
Los tabúes que los historiadores no se atreven a investigar
El escritor francés Marc Ferro en Les tabous de l´Histoire rastrea e intenta elucidar los asuntos sobre los que el poder político y religioso ha difundido versiones tendientes a preservar una tradición oficial. La figura de Juana de Arco, los ataques de las fuerzas aliadas contra Francia y el origen semita de los judíos son los temas centrales de este ensayo, convertido en best seller, que analiza cómo se construye el pasado
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El último libro de Marc Ferro, director de L´Ecole de Hautes Etudes en Sciences Sociales, no es el fruto de una concienzuda investigación universitaria, tampoco responde a un encargo editorial motivado por una enésima moda de vulgarización histórica. Ni siquiera coincide con alguna oportuna efeméride. Les tabous de l´Histoire (Los tabúes de la Historia) es, ante todo, la revancha de un hombre avergonzado.
Todo empezó veinte años atrás, el día en que Ferro fue invitado, junto a otros prestigiosos intelectuales, a una emisión televisiva dedicada a Juana de Arco. Especialista en historia rusa, el investigador había comentado en varias ocasiones cómo los manuales escolares soviéticos solían comparar la heroína francesa con Alexander Nevski. Esa vez, para no repetirse, había resuelto acudir a la cita con datos más originales. Así, buceando en la infinita bibliografía sobre la pucelle (la doncella), dio con las obras de Edward Lucie-Smith y Robert B.Greenblatt, que reproducían el testimonio de Jean d´Aulun. Ente otras revelaciones, este compañero de Juana de Arco refería que "ella no tenía los problemas que suelen enfrentar otras chicas" y "no sentía ninguna atracción por los varones". Luego de abordar el tema de la hipotética homosexualidad de la joven guerrera, los autores discurrían sobre ciertas malformaciones físicas y sus recurrentes "visiones".
Con estos datos picantes, rara vez evocados -con la excepción de la película de Luc Besson, por ejemplo-, Ferro llegó al programa de televisión, donde escuchó pacientemente al Arzobispo de París, al alcalde de Rouen y a los hagiógrafos de siempre. Una vez llegado su ansiado turno, el historiador recuerda cómo su "boca se congelaba", sus "labios temblaban" y, en vez de tocar el delicado tema, se traicionaba, reiterando mecánicamente la vieja analogía con Nevski. Acto seguido, fue invadido por un profundo malestar y enmudeció. "Ese día comprendí qué era un tabú: Ôaquello sobre lo que se hace silencio, por temor, por pudor´". Para exorcizar la humillación, el historiador decidió salir a cazar los tabúes de la Historia.
De eso no se habla
Dos décadas después del mal rato, Marc Ferro se desquita con un tratado conciso e incisivo. La intención del autor no es establecer un inventario exhaustivo de tabúes, sino ofrecer un florilegio de casos que permitan esbozar una explicación sobre cómo surgen y qué se esconde detrás de esos silencios. Su primer blanco son las organizaciones políticas y religiosas que ejercen una autoridad sobre la sociedad. El tabú, explica Ferro, suele alojarse en el nacimiento de la potestad de estas instituciones; en ese momento clave se fabricarían los secretos de su poder y la teoría que las legitima. Uno de los más antiguos sería el que funda la autoridad papal. Porque, aparte de reivindicar un origen divino, "Jesús resucitado confirma a Pedro como vicario de Dios en la tierra, dándole así al primer obispo de Roma una preeminencia sobre los otros Papas". Este mandato se apoya en otro pilar más endeble: la Donación de Constantino.
A través de un documento que lleva su nombre, este emperador habría conferido al Papa de Roma Silvestre I la primacía sobre los metropolitanos de Jerusalén, Antioquía, Constantinopla, Alejandría e Italia. El texto, validado por el papado, fue introducido en las Decretales. El inconveniente es que, ya en el siglo XV, el humanista Lorenzo Valla demostró que el manuscrito era falso. Pese a esta evidencia, el dato sigue siendo omitido por quienes desde entonces enseñan la historia del cristianismo. "Hoy -afirma Ferro- el papado tiene una fuerza moral y política considerable, y sería levantar un tabú recordarles a los Papas de nuestro tiempo que una parte de su poder o de su autoridad descansa en una grosera falsificación."
