
Las formas breves
La Compañía publicará en noviembre Cuentos glaciales , libro del que aquí se ofrecen algunos relatos y un fragmento de la biografía de su autor, escritor prolífico que supo dar vida a un mundo inquietante
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Las pruebas
Primero y principal, conviene desconfiar de los objetos. En especial, de los objetos perdidos.
No recoger ningún objeto tirado en la calle o en cualquier otro lugar público.
En esos casos, se corre siempre el riesgo de que aparezcan los delegados, quienes al mismo tiempo hacen de testigos y ejecutores para arrastrar al sospechoso hasta las puertas de cualquier acusación.
Siempre, irrevocablemente, al cabo de cinco minutos de pesquisa se prueba que el objeto recogido era la pieza clave de un crimen relacionado con cierto caso aún abierto y que las huellas digitales son, desde luego, pruebas irrefutables.
El objeto encontrado se vuelve, en el acto, evidencia criminal; el sospechoso se vuelve, a su vez, culpable; la situación, desesperante.
El fenómeno es de lo más arbitrario porque, de hecho, nunca hay casos policiales en la ciudad. Nadie ha matado jamás, nadie ha robado jamás.
Lo que no excluye, sin embargo, que de este modo se pruebe cierto "delito flagrante".
El empleado de correo
En los diez años que había vivido enjaulado detrás de la ventanilla, al fondo de la vasta oficina de correo, el empleado no había recibido una sola queja.
Recibía, canjeaba, entregaba, anotaba, estampillaba, sellaba, firmaba, contaba y devolvía. Todo lo hacía con una calma perfecta, sin el menor nerviosismo y siempre afable, cortés, sonriendo sin pausa a vecinos, a clientes, a vigilantes, al mundo entero, a todas las cosas, a él mismo... A su día de trabajo. Ante todo, su trabajo, que el empleado juzgaba una tarea muy fastidiosa, pero soportaba gracias a una pequeña obsesión estrictamente personal.
Porque el empleado, en efecto, hace diez años que comete cada noche, antes de irse, lo que se llama un delito cotidiano: un gesto que se ha vuelto obligatorio, una razón de vivir.
Todas las noches introduce en su valija un fajo de cartas escogidas al azar. Se las lleva, vuelve cuanto antes a su hogar, arroja las cartas sobre la mesa, las abre con ansiedad y cada noche, desde las nueve hasta el amanecer, las responde, una por una, sin olvidarse de una sola, sin escribir una palabra a la ligera.
La tejedora
Nunca la había visto yo sin sus agujas de tejer. Tejer era su pasión, su única inquietud. Incluso si un rayo caía al pie de su ventana, ella no apartaba los ojos del tejido. Pero yo conocía sus ojos. Eran verdes, admirables. Porque Ylge era hermosa, extrañamente hermosa. Y aún más extraño era el contraste entre la belleza de Ylge y la banalidad de esa labor que ella cumplía con tanta perseverancia.
Me hicieron falta seis meses para convencer a Ylge de que abandonara por un rato el tejido y las agujas. La conduje a la cama y la desvestí. En su cabeza, entre dos mechones de pelo, vi un pequeño hilo de lana. Tiré de él. Durante una hora tiré de él. Finalmente comprendí que había destejido a Ylge y que ahora tenía entre manos una enorme bola de lana.
La dejé sobre una mesa. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?
La sanción
Los delitos allí son diversos, pero la sanción es una, siempre la misma.
Se introduce al condenado en un túnel interminable, se lo deja entre los rieles de una vía ferroviaria. El condenado sabe bien lo que le espera y se larga a correr. Escapa. No contempla otra alternativa. Pero huir es imposible porque el túnel no tiene fin.
El condenado corre y corre, hasta perder el aliento, incluso hasta perder la vida.
Puede afirmarse, sin embargo, que ningún tren ha circulado nunca por aquellas vías.
La secretaria
La habían contratado por su hermosura, sin preguntarle ni siquiera si sabía escribir a máquina. Escribía a máquina como una virtuosa, con una destreza que superaba a la de todas las restantes empleadas. Era capaz de entregar más de veinte cartas por día.
Lo asombroso de todo era que escribía a máquina con los pies, sin usar nunca las manos.
El primer día, eso causó mala impresión.
Pero la impresión muy pronto fue eclipsada por otros hechos: la secretaria no sólo tenía hermosísimas piernas, sino también un vientre plano que hacía soñar mientras respondía muy comercialmente a los clientes.
Los esclavos
En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.
Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.
Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.
La sangre
¿Qué decir de Istrígala, con quien podía hacer todo lo que yo deseaba porque, desde hacía ya largo rato, ella había franqueado la invisible frontera entre las prohibiciones y lo imposible de todos los misterios?
