
La revolución de la danza
Rudolf Laban es el representante más destacado del baile en Ascona
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Rudolf Laban es el representante más destacado del baile en Ascona. Era hijo de un alto oficial prusiano y había recibido una educación militar que lo ayudó a crear coreografías con grandes movimientos de masas. Alto, buen mozo, resultaba tan seductor para las mujeres como Otto Gross, pero sólo provocó una tragedia. Tuvo varios hijos con distintas mujeres. A ninguna le prometió fidelidad, a todas les advirtió que no se haría cargo de los eventuales hijos que pudieran tener. Uno de esos hijos, llegado a la madurez, se suicidó cuando no logró ser reconocido por el padre y Laban, por una vez en su vida, quedó seriamente perturbado.
Para Laban el teatro y, sobre todo la danza, debía ser "un festival saludable de alegría en la clara luz del sol, sin pretensiones ni trampas". Era un hombre de una terrible disciplina que manejaba a los miembros de sus cuerpos de baile como si fueran soldados. Sus obras estaban destinadas a ser interpretadas fuera del teatro, en escenarios naturales, frente al lago Maggiore, por ejemplo. En 1913 se instaló en Ascona y creó una comunidad agraria consagrada a la danza. Para él, el baile tenía un espíritu femenino y estaba consagrado sobre todo a la exaltación de la Tierra Madre. La potencia de sus creaciones y su fuerte personalidad atrajeron a otras figuras de la danza de la época como Suzanne Perrottet, que lo ayudó a crear un sistema de notación coreográfica, y Mary Wigman, quizá su principal discípula. Además, por cierto, eran sus amantes. Wigman produjo una obra notable, La bruja , de inspiración feminista y relacionada con el espíritu demoníaco de la Tierra. Creía que en toda mujer había algo de bruja. Bastaba bailar un poco para recuperar la fuerza primitiva y convertirse en una posesa, mitad humana, mitad animal. Se sentía atraída por el paisaje de Ascona y, así, todos los días, interpretaba el paisaje bailando y ofrecía esas danzas a las montañas.