Ecuménico, Ferro se aboca luego a investigar la impostura de otras parroquias, su siguiente objetivo: el Partido Comunista. Durante la insurrección de octubre de 1917, Lenin redactó una carta decisiva con las instrucciones para el día D. El escrito, que daba un marco legal fundamental a aquella jornada decisiva, fue firmado por Vladimir Ilitch como Presidente del Comité Revolucionario Provisorio del Soviet de Petrogrado. Lo que nunca fue. "Ningún historiador soviético habló del tema -se sorprende Ferro- y sin embargo [el texto] aparece en un volumen reeditado una decena de veces, todo el mundo lo vio, como en "La carta robada" de E. A. Poe." Este es apenas uno de los eslabones de una larga cadena de engaños destinados a remedar acontecimientos que, aunque podían ser verificados por todos, no podían ser comentados por nadie.
A veces, el tabú tiene menos que ver con la prohibición o la censura, es el caso de la autocensura, que con la construcción consensual de un silencio cuando la realidad no cuaja con la historia oficial. Un ejemplo claro de cómo funciona este mecanismo es el tratamiento histórico de la Resistencia en la Francia ocupada. "¿Por qué los comunistas de la Resistencia no valorizaron jamás los diez mil prisioneros que hicieron -en septiembre de 1944- durante la Segunda Guerra?", se pregunta Ferro. "Para no criticar al General De Gaulle y entrar así al gobierno." ¿Y por qué De Gaulle no destacaba la actuación de la Resistencia que había arrestado tal cantidad de enemigos? "Para valorizar las fuerzas exteriores: Leclerc y Delattre."
Las guerras son un terreno fértil para los tabúes. En Francia, durante medio siglo, los bombardeos aliados que dejaron en ruinas las ciudades del norte del país no podían ser mencionados: no debía criticarse a los liberadores.
El tabú puede también nacer de la alianza entre enemigos que, circunstancialmente, persiguen intereses comunes. Así se habría tejido uno de los grandes misterios del siglo XX: la muerte de la familia del zar Nicolás II. Eso es lo que se desprende del puntilloso análisis que hace Ferro, cruzando numerosos documentos auténticos, adulterados o escondidos acerca de los distintos protagonistas del enigma. Su tesis es que la versión que ha prevalecido, según la cual la totalidad de la familia imperial fue ejecutada, servía tanto los intereses de los bolcheviques, que ponían fin a toda especulación en cuanto a un retorno de los Romanov al poder, como los de los blancos, partidarios de la dinastía depuesta. Porque, razona Ferro, si algunos lograron escapar -los datos que prueban la fuga de Anastasia son fiables-, fue probablemente gracias a la ayuda de la rama alemana de la familia. (El hecho de que Guillermo II haya sido el padrino de una de las hijas de Nicolás II lo explicaría). Y los blancos no querían ver en los alemanes a sus salvadores por dos motivos: porque eran sus enemigos declarados y, sobre todo, porque la familia imperial ya había escogido a Cirilo como heredero de Nicolás. La aparición con vida de Anastasia, tal vez dispuesta a divulgar secretos de Estado comprometedores, habría complicado los planes de todos. De tal manera, móviles opuestos pudieron converger en la fabricación de un tabú crucial en la historia de Rusia.
