
Lo que Yahveh aprendió de Job
El fragmento que aquí se reproduce de El enigma del sufrimiento analiza el poder transformador del personaje bíblico
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Por Santiago Kovadloff
Así como Dios con su palabra ha dado vida al hombre, Job, con la suya, ha dado nacimiento moral a Dios. A un dios que despierta a la dimensión de lo ético. Su fuerza persuasiva y su energía transformadora son únicas en la historia bíblica. Desencadenan, en el Omnipotente, una auténtica crisis de identidad. Y si es cierto que, en la Biblia hebrea, Dios no llegará jamás a confiar por entero en el hombre, también lo es que esa desconfianza, a partir del Libro de Job, ya no lo inducirá a creer que podrá subsistir como el Gran Invocado si no alcanza acuerdos de comprensión recíproca con su criatura. Conmocionado por la autenticidad de su creyente, el Señor aprenderá, gradualmente, a ser también -ya que no solo- un dios propenso a las alianzas. Querrá, a partir de ahí, que se lo reconozca como justo antes que como temible. Un indicio anticipatorio de esta nueva aspiración divina la encontramos en el Génesis (8:11). Finalizado el diluvio universal, Dios se dirige a Noé. Le asegura que no volverá "a maldecir la tierra a causa del hombre. Sí, el corazón del hombre se pervierte desde la juventud; pero no volveré a matar a los vivientes como acabo de hacerlo". Asoma de tal modo, en las páginas bíblicas, un dios capaz de reconsiderar su propia conducta, dispuesto a no ceder al desenfreno de la violencia y la aniquilación cuando el ser humano, con sus reiterados desaciertos, lo precipite en la desesperanza y el desencanto. El hombre no cambiará -sentencia Yahveh-. Una y otra vez incurrirá en el error y aun en la voluntaria trasgresión de la ley. Pero al igual que su juez celestial, será capaz de arrepentirse, de reconsiderar sus actos críticamente, de intentar encaminarse una y otra vez por la senda de la reparación. Su hechizo por el mal no justifica el extermino de la vida. En consecuencia y de aquí en más, el Creador preservará su obra. Pero lo que este Dios del Génesis no imaginaba todavía es que en el escenario mundano pudiera irrumpir un hombre que sumara, a la sumisa ejemplaridad de Noé, la valentía moral de Job. Un hombre que le exigiera cambiar. Un creyente tan bien dotado éticamente como para poner en juego el sentido o el sinsentido religioso del sufrimiento. Un alma íntegra que, ante la violencia padecida por el inocente y el justo, no vacilara en acusar a Yahveh de ser un dios insuficiente.
* * *
A diferencia de Sócrates, que obedece al dios e interroga sin descanso a sus semejantes, Job interroga a Dios y lo hace en nombre propio y en el de sus semejantes, los justos ignorados como tales por Yahveh. Asimismo, y a diferencia también de los profetas, Job no viene a decir, ante todo, que el Señor le ha hablado. Viene, por el contrario, a manifestar que Dios, con él, no se atreve a hablar.
Es que Job es aquel que aspira a convalidar su propia presencia mediante la presencia del Dios que sea capaz de responderle. Del Dios que finalmente le habla, y ello significa que por fin lo escucha, que por fin ha oído su plegaria; que reconoce, en suma, al inocente, aun cuando su retórica solo parezca subestimarlo.
No es, pues, casual que este llegue a ser, gracias a la enunciación profética ulterior, el signo distintivo del Dios de Israel. Un Dios para ese entonces justiciero que, invirtiendo el conflicto expuesto en el Libro de Job, quiere hacerse oír por un pueblo reacio a la justicia; por un pueblo que se resiste a escuchar la voz del bien.
El judío, a su vez, concebirá al Supremo a partir del pacto consumado con Abraham, como aquel que anhela que el hombre haga del mundo un reino solidario. Como aliado buscará Dios al hombre ahora, y ya no como vasallo. Como guardián fraternal de su prójimo. Como aquel que, en la asunción de esa responsabilidad, es capaz de ver la ofrenda más alta que puede hacérsele a Dios.
