
Letras vs. narcos
Especialista en las representaciones culturales del narcotráfico, Gabriela Polit alerta: por distintas razones, la literatura aún no muestra la complejidad de un fenómeno de múltiples dimensiones
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"Si Pancho Villa viviera sería el gran jefe de algún cártel, como el ‘Chapo’ Guzmán", dice, sin ruborizarse, la ecuatoriana Gabriela Polit Dueñas, especialista en representaciones culturales del narcotráfico, de paso por Buenos Aires. La comparación entre el célebre revolucionario mexicano y el que hoy es uno de los delincuentes más buscados del mundo (el gobierno de Estados Unidos ofrece 30 millones de dólares por información acerca de su paradero) parece provocadora y Polit la aclara, aunque sin sacar el dedo del renglón. "En el estado mexicano de Sinaloa, quizás el mayor campo de batalla de la actual guerra contra el narco declarada por el presidente Felipe Calderón, hay una idiosincrasia del hombre macho, que no se achica ante nada, muy vinculada a la épica del trabajo y a los bienes materiales. Esa representación está presente en Pancho Villa, y también en el Chapo. Por supuesto, hay grandes diferencias entre Villa y Guzmán, pero el mundo al que pertenecen se convierte en puro color local y pintoresquismo cuando aparece retratado de manera estereotipada en ciertas novelas. Por distintas razones, son muy pocas las obras literarias que logran mostrar la complejidad del fenómeno del narcotráfico."
En tiempos como los actuales, en los que el gobierno mexicano realiza anuncios dramáticos como la detención de los adolescentes Gloria García Jiménez y Edgar Jiménez Lugo, de 13 y 14 años respectivamente, por colaborar con células del narco en el norte del país, surgen al menos dos preguntas inevitables: ¿de qué manera hay que entender el narcotráfico? ¿Y cómo puede participar el arte –la literatura, las artes, el cine, la música– en la comprensión de la barbarie? Según Polit, la literatura contemporánea tiende a uniformar el discurso sobre el narcotráfico en el ámbito de la llamada "sicaresca", pero esas obras protagonizadas por asesinos a sueldo apenas si muestran una parte ("la más colorida") del tráfico de drogas. "Es un universo amplio que no admite un solo retrato. Por un lado, está el mundo semirrural de Sinaloa, en México, donde hasta no hace mucho la siembra de marihuana era algo normal, y el consumo no estaba penalizado ni sufría ninguna carga moral; y por el otro, en el extremo opuesto, está la cultura urbana y violenta de Medellín, que en el narco aparece de la mano de Pablo Escobar. A partir de la figura de Escobar, la narrativa del narco se asocia a la mano armada del grupo traficante, el sicario, pero en realidad éste es un personaje muy propio de Medellín, que no nos dice mucho acerca del narcotráfico en general", opina. Con la lupa puesta en el sicario, la literatura realista pierde de vista a tantísimos otros engranajes del fenómeno: la familia de origen indígena que no ve nada de malo en sembrar y cosechar "adormidera" (como se llamaba a la marihuana hasta los años 50 en los asentamientos rurales del norte mexicano), el delincuente de cuello blanco que ampara a los sicarios desde las oficinas gubernamentales, el policía que participa del negocio (representado en las películas brasileñas Tropa de elite I y II y en el documental italiano El sicario room 164) o los grandes empresarios del crimen organizado que trafican drogas pero también personas, documentos, cigarrillos y armas. La complejidad del narcotráfico resulta estremecedora y, por lo que parece, a la literatura le cuesta desarrollarla en toda su dimensión.
En palabras de esta intelectual, que pasó por Buenos Aires invitada por el programa Lectura Mundi de la Universidad de San Martín (Unsam) y la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), apenas un puñado de novelas representa con la debida amplitud de miras un drama que tiene alcances globales. "La Virgen de los sicarios y Cartas cruzadas, de los colombianos Fernando Vallejo y Darío Jaramillo Agudelo, y Jonás y la ballena rosada, del boliviano Wolfgango Montes, cumplen, cada una a su manera, con una representación en la que la tragedia del narco forma parte de un drama aún más grande, que la contiene. Lo curioso, y no siempre positivo es que el éxito de estas novelas, sumado a las noticias cada vez más espeluznantes sobre los crímenes del narco, hace que la industria editorial española se deje seducir por historias de narcotraficantes, más allá de sus logros literarios. Antes veían a los latinoamericanos como embajadores del realismo mágico; ahora apoyan las novelas de la ‘sicaresca’, porque es una manera moderna de exhibir e identificar a Latinoamérica en la era global."
Sin embargo, más allá de los vaivenes de la industria, Polit ve a través del narcotráfico la reactualización del mayor desafío de la literatura latinoamericana. "Nuestro reto de siempre es cómo narrar al otro. Ése fue y es nuestro gran tema. En otras épocas la pregunta era cómo darle voz a ese otro indígena, mujer o gaucho. Hoy se trata de deconstruir el lugar del letrado para que el discurso cultural sobre el narcotráfico resulte más enriquecedor que el de la criminalización."