La decimotercera tribu
Tan atrapante como delicado es el capítulo que trata de responder a una pregunta con múltiples implicaciones: "¿Todos los judíos son semitas?" (El término viene de Sem, hijo de Noé y ancestro de Abraham según la Biblia. Este último engendró a Ismael con su sirvienta Agar y a Isaac con su esposa Sarah. Del primer hijo descenderían los árabes y del segundo los hebreos). Considerándose "pueblo elegido", los judíos invocan, entre otros argumentos para fundamentar su derecho a retornar a la Tierra Prometida, un origen sanguíneo y geográfico común. Esta noción de identidad nacional se ve reforzada por la idea de que los hebreos nunca practicaron el proselitismo, lo que habría salvaguardado a través de los siglos la continuidad de la herencia biológica. Por razones muy distintas, el antisemitismo (palabra introducida en 1873 por el periodista alemán Wilhelm Marr y de sentido equívoco, porque incluye la arabofobia) pretende que el judío forma parte de una raza de características nocivas y reconocibles.
La prueba de que no todos los judíos son semitas haría peligrar más de una certeza. No es extraño entonces que todos los elementos y estudios que dan cuenta de la existencia de judíos no semitas hayan sido sepultados bajo un tabú milenario. Entre varios testimonios ignorados, Ferro cita las observaciones que en 1835 realizó el misionero inglés John Davidson, quien descubrió en las montañas del Atlas "más de cien pueblos beréberes judíos". Autóctonos del norte de Africa, estos beréberes no serían descendientes de la diáspora de Palestina. Se trataría más bien de hombres que, "rebelándose contra la conquista romana y más tarde contra la conquista árabe, podrían haberse convertido perfectamente en judíos", lo que les permitía preservarse como comunidad. Pero, como bien señala el ensayista, "el origen de los judíos del sur del Mediterráneo no plantea tantos problemas, ya que no se trata de los padres del sionismo y, en consecuencia, que sean o no descendientes de la Diáspora no es una cuestión importante". La historia de los sefardíes ha sido, por otra parte, ampliamente estudiada. Más discretos son sin embargo los trabajos sobre el origen de los judíos de Europa occidental y oriental, principales víctimas del genocidio nazi.
Explícitamente definidos como semitas por sus exterminadores, los sionistas basan el derecho a fundar el Estado de Israel en Palestina en su descendencia de la Diáspora. Cuando el escritor británico Arthur Koestler publicó en los años 60 La decimotercera tribu , un libro apasionante rodeado de un silencio ensordecedor, no lo hizo con la intención de quitarle fuerza a ese reclamo, sino para desarticular la teoría racista empleada por la judeofobia. El ensayo cuenta la historia del Imperio Kazar.
De origen turco y emparentados con los hunos, los kazares vivían, en el siglo VIII, en la región hoy conocida como Astracán, entre el Don y el Volga. De temple independiente, los kazares no querían plegarse ni al influjo musulmán del Califato de Bagdad ni al cristianismo del emperador de Bizancio. Así que, en 861, para mantener la autonomía de su monarquía, Bulan, rey de los kazares, decidió convertirse junto al resto de la aristocracia a la fe de Moisés. El Estado judío duró un siglo, hasta que fue destruido por los rusos. Vencida, la población kazar se dispersó por los países que la rodeaban: Ucrania, Polonia, Lituania y Rusia. De este modo, una gran parte de los judíos occidentales de hoy, los askenazi, no descenderían en su gran mayoría de los semitas, sino de los que Koestler llama "la decimotercera tribu".
Ferro tiene razón en afirmar que este tema es tabú para muchos judíos, pero se equivoca cuando pretende que los antijudíos tampoco quieren tocar el tema. Lamentablemente, para encontrar a los únicos que citan hoy el libro de Koestler, basta teclear el título en un buscador de Internet: se caerá en abyectos sitios nazis o de integristas musulmanes.
El ensayo de Marc Ferro se inscribe en una corriente emergente de escepticismo hacia la verdad oficial sostenida por las instituciones. "Hoy -opina Ferro- domina la ideología de los derechos humanos y hace que juzguemos escandaloso lo que era normal hace 50 años". Es probable que, en este contexto, el libro de Marc Ferro sea el borrador que inaugura una nueva perspectiva para abordar la historia de la Historia.
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