
La traviesa chispa de lo insólito
1 minuto de lectura'
<b> La cámara oscura <br></br> Por Angélica Gorodischer </b>
Diecisiete cuentos -algunos ya publicados- componen La cámara oscura . En ellos, Angélica Gorodischer demuestra igual soltura para manejarse tanto en el terreno del más crudo realismo como en las dimensiones de lo fantástico o del absurdo. Además, se hace presente su reconocida sensibilidad para insuflar voz y psiquis verosímiles a toda clase de personajes, aun a los más extravagantes.
Una de las secciones del volumen agrupa tres relatos dedicados a la crónica familiar y a las abuelas de otros tiempos. Uno, el que da nombre al libro, está narrado por el nieto; su escenario corresponde al de la colectividad judía rural y opone el mundo de las mujeres al de los hombres. La "cámara oscura" del título funciona como una metáfora sobre el misterio del alma femenina. En "Jacoba, viento y escoba", una nieta ofrece un cariñoso retrato de su abuela indígena, y "Acá en Rosario y allá en el Sur" describe con minuciosidad las arduas labores domésticas y maternales de otras dos estoicas matriarcas.
Muy diferente es la muchacha de "El beguén", que asume la culpa de una muerte para salvar a su novio de la cárcel. Como éste deja de visitarla, al salir de prisión decide vengarse. "La sangre de los dioses" continúa el clima policial a través de un homicida que odia a su ex esposa y cree que, al asesinar a una desconocida "sintiendo que la mataba a ella", se librará de su odio y alejará sospechas.
"Plectro" funde lectora y lectura en una sola sensación, y "Otrora" recrea el enigmático universo interior de una anciana analfabeta. En "La perfecta casada" lo maravilloso irrumpe en lo cotidiano por el simple acto de abrir puertas hacia geografías insospechadas. La protagonista toma con naturalidad estas excursiones que también estimulan sus impulsos agresivos y desahogan el lado siniestro de su personalidad.
"Propósitos matinales bajo las frondas" constituye un repaso alocado de la historia de la humanidad en clave humorística. Una lógica disparatada guía al mecánico de "Francisco" que, trastornado por la soledad y la lectura de Rabelais y los doce tomos de una enciclopedia, censa una delirante población de Franciscos (Bacon, Poulenc, Goya, Villon, Villa, Sinatra y Kafka, entre otros). Mientras que aquí la autora de La noche del inocente impulsa un fino tejido asociativo, en "Las luces del puerto de Waalwijk vistas desde el otro lado del mar" inventa su propia leyenda del barco fantasma: "Nadie supo jamás si llegó al puerto en ese estado o si se fantasmizó una vez en la rada".
En algunos cuentos predomina una estructura desarticulada, donde parece que no hay interés en presentar un argumento bien redondeado. Sin embargo, estos textos también se sostienen gracias al poder de un lenguaje que se manifiesta con la misma eficacia en diversos planos: desde el refinamiento poético hasta los diferentes registros del habla popular. El ritmo invita a leer en voz alta, y la traviesa chispa de lo insólito propone incesantes juegos a la imaginación. Gorodischer los despliega por medio de un arte narrativo que parece identificarse con la definición dada en un fragmento del libro: "El cuento es una cinta, el cuento es una serpiente, un reguero, un laberinto: apenas una se descuida que ya la tiene rodeada y la inunda".



