La vena crítica de Gregorio Klimovsky
SAN CARLOS DE BARILOCHE.- "Ni la filosofía ni la ciencia son inofensivas. De sus errores y de sus faltas de rigor surgieron después disparates teóricos como el racismo y catástrofes como el aniquilamiento." El epistemólogo Gregorio Klimovsky, como se puede apreciar, no se maneja con eufemismos. Fue uno de los primeros oradores en la jornada inaugural del Tercer Coloquio Bariloche de Filosofía que se realiza en esta ciudad y, como para romper el hielo, planteó de entrada y sin demasiadas vueltas la existencia de una "actitud de tirria" contra la ciencia por parte de la filosofía.
"¿No habrá algo de envidia escondida -disparó- ante los innegables triunfos de la investigación científica, frente al trabajo del filósofo, que se mueve siempre en un terreno más controvertible?"
Juntas y separadas
La pregunta, casi una provocación, fue parte de un planteo con el que Klimovsky se propuso trazar las líneas de cruce entre ambas actividades. Influencias y puntos de contacto que dieron lugar a una relación, muchas veces anclada en la competencia, pero siempre simbiótica: gran parte de los avances de una tuvo su origen remoto en especulaciones iniciales de la otra. A modo de ejemplo, rescata dos de las más grandes revoluciones científicas de la historia, la teoría atómica de Dalton -cuyo sustrato filosófico se remonta al siglo V antes de Cristo, con Demócrito- y la teoría de la relatividad, de Einstein.
¿Cómo se les ocurrió, de dónde surgió esa idea inicial? "Cuenta Einstein -relató Klimovsky, en diálogo con La Nación- que en la época en que él era empleado en la oficina de patentes de Berna se hizo amigo de otros dos empleados, estudiantes de física y matemática, con los que hizo un seminario semanal en el que leyeron, entre otras cosas, toda la «Crítica de la razón pura+, de Kant." El mismo Einstein admite que todas esas discusiones fueron muy provechosas, porque él llegó a una serie de replanteos básicos acerca de las nociones elementales intuitivas que antes estaba poco dispuesto a discutir -por ejemplo, la noción de simultaneidad- y ése finalmente fue el camino por el que llegó a la teoría de la relatividad.
Cuando filosofía y ciencia pudieron trabajar reconociéndose mutuamente, la humanidad avanzó con ellas. Cuando trabajaron sin mirarse, los riesgos siempre estuvieron al acecho.
¿Por qué es necesario todavía hoy abordar el tema de la competencia entre ciencia y filosofía? "Las tareas respectivas de cada uno de estos campos son distintas -explicó- y no tendría por qué haber competencia. Lo que ocurre es que a veces se superponen los resultados. De todos modos, no me imagino a un filósofo que trabaje al margen de las conclusiones más importantes de la ciencia contemporánea." Correría el riesgo, por ejemplo, de seguir especulando sobre la cosmología racional -"como ocurre todavía en algunas facultades", acota- cuando los astrónomos ya determinaron la magnitud del universo, su geometría, descubrieron que tiene curvatura y reformularon las concepciones sobre el espacio y el tiempo.
Dudas y temores
"Del mismo modo, le temo mucho al científico que no se ajusta a las exigencias filosóficas para justificar lo que hace. Los resultados de una teoría científica no justificada metodológicamente pueden ser terribles para la humanidad." El ejemplo más radical en este punto es el de las tesis sobre la existencia de razas superiores e inferiores (Gobineau, Chamberlain) que fueron algunas de las fuentes de las que bebió después el nazismo. De haber sometido esas teorías -hijas de la intuición y de simpatías personales, y no de argumentaciones rigurosas- al filtro de la fundamentación teórica, tal vez otra hubiera sido la historia.
Durante el último siglo, los Estados Unidos también fueron prolíficos a la hora de buscarle una justificación teórica a la esclavitud y, aun ahora, señala Klimovsky, hay universidades, desde luego no las más importantes, en las que se trabaja sobre la tesis de que los negros son menos inteligentes que los blancos. "De todos modos, no es cuestión de creer que éstos son sólo riesgos del pasado.
"El divorcio entre ciencia y filosofía se pone en juego también en relación con modelos económicos, con proyectos nacionales, con crisis socioeconómicas. Porque, aunque nadie lo dice, el problema con muchas de la teorías económicas de hoy es que tienen escasas variables para fundamentarse, y faltan justamente algunas que tienen que ver con la dimensión humana.
"Por ejemplo, una adecuada crítica filosófica desnudaría completamente las limitaciones y las inconveniencias para el bienestar humano que se esconden detrás de muchos de estos modelos económicos en vigor."
Falta invertir en ciencia
SAN CARLOS DE BARILOCHE.- Ni sofisticaciones ni lujos sólo a medida de las grandes potencias. A la hora de pensar la situación de la ciencia en la Argentina, Klimovsky se para en un pragmatismo que hace pensar en las urgencias de la sobrevivencia: "Ningún país puede desconocer que en el desarrollo tecnológico y científico se juega gran parte de sus posibilidades de crecimiento". Aunque la salida de Liotta de la Secretaría de Ciencia y Tecnología le devolvió algún optimismo -"eso sí que fue una revolución científica", ironiza-, Klimovsky no ignora que las dificultades aprietan allí donde entran a tallar los números. "Si continúan las restricciones presupuestarias, si se siguen suprimiendo organismos de investigación y a los existentes se les cortan las alas -el caso del Conicet es alarmante-, es difícil prever cómo van a terminar las cosas. Confío en Juan Carlos Del Bello, pero la decisión de invertir en ciencia tiene que venir del Gobierno." ¿En qué medida las investigaciones privadas pueden cubrir el hueco? "Los departamentos de investigación que hay en las empresas tienen una producción que, aunque importante, es estrecha, sesgada, naturalmente. El Estado no puede descansar en eso, tiene que hacerse cargo del desarrollo de las ciencias básicas y esto es responsabilidad de los organismos nacionales, la Universidad, el Conicet, el INTA, el INTI, la Comisión de Energía Atómica. El Estado no puede renunciar."





