
La viveza criolla, uno de los grandes males
Para el poeta, la dirigencia del siglo XIX era la clase culta del país; piensa quehoy hemos cambiado París por Disneyworld
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Había una vez un país optimista donde las palabras más reiteradas en artículos periodísticos, libros y discursos oficiales eran futuro, destino y porvenir. Haber nacido en ese país era un privilegio, que justificaba la cuota de vanidad y orgullo que caracterizaba a su sociedad.
No es éste el comienzo de un cuento de ficción. Así pintó el poeta Horacio Salas en su libro "El Centenario" (Planeta) a la Argentina de 1910, cuando la República celebraba sus 100 años de vida. Y sería oportuno preguntarse hoy qué ocurrió con aquel país henchido de orgullo y qué fue del optimismo de su sociedad.
-¿Qué pasó desde comienzos del siglo XX con la construcción de un proyecto viable de país?
-Fue el proyecto de los años 80 el que permitió hacer el país como lo conocemos. Y funcionó en tanto se mantuvo nuestra relación con el imperio británico. Cuando después de la revolución de 1930 se intentó revivir el proyecto del 80 no se advirtió que el contexto histórico y social había cambiado. A lo largo del tiempo, haciendo un paréntesis en el gobierno peronista que fue otro proyecto de país, se intentó siempre revivir económicamente, no socialmente, el proyecto del 80. Pasó con la Revolución Libertadora, con Onganía, con Martínez de Hoz y con Menem. La idea es siempre una dependencia, sin un proyecto real de país. Algunos se aferran a un pasado de gloria. Ahora en lugar de mirar hacia el pasado miramos hacia Miami, que es nuestra Meca. Una de las pruebas más fehacientes de la decadencia argentina es que cambiamos París, como centro de la cultura, por Disneyworld.
-¿Cuáles son los principales obstáculos que traban la construcción de un modelo de nación?
-Lo que está más claro es que la clase política argentina está pensando el país de hace 24 horas. Es absolutamente incapaz de mirar a mediano plazo. Desde hace años las circunstancias obligan a tapar agujeros todo el tiempo. Nadie se atreve a mirar hacia adelante. La pelea entre Gobierno y oposición, sea cual fuere el color político, está derrotando a los argentinos. En lugar de pensar en construir un país que está al borde del abismo, se pelean por sacar rédito político. Es dramático. Así es imposible pensar en un proyecto cultural de país. Por otra parte, hay que recordar que la dirigencia política del siglo XIX era la clase culta de este país.
-¿Cuál es la dimensión más grave de la crisis argentina?
-Es total. No creo que haya un solo aspecto a salvo porque la corrupción es contagiosa. En definitiva, se traduce como una crisis moral. En 1932, Borges decía que para un argentino es mejor ser vivo que ser moral y que la viveza criolla es uno de los grandes males argentinos. Llevada al extremo, esa viveza es la corrupción, la ineficiencia, la falta de capacidad para ocupar un cargo público. Parece que en la Argentina uno de los problemas más graves es que nadie está a gusto donde está y eso es una especie de locura. Hasta Menem, cuando era presidente, hubiera querido ser emperador.
-¿Cómo debería darse la transformación cultural para que la Argentina amanezca de la crisis?
-No hay otra salida que la educación. Hay que plantear una nueva educación desde el jardín de infantes hasta la Universidad. Tenemos una Universidad lamentable y un colegio secundario pésimo, regido por el facilismo, donde los chicos tienen que aprobar a cualquier precio aunque no aprendan nada. En el siglo XIX, Sarmiento lo vio claro. Hoy es más difícil porque estamos acribillados por las producciones que desde la televisión llegan desde Estados Unidos. En la Argentina hija de la inmigración aparecieron tipos de distinta extracción e idelogía como Scalabrini Ortiz, Martínez Estrada, Jauretche, Mallea, Manzi, que fueron increíbles, pensaban el país y se anticipaban a imaginarlo. A lo mejor lo hacían desde un sótano como la gente de Forja, o desde un escritorio de empleado de correos, como Martínez Estrada. También Borges y Marechal pensaron el país, aunque de distintas maneras. Hoy hay gente que lo hace, pero sin posibilidades de llegar a la gente.
-En la despolitizada sociedad mundial, ¿la respuesta vendrá desde las organizaciones civiles?
-Sí, no creo que exista otra salida y será a través de los jóvenes. El problema será la formación de esos jóvenes. La salida es difícil. Como toda cuestión cultural es un problema de imaginación. De pronto, quizás aparezcan cinco personas que comiencen a pensar el país y las cosas empiecen a funcionar. En la historia del mundo, tanto a derecha como a izquierda, siempre fue un grupo pequeño el que empezó y luego otros se unieron.
-¿Hay una política cultural?
-No. Aunque la producción cultural es buena. En el Fondo de las Artes veo a artistas buenísimos que están tratando de abrirse camino. Pero estamos perdiendo nuestra literatura con editoriales en manos extranjeras y nuestra música con grabadoras que vienen de los Estados Unidos. Cada vez hay menos temas y menos autores argentinos. Estamos al servicio de las modas. Y el destino cultural de un país no se construye sobre la base de modas. Culturalmente la globalización nos toma mal parados en todos los planos, pese a que la imaginación argentina es enorme. Frente a esta realidad hay cada vez más galerías de arte y revistas literarias. Tenemos un fenómeno cultural como el tango. La Argentina tiene reservas culturales muy importantes.
-¿Cómo será la Argentina del próximo decenio?
-Creo que será muy difícil. Yo tengo dos hijos que viven en los Estados Unidos porque aquí no tenían posibilidades de progresar. Es muy difícil ser extranjero, porque nadie nace para serlo. Todo el mundo tiene un solo lugar bajo el sol. Uno siempre tiene esperanzas de que el país esté mejor, de lo contrario no escribiría. Creo en las utopías y en las entretelas del alma.