¿Cómo no advertir aquí el hondo influjo de la enseñanza de Job? ¿El aliento poderoso de la transformación que él supo impulsar?
No olvidemos sin embargo que la reconciliación de Dios con Job no se funda en el sinceramiento sino en una reparación que deja tácita su causa. Esa reparación implica la admisión velada de una culpa. Al no haber sinceramiento, un franco pedido de perdón, esa culpa no aflora asumida, aunque en los hechos haya sido reparada. Dios subsana hasta donde quiere los efectos de la violencia desatada sobre Job. Pero no admite ante la víctima su enorme desacierto. No hay arrepentimiento explícito. Yahveh transforma [...] su conducta. Revaloriza a Job, lo escucha, sale por fin a su encuentro. Se convierte, es indudable, en el Dios que redime al inocente por él humillado. Pero no pide perdón. No confiesa jamás, ni ante Job ni ante nadie, lo que nosotros sabemos: que ha torturado al inocente, que ha humillado al justo, que ha pretendido, demoníacamente, descubrir detrás de sus actos probos una intención perversa y premeditada. Este silencio, el silencio del Señor ante la conciencia de su propia culpa, nunca será llevado a las palabras. Las oscuras razones que lo indujeron a despedazar al hombre que más amaba quedan, así, sepultadas en una abstención definitiva.
Ahora bien: como no ingresan a la enunciación, como no encuentran nunca el camino de la explicitación apaciguadora, esas oscuras razones retornan a lo largo de toda la Biblia hebrea. Y lo hacen como síntomas periódicos de un conflicto irresuelto y reprimido. Y es así como se repiten en nuevos actos demenciales: persecuciones, tormentos, matanzas. De modo que los gestos de desconfianza y de crueldad hacia el hombre disputan, a las conductas piadosas y ponderadas, el dominio de la naturaleza de Dios, divinidad cordial e inclemente a la vez, Creador que bendice y repudia a su criatura.
A su turno, y salvo muy contadas excepciones, la lectura profética se empeñará en presentar a Yahveh liberado de toda responsabilidad por la existencia del mal. En esa lectura, y a diferencia de lo ocurrido en el Libro de Job, Dios tendrá a su cargo, exclusivamente, la demanda y la restauración de la justicia en el reino de Israel, primero, y en toda la Tierra, después. Dispone Dios, para ello, a juicio de los profetas, de un plan. Según ese plan, el sufrimiento de los justos, que no cesa por cierto con la redención de Job, pasa a ser concebido como una herramienta propiciatoria de la transformación social y moral que alguna vez se consumará. Ya no es la escandalosa expresión de un absurdo moral tolerado, cuando no alentado por Dios. Su perduración en el tiempo, siglo tras siglo, se explicará como un requisito indispensable para buscar, a través de él, la redención de la humanidad. El dolor gana, así, estatuto instrumental y significación trascendente. Según los profetas, los padecimientos del inocente y las desventuras del justo, tal como la violencia reiteradamente impune de los corruptos, deben concebirse como hechos necesarios que, colisionando entre sí, promueven un solo proceso orientado hacia la instalación final de la justicia en el mundo. Ese proceso, para cumplirse venturosamente, exige el arrepentimiento de los malvados, la reparación del daño inmenso causado a los justos e inocentes, víctimas de la codicia, el despotismo y la crueldad social. De no sobrevenir el arrepentimiento y la reparación que Dios demanda a través de los profetas, entonces la desgracia arrasará Israel, pues la culpa del mal no reconocido como tal es del hombre, quien asimismo es su promotor.
Dios, como se advierte, ya no pacta con el Diablo. Los profetas lo han despojado de toda connotación criminal. Han hecho de él un justiciero. Lo han homologado a una exclusiva e inigualable demanda moral. Es ahora éticamente intachable, sinónimo absoluto del bien. No obstante, subsiste la cuestión del silencio de Dios. Su responsabilidad nunca explicitada por el tormento de Job.
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