y Nathalie, las dos hijas de los Noailles, el matrimonio se instaló en una mansión de la Place des Etats-Unis. El lujo de la residencia dejaba sin aliento a todos los que ingresaban en ella. Además, le encargaron al arquitecto Mallet-Stevens la construcción de una villa de estilo vanguardista en Hyéres, en el sur de Francia. El arreglo de esta villa , que tenía cuarenta habitaciones, gimnasio, piscina y salón de peluquería, fue un bálsamo económico para la colonia artística de esa época. Los Noailles les encargaron pinturas y esculturas a artistas como Giacometti, Lipchitz y Zadkine.
Lujo y revolución
Hyéres se convirtió en la fortaleza estival del movimiento surrealista. La liberación del inconsciente, promovida por los surrealistas, era un motivo excelente para producir situaciones escandalosas, para provocar, para divertirse. Y los Noailles adoraban divertirse. Marie-Laure y Charles representaban todo lo que los surrealistas decían combatir: el buen tono, la aristocracia, la explotacion económica. Pero, ¿qué surrealista podía resistirse a la fortuna de los Noailles, a sus encargos generosos, a la hospitalidad propia de monarcas reinantes más que de nobles? Ninguno intentó luchar contra ese canto de sirenas.Los surrealistas tomaron Hiéres y la fabulosa mansión de la Place des Etats Unis como sedes para denunciar el orden existente. Marie-Laure le compró obra a Max Ernst y a Dalí, pagó ediciones de poetas, deudas, ropa. En suma, derramó su inagotable fortuna sobre sus amigos.
En 1928, Luis Buñuel y Salvador Dalí habían filmado El perro andaluz , hoy un clásico de la cinematografía, pero en aquella época una obra que había deleitado a los surrealistas y producido rechazo en el público. Buñuel necesitaba dinero para otro film destinado a sorprender a los espectadores, La Edad de oro . Era la época de la depresión. La catástrofe de Wall Street de 1929 había diseminado la pobreza en todo el mundo, salvo en Hyéres. Charles de Noailles escuchó encantado el pedido de Buñuel, que necesitaba un millón de francos para realizar su proyecto. El vizconde le hizo sentir al creador que consideraba un honor financiar esa película.
El estreno en privado de La Edad de oro se realizó en el salón de baile de la Place des Etats-Unis, cuyas molduras doradas y espejos habían pertenecido originariamente a un palacio siciliano y habían sido trasladados pieza por pieza a París. Ese espacio había sido acondicionado para proyectar films. La exhibición de la obra de Buñuel deslumbró a los surrealistas, pero causó inquietud en Charles de Noailles y en los invitados nobles. Era una película blasfema, inspirada por la figura del marqués de Sade. La premiére para el público común en una sala de circuito se convirtió en un escándalo. Un grupo de fascistas echó bombas de olor, rompió los asientos y tajeó con navajazos las pinturas surrealistas que se exhibían en el hall del cine. La película fue retirada una semana después del estreno y las copias fueron confiscadas.
Estafa sentimental
ParaCharles de Noailles, lo más grave fue que sus pares de la nobleza francesa lo evitaron, más aún, se le sugirió que nunca más apareciera por el Jockey Club, santuario de la aristocracia. Se llegó a hablar de que podía ser excomulgado. A partir de entonces, Marie-Laure y su marido separaron sus caminos, aunque siguieron conviviendo y jamás se divorciaron. El vizconde, que se consagró a la jardinería, a frecuentar a sus amigos nobles y a la educación de sus hijas, se apartó del círculo surrealista y trató de reintegrarse en su clase. De todos modos, su círculo íntimo estuvo integrado hasta la muerte por un séquito de apuestos secretarios y chauffeurs, que a veces desaparecían arrebatados por otros nobles señores, de gustos parecidos a los del vizconde.
El escándalo de La Edad de oro , que había devuelto la prudencia a Charles, fue para su esposa el hito que marcó su liberación de las convenciones. Creyó ver en el atractivo músico Igor Markevitch a un nuevo Stravinsky y se dispuso a apoyar su carrera de compositor. El joven Igor fue una decepción para todos. Como compositor ni siquiera alcanzó el calificativo de mediocre y como director de orquesta era uno de tantos. En cambio, como seductor tuvo una trayectoria notable. Embarazó a la vizcondesa, que optó por abortar. El escándalo fue considerable. En cierta oportunidad, Marie-Laure entregó al músico un cheque por una suma importante. El astuto muchacho observó que, por la manera en que su protectora había escrito los números, él podía agregar tres ceros sin que nadie se diera cuenta. Lo hizo. El resultado fue una medida que pondría límites a los extravíos de la vizcondesa: su familia le fijó una mensualidad y no le permitió tener libre acceso a toda la fortuna.
