Lucian Freud al desnudo

El brutal estilo del pintor británico, uno de los artistas vivos más caros del mundo, se revela con mayor crudeza en sus grabados; gran parte de estos trabajos se exhiben hasta marzo en el Museo de Arte Moderno de Nueva York
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12 de enero de 2008  

Más que abrir nuevos surcos, el pintor realista británico Lucian Freud, que acaba de cumpir 85 años, excavó incesantemente los estratos antiguos. Así, intensificó hasta un grado perturbador nuestra comprensión de los hitos familiares de la pintura figurativa. Entre ellos están la figura y su vida interior, la relación artista-modelo, el desnudo aislado en la intimidad del taller, el arduo proceso de ver y pintar la realidad y, por último, el lugar del espectador en todo esto. En la obra de Freud, todos estos jalones se tornan macabros y aun terroríficos. En gran medida, lo ha conseguido pintando sólo a personas que conoce y aprecia. Sus telas nunca nos dejan perder de vista el esfuerzo de pintar.

Decir que la densidad, plasticidad y colorido de sus óleos le proporcionan un escondite sería simplificar las cosas. Sin embargo, la atrapante muestra Lucian Freud. Los grabados del pintor , en el Museo de Arte Moderno (MoMA), quizá nos deje esa impresión. Tal vez lleguemos a la conclusión de que sus grabados son más severos, crudos y brutales que sus pinturas. Acercan más a la superficie la violencia de su estilo.

Comparados con las exploraciones de sus pinturas, los grabados casi podrían ser radiografías. Los mejores nos muestran imágenes vistas de costado, cual estructuras parcialmente envueltas en redes (a menudo, líneas y sombreados a modo de manchones alucinantes). Las marcas frenéticas tienen vida propia y, a la vez, una coalescencia de carnes, rasgos y expresiones implícitos.

A veces, esto ocurre con un minimalismo pasmoso. Por ejemplo, en sus pinturas y grabados de una misma mujer, rubia y desnuda (1985-1990); en los grabados, su cuerpo flota en el espacio. Otras, la coalescencia es una arquitectura cabal de líneas, como en el gran Lord Goodman en su pijama amarillo (1987). Ambas imágenes casi podrían construirse con finos alambres: somos plenamente conscientes de su delgadez y del papel blanco que está detrás.

La muestra de casi 100 obras, montada por Starr Figura, curadora adjunta de impresos y libros ilustrados del MoMA, no es la primera gran reseña de los grabados de Freud en Estados Unidos. Pero aquí hay 66 grabados (sólo faltarían 16 para tener su producción completa) contra 21 pinturas: es una buena proporción. A menudo, los cuadros nos dan un respiro sin constituir una escapatoria.

La traza brutal de los grabados ya se insinúa en el diminuto Una pareja (1982) y, a continuación, se manifiesta abiertamente en tres grabados de la madre de Freud (1982) y dos retratos de ella de principios de los 70, cuando su realismo espeso comenzaba a cuajar. La compostura de éstos contrasta con el tumulto de aquéllos. En 1982, Freud llevaba 24 años sin hacer grabados.

La muestra arranca con unos pocos grabados de 1947-1948, obras tempranas de este artista nacido en Berlín, en 1922, que en 1932 emigró a Londres con su familia huyendo del nazismo. Su estilo lineal, controlado, connotaba una necesidad de orden y una preferencia por la tensión emocional satisfecha por imágenes pequeñas, vistas en ángulos extraños y estrechamente enmarcadas, más aptas para la pintura que para el grabado. Pero en su cuadro Hombre con cardo (Autorretrato) , de 1946, ya apunta su obsesión por la textura y lo extraño.

El pintor Francis Bacon, íntimo amigo suyo, lo indujo a dejar sus pequeños y rígidos pinceles de pelo de marta cebellina por otros de cerda, más suaves y menos dóciles. A fines de los 50, Freud ya pintaba figuras que recordaban la obra de Frank Auerbach. Después recapturó su detallismo temprano y creó superficies más atormentadas.

Su retorno al grabado fue casual: aceptó un encargo para insertar algunos en 100 ejemplares de la monografía de Lawrence Gowing sobre su obra. Retomó el camino donde lo había dejado, con primeros planos de rostros femeninos, pero con una captación más física del trazo. En Cabeza sobre una almohada , las líneas esquían sobre el papel definiendo la almohada, el cabello y la camisa, pero arrojan sombras sobre el rostro. Los retratos de su hija Bella nos permiten seguir su evolución. El primero es una pequeña y hermosa pintura de 1981. Una serie de grabados culmina en el arduo retrato de 1987, donde la grandeza topográfica del rostro no afecta su expresión pensativa.

En muchos sentidos, la crueldad de la luz presentada en blanco y negro potenció sus grabados. Cabe imaginar que Freud tomó conciencia de esto al crear la obesa y soñolienta Mujer con un brazo tatuado (1987). El ojo vuela sobre el inmenso bíceps y el corpiño, semejante a un campo arado, para toparse con la nariz aplastada.

La manipulación de la luz es extrema en los 90, con retratos que casi parecen pintarrajeados en son de guerra. Tres retratos masculinos, de 2005 y posteriores, indican una mayor suavidad y grandeza nacientes en sus grabados. Junto con dos autorretratos, cierran adecuadamente esta embestida de su arte impreso.

Quizá sea la primera muestra neoyorquina que da el trato justo a los grabados de Freud. En las anteriores, el peso de sus pinturas tendía a ser abrumador. Al otorgarles una ventaja de 3 a 1, los grabados demuestran que Freud es bueno, tal vez mejor, al viajar con equipaje liviano.

  • adnLUCIAN FREUD Pintor y grabador, nieto de Sigmund Freud y uno de los artistas vivos más caros del mundo. Nació en Berlín en 1922 y a los 10 años emigró a Gran Bretaña, donde se nacionalizó. En noviembre batió su récord: Ib y su marido se vendió en Christie´ s a US$ 19, 4 millones.
  • FICHA : Lucian Freud. Los grabados del pintor, en el MoMA . Hasta el 10 de marzo.

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