¿Qué decir de cuanto hice para poner a prueba su poder, su terrible feminidad y su capacidad de resistencia?
Hice de ella una mujer de nieve, capaz de fundirse al sol, pero capaz también de ser más dura que una hoja de metal. La transformé en sílabas que mezclaba con ecuaciones de álgebra para verla recrearse, mitad flor, mitad insecto, en algún rincón del jardín. La puse como en conserva, en unas minas, por el placer de reencontrarla con una pala y un pico, entre brillantes cristalizaciones de piedras preciosas. La hice tan fluida como el agua, tan densa como el mercurio, tan transparente como el cristal, tan terrorífica como un espectro cubierto de hojas de afeitar y, no obstante, siempre sonriente, siempre ávida de entregarse como si nada pudiera sucederle en este mundo desprovisto de consecuencias fatales. Hice que llevara la moral al cuello, bien escotada y con los ojos ardientes; hice que se convirtiera en una enorme mano con la cual yo hacía el amor de todas las formas posibles. Le transfundí las mezclas químicas de las pasiones más contradictorias hasta ahogarla bajo un torrente de mil colores. La envié a la nada de su muerte para verla regresar diáfana, hiératica, con un manojo de confusiones inmundas que me traía de regalo. Y al regreso la veía con su rostro siempre irónico y glacial, al cual ni el terror ni la pasión habían logrado dotar de alguna suerte de expresividad.
Hasta el día en que, por distracción, se cortó ligeramente un dedo rebanando el pan, sangró apenas y murió casi en el acto, completamente exangüe.
Traducción: Eduardo Berti
COMIENZO Y FINAL DE UN LARGO VIAJE
Por Hervé Le Tellier
La vida de Jacques Sternberg [...] comenzó en 1923, en Anvers, y concluyó en 2006, en París, culpa del cáncer típico de quienes fuman en exceso. Su vida equivalió a muchos kilómetros de asfalto parisino recorridos en un ciclomotor [...], miles de kilómetros navegados con aquel velero que fue su gran pasión (treinta mil) y muchos, realmente muchos, libros escritos. Temprano, a los 19 años, empieza a escribir. Estalla la guerra. Judío, logra escapar de un campo en Gers, en el sur de Francia, y poco después se entera de que su padre ha muerto deportado en Majdanek. [...]. De regreso en París, intenta ser publicado e inventa su universo, donde lo extraño, lo insólito y lo absurdo se despliegan en un mundo con frecuencia ordinario y absolutamente banal. Difícil no pensar en esos objetos cotidianos, vasos, lapiceras o anteojos, que, observados con especial detenimiento, acaban por revelar una extrañeza inesperada. Así, el mundo es transformado por la mirada de Sternberg hasta mostrar su lado irrisorio y macabro. [...]
Los primeros pasos de Sternberg fueron complicados. [...] El clima literario en tiempos de posguerra brindaba pocas posibilidades a escritores como Michaux, Ionesco, Tardieu o Beckett. El estilo de Sternberg, depurado, se alejaba de la escritura clásica, de Drieu a Aragon, y simplificaba las cosas con frases muy bien equilibradas. [...]
La crítica clasificó generalmente a Sternberg entre los autores fantásticos o de ciencia ficción. Por supuesto, también él tiene parte de la culpa: con La géométrie dans l´impossible , en 1953, renovó el género de la ciencia ficción en Francia. [...] Pese a todo, ¿fue realmente un autor fantástico? Siempre que hay un fantasma o un vampiro, Sternberg parece indiferente a sus costumbres y no le importan los sudarios ni la sangre; y, cuando afirma que escribe ciencia ficción, la palabra que importa es "ficción". [...]
Fue tras leer Un jour ouvrable (1961) que Alain Resnais le pidió a Sternberg un guión cinematográfico: el de Je t´aime , je t´aime . De allí surgió un film discontinuo, angustiante. [...]
Ese mismo año, Sternberg publica la obra teatral C´est la guerre, Monsieur Gruber . La pieza, que aborda -entre otros temas- la cuestión judía y la Shoah por medio del absurdo, fue interpretada en 1973 en la Comédie Française [...]. No tuvo mayor éxito y las restantes obras de Sternberg, Une soirée pas comme les autres y Kriss l´emballeur , jamás fueron representadas.
También las novelas de Sternberg sufrieron, en muchos casos, la incomprensión de la crítica. [...] Sternberg solía confesar con excesiva humildad que "en general naufrago en una novela" [...]. Decía que vibraba realmente "al escribir cuentos con finales y temas concretos".
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