Habituada a tratar con los grandes creadores, Marie-Laure pensó que quizá algo de toda esa grandeza se le había contagiado. Escribió un libro de cuentos, Diez años sobre la tierra , y después se consagró a la pintura. Tenía cierto talento y habría llegado a ser una buena pintora, si hubiera sido disciplinada y aceptado las críticas que nadie se atrevía a dirigirle.
Durante la Ocupación, Marie-Laure siguió recibiendo en su casa a la elite social y artística, a la que se sumaron algunos oficiales nazis emparentados con aristócratas franceses. La vizcondesa se enamoró de uno de esos ejemplares de la raza aria pura y tuvo un affaire con él. Ese hecho habría condenado a la humillación pública a cualquier mujer, años después, durante la Liberación y la Depuración, pero ella se salvó de ese destino, protegida por su escudo de oro. Se salvó hasta de la Gestapo que, una noche, llegó a la casa de los Noailles, mientras Marie-Laure dormía. Como era descendiente de judíos, se le aplicaban las leyes raciales y podría haber terminado en un campo de concentración. Afortunadamente, su marido había tomado precauciones y reunido documentación que probaba la "pureza" racial de su esposa. La legislación de Nuremberg liberaba de toda persecución a una mujer como la vizcondesa que tenía tan sólo un cuarto de sangre judía (su padre era hijo de una pareja racial mixta) y estaba casada con un ario. De todos modos, la Gestapo llegó hasta la casa de los Noailles, entonces el vizconde y sus hijas exhibieron la documentación reunida y los nazis se retiraron cohibidos, impresionados por el palacio. Marie-Laure se enteró a la mañana siguiente del asunto.
Un eximio falsificador
Una de las personas que la vizcondesa más amó fue el pintor Oscar Domínguez, cuyos excesos y desvaríos soportó con una tolerancia asombrosa. Domínguez se comparaba todo el tiempo con Picasso, pero sabía que la mera comparación era un despropósito: ni siquiera sus amigos lo consideraban un buen pintor. En cambio, era un excelente copista. Esa habilidad le deparó una gran sorpresa a Marie-Laure, cuando, en cierta oportunidad, resolvió vender uno de sus Picassos y le encargó a James Lord que actuara de intermediario. Este visitó a un marchand muy conocido, quien le reveló que ese cuadro era una copia, pues el original ya le había sido vendido por Domínguez. La vizcondesa descubrió entonces que, durante años, Oscar había copiado cuadros de la colección de los Noailles, descolgado los originales, colgado las copias y vendido las telas verdaderas. No mucho tiempo después, el pintor se suicidó. Esa muerte fue uno de los grandes dolores de la vizcondesa.
Con los años, Marie-Laure se había convertido en una figura legendaria. La vanguardia de los años 60 ya no la atraía tanto, aunque hospedaba en su casa a artistas de las nuevas generaciones como el músico norteamericano Ned Rorem. Hastiada, excéntrica, demasiado confiada en su fortuna y su prestigio, la vizcondesa se había abandonado físicamente, no se tomaba molestias en ocultar su temprana decadencia ni en disimular su fealdad. Se creía más allá de todo, inatacable. Pero empezó a perder su maravilloso olfato para la novedad. Se dejó engordar y empezó a vestirse con ropa que compraba en los mercados del sur de Francia. ¡Tan luego ella, acostumbrada a que Chanel en persona se desplazara para probarle la ropa! En suma, había envejecido.
La noche del 28 de junio de 1970, en el imponente palacio de la Place des Etats Unis resonaron por última vez los gritos de la vizcondesa: "¡No quiero morir! ¡No quiero morir!" Un ataque redujo en pocas horas su espíritu rebelde. Fue quizá la única oportunidad en que los deseos de Marie-Laure no fueron satisfechos. Al día siguiente, moría. Como si fueran espejos destinados a reflejarla por la eternidad, la sobrevivían los retratos que le habían hecho Picasso, Balthus, Dalí, Christian Bérard, Marie-Laurencin y Alberto Giacometti. Aun para los que jamás la conocieron, esas imágenes encierran un tesoro inestimable: la huella que esa mujer, hoy casi desconocida, dejó en los más grandes artistas del siglo.




