
La última oportunidad
Jeremy Rifkin apela al valor de la empatía como una manera de hacer frente a las crisis planetarias. El pensador norteamericano encuentra allí una ocasión definitiva para sortear consecuencias que de lo contrario serían catastróficas
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<b> La civilización empática <br></br> Por Jeremy Rifkin <br></br></b>
Los años noventa no marcaron el fin de la historia como quería Francis Fukuyama, ni el posmodernismo el fin de los grandes relatos. Si hacía falta otra demostración, aquí está el último libro de Jeremy Rifkin, que propone un nuevo modo de entender la historia de la humanidad, a contrapelo del discurso dominante de la reciente década infame, el neoliberalismo, basado en el supuesto de que el egoísmo guía nuestras acciones. La fuerza que ha dado dinamismo a la historia no es el interés propio sino la compasión, la capacidad de ponernos en el lugar del otro, de sentir sus pesares y festejar sus alegrías: ésa es la tesis -la apuesta, la esperanza- de La civilización empática . La carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis.
"Esta nueva forma de contemplar la naturaleza humana abre la puerta a una narración que no se ha contado hasta ahora", explica Rifkin, profesor de la Wharton School de la Universidad de Pensilvania, asesor de gobiernos y autor de una veintena de libros que marcaron tendencia, como El siglo de la biotecnología , El fin del trabajo y La economía del hidrógeno . La ambiciosa promesa de La civilización empática es, explícitamente, revisar el pasado desde una nueva perspectiva, con ojos que "revelan la dramática historia del desarrollo de la empatía humana desde nuestro pasado mitológico hasta la incipiente conciencia humana dramatúrgica del siglo XXI".
Ahora bien, no se trata de un relato desinteresado. Porque generosidad es, precisamente, lo que el presente exige para que la humanidad pueda salvarse del apocalipsis ecológico. La contracara de la empatía es la entropía: el consumo de energía de la especie humana ha alcanzado niveles insostenibles para el planeta. Si no cambiamos nuestro modo de vivir, las consecuencias serán catastróficas. Entonces, no es tanto que seamos empáticos como que necesitemos serlo. Y de manera urgente: por eso el subtítulo del texto incluye la palabra "carrera" ( race ).
Este segundo aspecto sitúa el libro de Rifkin en otro grupo de obras en auge: las que intentan responder a dos crisis que se sienten muy agudamente en Estados Unidos. Nos referimos al problema del calentamiento global, grave en un país altamente dependiente del petróleo, y a la declinación de su liderazgo frente al avance irrefrenable de China. Tres secciones marcan las fases argumentativas de la propuesta de Rifkin, que oscila entre descripción y prescripción. La primera revisa trabajos científicos que sostienen que, en lugar de ser agresivos y competitivos, somos "una especie fundamentalmente empática". Apoyándose en nuevas teorías como la del apego, que rescata el "instinto social" de Darwin y descarta a Freud, Rifkin nos da nueva vida al denominarnos homo empathicus .
En la segunda parte, acomete la reescritura de la historia, desde las civilizaciones teológicas de la Antigüedad, pasando por Roma, la Edad Media, el Renacimiento, el surgimiento de la economía de mercado, hasta las etapas "existencialista" y "posmoderna". El recorrido, de más de 200 páginas, es tributario de innumerables autores, entre los que sobresale el gurú de los medios Marshall McLuhan. Porque la historia que escribe Rifkin tiene dos ejes de cambio: el uso de la energía y los medios de comunicación. La cercanía a McLuhan se hace notable en una casi cita con que Rifkin caracteriza el presente, tema de la tercera sección. Referencia que podríamos calificar de plagio, si por lo reconocible no resultara un homenaje: "Al extender el sistema nervioso central de cada individuo y del conjunto de la sociedad, las revoluciones de las comunicaciones proporcionan un terreno de juego cada vez más inclusivo para que se desarrolle la empatía y se expanda la conciencia".
Rifkin habla de una tercera revolución industrial y del surgimiento de la Edad de la Empatía, que ha superado a la Edad de la Razón. Así como Internet con sus infinitas posibilidades de interconexión es una de las claves de esta nueva etapa, las redes de energía son el otro pilar tecnológico. Rifkin habla de los combustibles fósiles y la tecnología nuclear como de energías "elitistas", a las que contrapone las "energías renovables distributivas": la "geopolítica" del pasado podría -debería- ser reemplazada por una "política de la biosfera".
Suena bien. Con un uso de la retórica que ronda lo publicitario, Rifkin habla de un "capitalismo distributivo" y de la "sabiduría de las multitudes", cuestiones que ejemplifica con el caso de la minera canadiense Goldcorp, que hizo un concurso por Internet para buscar nuevos yacimientos en el territorio que controla, con brillantes resultados para la minera. Más simpáticas aunque igualmente centradas en el Norte son sus referencias a las tecnologías peer-to-peer y los casos de Wikipedia y Linux. Con lo que supone de impulso a la renovación tecnológica para los países desarrollados, no sorprende que sus ideas sean seriamente consideradas por el Parlamento Europeo, ni que Rifkin sea líder del Third Industrial Revolution Global CEO Business Roundtable, una cámara de más de cien compañías de energías renovables, firmas de arquitectura, empresas constructoras, inmobiliarias, de transporte y servicios.
La nueva revolución, nos dice Rifkin con sus palabras y sus asociaciones, estará liderada por las empresas de los países centrales. Es el público al que se dirige, aquellos a quienes quiere convencer, podría argumentarse: los líderes mundiales, los que deciden. También es cierto que son más o menos los mismos que dirigieron el mundo durante la presuntamente declinante Edad de la Razón. Cuesta creer que estos actores puedan traer los cambios radicales que, en el diagnóstico de Rifkin, los tiempos demandan.
© LA NACION
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