
Louise Labé en su salón
Fue poeta en una época (siglo XVI) en que los libros de una mujer despertaban murmuraciones y escándalos. Las poesías que escribió crearon a su alrededor una leyenda de libertinaje, pero le permitieron evadirse de la atmósfera de encierro en que vivían las damas del Renacimiento. Hoy, sus audaces sonetos son uno de los tesoros de la lírica universal.
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"L´amour te prit sans peur, sans
débats, sans défense,
Il fit tes jours, tes nuits, tes
tourments et tes biens."
Marceline Desbordes-Valmore
( Pauvres Fleurs, 1839)
IMAGINAR Lyon a comienzos del siglo XVI. Ferias, visitas de la Corte, séquitos de artistas y poetas, 40.000 indigentes. Hay 400 ateliers dedicados a traducir y publicar a autores contemporáneos. Marsilio Ficino, Pico della Mirandola, Petrarca. La pasión por la gnosis, los valores humanistas de la Italia del Quattrocento llegan como un legado inclemente. En París, Du Bellay escribe la Defensa e ilustración de la lengua francesa . Nace el soneto. Es conciso el apuro por dejar atrás la reclusión medieval.
Una mañana de agosto de 1555, aparece un pequeño libro iridiscente: 173 páginas editadas por Jan de Tournes bajo el título Oevres de Lovize Labé Lionnoize , revues et corrigées par ladite Dame . ¿Quién es esta mujer? Las Obras , que incluyen un Debate de Locura y Amor , tres Elegías y veinticuatro Sonetos , están precedidas por una epístola-dedicatoria a M.C.D.B. (Mademoiselle Clémence De Bourges), hija del señor de Dauphiné, a quien Rubys describió en su Historia de Lyon como "una perla verdaderamente oriental entre las señoritas de su tiempo".
A Marguerite de Navarre le habría encantado esta carta. También a Sor Juana, cuya Respuesta a Sor Filotea de la Cruz utiliza términos casi gemelos para restar importancia a su pasión por la poesía (Labé dice "pasatiempo honesto", "producto de mi juvenilia") y, a la vez, reclamar con furia el derecho de la mujer a aprender y, sobre todo, a escribir. Vista desde la famosa Querella sobre las Mujeres del Renacimiento, la dedicatoria es a la vez un programa de educación y una incitación a la incordura ("Mi propósito es que, al ver esta mía obra tan ruda y mal construida, Mademoiselle sienta deseos de sacar a luz otra, mejor limada y con mejor gracia"). También un retrato de la artista como mujer joven y un panegírico del amor, sin olvidar sus peajes.
La delicadeza de Rilke supo leer esta carta en su luz más esquiva, ahondar las fisuras de un diálogo implícito, hecho de fugaces y urgentes dones. En ella entrevió a dos mujeres abocadas a discernir lo inasible. "Louise Labé -escribió en sus Cuadernos de Malte (1910)- no temía asustar a esta niña con los arduos padecimientos del amor. Al mostrarle el nocturno ascenso del deseo, le prometía el sufrimiento como quien promete un universo engrandecido; pero sin duda sospechaba también que, en su dolor pleno de experiencia, estaba lejos de alcanzar esa suerte de espera oscura que hacía bella a la adolescente."
Nacida en 1522, hija de un cordelero adinerado, esposa de otro cordelero adinerado (32 años mayor que ella, con quien se casó "por razón") y llamada por eso la belle cordiére , Louise Labé pudo haber sido una simple " cortegiana onesta ", una tradicional dama lionesa. No lo fue. Consentida como sus hermanos en el uso del latín, el laúd y las artes marciales, frecuentó por igual torneos y metáforas, el bello mundo, Virgilio y otros combates. Se cuenta que acompañó al Delfín de Francia, el futuro Henri II, durante el sitio a Perpignan, con el rango de Capitaine Louise. En su recámara y en los jardines de su casa (que mandaba diseñar y rediseñar constantemente) recibiría más tarde a los poetas más célebres de Lyon, entre ellos Maurice Scéve, Clément Marot, Luc van Bravant.
Su salón fue un espacio apetecido y por ende, objeto de escarnio y murmuraciones. ¿Qué hace una mujer, en la prisión dorada del matrimonio, intentando liberarse de las existencias superficiales, incluida la suya propia? Hay libelos en verso, escritos sin duda por despecho, que la acusan de escaramuzas amorosas y otras faltas menos perdonables. El caso paradigmático es Calvino, sin duda su detractor más eminente, y también el más arbitrario (no la conocía): desde Ginebra, en una disputa pública con un cura católico de Lyon, la acusó de plebia meretrix .
Esta controversia en torno a su moral y estilo de vida, y también la aburrida detectivesca de descifrar anagramas para determinar si Olivier de Magny, poeta de Cahors, fue o no el supuesto amado que inspiró sus Sonetos , diluyeron por mucho tiempo el interés en la obra y confinaron a su autora al mero territorio del escándalo, del cual ni siquiera Sainte-Beuve (que la incluyó en sus portraits littéraires del siglo XVI, después de haberla comparado con Safo) pudo librarla.
