
Lo imprevisible y lo real
El español Cristóbal Toral muestra sus obras en el Centro Cultural Recoleta; Hugo de Marziani, sensible y analítico, economiza sus medios.
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En la actualidad, el hombre se acostumbró a discurrir por los ojos; de ahí la importancia ética y estética de la pintura, que cristaliza el pensamiento en imágenes. Eso determina algunas de las razones por las que el pintor Cristóbal Toral, un andaluz de Málaga que nació en 1940, perfile su poder de sugestión de un modo que se entiende a primera vista; puede ser "leído" por todos aunque, a la hora de su interpretación, cada cual dé una versión diferente. La atmósfera que rodea los objetos que representa estimula la intensidad imaginativa. Se apoya en la realidad para ser convincente, pero crea un clima de misterio que supera las apariencias. No describe más que lo necesario, su propósito es insinuar.
Ciertos elementos tienen algo secreto en su naturaleza, que Toral aprovecha de variadas maneras. Las valijas, por ejemplo, representan tantas cosas... Cerradas, como las que suele mostrar, pueden indicar acciones opuestas: salidas, llegadas, esperas, vacaciones, ausencias, regalos agradables o sorpresivamente brutales; una bomba, por ejemplo, puede asechar en una maleta rematada por un moñito encantador. Lo que ignoramos sobre sus fines es, en definitiva, lo que nos inquieta; amontonadas en un espacio vacío, como en Equipaje con maleta azul o en un lugar desolado y poco usual, como en Paisaje al atardecer , multiplican nuestra curiosidad. Toral no desconcierta, pero inquieta, porque usa potencialmente la sorpresa. Se diría que sus cuadros no concluyen en la escena, como si tuviesen una acción durativa; aun en los momentos de quietud, parecería que algo está por suceder.
La figura humana, a veces desnuda junto a muebles empaquetados, suele acompañar esas preferencias temáticas por las causas ocultas de las cosas. El tiempo en el que ocurre no se sabe si es anterior o posterior. ¿Hubo ya una mudanza o está por realizarse? Pero donde hallamos el acierto mayor es en Desnudo del espejo , óleo que por la estructura de la composición, la calidad del enfoque y la excelencia de su factura alcanza un poder comunicativo que estimula y sostiene plásticamente el pensamiento. La imagen velada de la mujer sin ropa que se refleja es, decididamente, magistral. Parecida es la referencia a Velásquez en D´aprés Las Meninas , que parodia el cuadro famoso: se fueron todos, dejando sus valijas, menos el artista sevillano y la supuesta pareja real (que quedó en el espejo); quedan también la tela original, vista de atrás, y un sevillano nuevo (Toral), que no aparece, pero que brilla por su ausencia al renovar audazmente la escena. En definitiva, la visión de los personajes que mantiene la idea original es indirecta (se ve reflejada); supuesto, pero no desconocido, y bastante pretencioso aunque se ampare en la parodia, es el pintor reemplazante. Desde luego que, en casos como éste, el dominio absoluto de los medios es una responsabilidad que obliga a establecer comparaciones dudosas.
Los bodegones justifican una consideración especial; no obstante provenir de una concepción realista, responden a una imaginación que postula circunstancias extraordinarias. Flotan pedazos de sandías, frutas u hojas de lechuga sobre las mesas. Pero se impone su presencia, más que por el suceso extraño que nos muestran, por la maestría de su realización. Lo formal termina por naturalizar lo esotérico. Casi sesenta obras, entre pinturas acuarelas y dibujos de 1967 a 2000 componen la muestra, que viene de visitar los museos más importantes de América latina.
Toral se manifiesta mejor como pintor que como dibujante, pero tiene momentos de variedad e interés en los "estudios" que expone yuxtaponiéndolos, aunque sean piezas independientes en un comienzo. Así lo indica, por ejemplo, Composición con 40 dibujos , donde alterna la sanguina y el lápiz en variados estudios sobre el desnudo. Un voluminoso catálogo con reproducciones en color y textos de diferentes autores complementa la exposición.
( Hasta el 8 de octubre. En la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, Junín 1930. )
Estar de vuelta
Lo que verdaderamente se sabe, cuando proviene de una práctica rigurosa o de una experiencia honda, por lo general, se sabe para siempre. La concienciación impide ignorarlo. Si, a la vuelta de los años, se lo evoca, aunque la memoria cambie las cosas, el recuerdo es tamizado por la experiencia. Pues bien, algo así ocurre con la pintura del platense Hugo de Marziani. La falta de dispersión que revela, pese a que cada vez son mayores las partes en blanco de sus telas, proviene de haber mantenido con persistencia ejemplar una línea de pensamiento que evita lo superfluo. De otro modo, no podría haber llegado hasta donde llegó.
Si se nos permite una breve digresión, diremos que Liszt en los últimos años abocetaba sus obras. Lo mismo ocurre con Miguel Angel en su última Piedad . Hugo de Marziani tiene una actitud semejante al prescindir de lo superfluo, de lo anecdótico; sus pinturas parecen esquemas. Si no fuese por la sensibilidad que personaliza los rasgos, podrían servir de ejemplos como abstracciones puras. Lo que diferencia esos dieciséis acrílicos de ciertas estructuras que se desarrollan en el vación, reside en su factura, realizada con una certeza que ajusta los valores a una concepción abierta, pero consciente del cubo escénico tradicional. Una materia dispersa con el papel apenas arrastrado sobre la tela se confunde con aquella en una superficie mate sólo alterada por la textura del soporte y la suavidad del color, que por momentos parece aplicado al pastel . El dibujo acentúa la construcción geométrica de esa especie de puntillismo que libera la sensación de vacío.
( Hasta el 29 del actual. En Rubbers, Suipacha 1175. )