Su obra, sin embargo, representa un momento clave en la tradición del amour fou que existe desde los tiempos clásicos, y un hito en la historia de la perspectiva femenina sobre los eternos temas de la Locura y el Arte. Tanto en el Debate , heredero del conflictus latino y de los estudios de Bembo y Erasmo, como en la hazaña verbal de las Elegías, Labé se explaya sobre los gozosos costos de las "galanterías" con una mirada que, sin desconocer las referencias mitológicas ni los tópicos petrarquistas de las quemaduras de amor, el Arquero vencedor, la frialdad de la dama y los suspiros de alcoba, establece en ese canon una fisura sutil. En uno y otro caso, se trata siempre de una mirada laica, casi sacrílega: la voluptuosidad, testaruda, insiste en hacer la apología de la "carnal reciprocidad amorosa", se niega a abandonar la narrativa del cuerpo, a olvidar las caricias y la desnudez, a "espiritualizar" el deseo de posesión real del ser amado. Labé, quiero decir, saquea el arsenal convencional para darle un uso no convencional: los éxtasis de la poesía cortés y la casuística amorosa al itálico modo no son para ella sino el ferviente cauce por donde circula una poesía de reproches a un misterioso amigo, una ocasión para mezclar los largos catálogos de superlativos con una descripción realista de las imperfecciones del amado, el lírico flirteo con la invectiva cruel. (A veces, su voz parece la de una pequeña ave de presa.)
Tampoco desde la perspectiva de la forma su acatamiento es total. Al elegir el soneto, que Du Bellay había recomendado sólo seis años antes, no olvida que Lyon ha sido la primera en balbucear esta forma poética robada a los italianos por Mellin de Saint-Gelais, enemigo número uno de la Pléiade. Su gesto, que respeta las preceptivas de París en lo que hace a "la buena manera de hablar francés" (usar infinitivos y adjetivos como sustantivos, por ejemplo), se obstina sin embargo en los encabalgamientos, las variaciones de esquemas silábicos, los hiatos y las rimas inseguras en los tercetos, estableciendo un puente entre la parisina Pléiade y la Escuela Lionesa, no una sumisión.
Tan lejos de la pompa como del virtuosismo, los Sonetos representan así un desvío: son, en su obcecada belleza, la marca de una diferencia. Intrincados en su estructura, nunca se tornan, como en el caso de Maurice Scéve ( Microcosmos, Blasones ), herméticos ejercicios metafísicos. Su indiferencia frente a los poderosos (no hay alabanzas en ellos, como en Ronsard) se extiende a las intrigas, encarcelamientos, persecuciones religiosas, huelgas y demás violencias y perfidias que la autora debe haber visto o vivido en su ciudad natal. Como una suerte de política de no intervención o quizá como un resentimiento frente a un estado de cosas que la expulsaba, por ser mujer, de la esfera pública, Labé responde con una obra desesperadamente muda frente al "infierno" de su época, concentrando su ambición en un manantial único: la inagotable intriga del amor. Desde ese hogar riesgoso, la "abandonada" se dirige al alma infiel, transita el infortunio de la espera y, después, por elevación, advierte a otras enamoradas: el movimiento excéntrico de la ausencia, en el revés de su propia trama, se vuelve instrucción.
Considerados como uno de los tesoros de la poesía lírica universal, los Sonetos son, ante todo, una música de irrepetibles endecasílabos. Un monólogo a veces dubitativo donde prima una visión melancólica del amor, una pasión escrupulosa, compulsiva, por todo aquello que se escapa. No hay en ellos emblema ni elegancia más terrible que esa fruición. En sus fantasmas, deseos, desencantos y otros litigios, Labé ha proyectado su gran sombra, la sombra de su gran batalla adentro del lenguaje, que hace de la zozobra un fervor, de ciertos "dardos" una alegría profundamente dolorosa.
Entre 1559 y 1566, fecha de su muerte, su mundo se derrumba en una minuciosa cadena de catástrofes privadas. En 1559, muere Olivier de Magny, el amante. En 1560, el poeta Maurice Scéve. En 1561, Clémence de Bourges, la amiga dilecta de la Dedicatoria. En 1565, Ennemond Perrin, el marido. Retirada en su propiedad de Parvieu, lejos de Lyon, la belle cordiére es arrasada por la peste, a los 44 años.
Como Gaspara Stampa, como Christine de Pisan, Pernette du Guillet, Anna de Noailles o más tarde, Marceline Desbordes-Valmore, Louise Labé escribió una obra libre de las convenciones de su época que, por eso mismo, tiene la eficacia de una imantación. También la resonancia de una promesa cumplida, el trazo firme de un círculo que, soñado como abrazo generoso a Clémence de Bourges, esa joven en la aurora de sí misma, deslumbra en la enseñanza de una audacia que se extiende hasta hoy. El tiempo de ateliers , delfines y torneos, es cierto, ya no existe. Pero el mensaje sigue vivo. Instalada en su salón, o más precisamente en ese lujo denso que es la escritura, la poeta medita en su osadía y sonríe. Ha cultivado el asombro, como quien ansía el regalo de la incesante desgracia, y también el trabajo de la felicidad de existir. Ha preferido los enigmas. La impertinencia, a ciertas facetas del mundo que no saben soñar. El juego, pura y sabiamente verbal, a la "conversación sin fin" de su lamento. Sonríe como quien lo espera todo, hace tiempo, del fracaso, de su vértigo dulce, de su altura secreta, cincelada.
La autora ha publicado una versión de Sonetos , de Labé, en Lumen.



