
Manuel Mujica Lainez
En las tres décadas de la fiesta anual del libro se vivieron muchos momentos especiales. Uno de los más conmovedores se produjo hace veinte años, el 21 de abril de 1984, cuando el autor de Bomarzo falleció en Córdoba, mientras en Buenos Aires se desarrollaba la Feria. Hoy, a dos décadas de su muerte, a modo de homenaje al escritor, publicamos imágenes y textos inéditos de sus álbumes secretos. Además, el pensador Santiago Kovadloff reflexiona sobre el acontecimiento cultural que convoca a lectores y autores
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Una historia confidencial
Por Hugo Beccacece
De la Redacción de LA NACION
Manuel Mujica Lainez detestaba aburrirse. En 1963, una hepatitis lo confinó a su dormitorio. Para combatir el tedio empezó a pegar en unos álbumes de tamaño considerable retratos de familia, de sus amigos y los recortes de las noticias que le llamaban la atención. Lo hacía de acuerdo con su refinado y divertido sentido del diseño. Cada página fue concebida como un cuadro. Las imágenes están acompañadas por comentarios manuscritos en los que no faltan los toques irónicos y la malicia característica de "Manucho", por lo que sólo fueron mostrados a los íntimos del autor y a personas de absoluta confianza. Cuando el escritor murió había completado ocho álbumes, el noveno quedó inconcluso.
LA NACION viajó a Córdoba para realizar una selección de ese material, actualmente en poder de la Fundación Manuel Mujica Lainez. Sus directores, Inés de Allende y Eduardo Arnau facilitaron gentilmente la colección para que parte de ella fuera reproducida en este diario.
Por el contenido íntimo, los juicios a menudo acerados y sarcásticos sobre personalidades aún vivas, así como por la extensión de Mis fotografías, es poco probable que los álbumes sean publicados íntegramente en un futuro cercano. Existe el proyecto de hacer una antología de las páginas "publicables". Por lo tanto, este anticipo es un privilegio reservado a los lectores del diario en el que Mujica Lainez trabajó tantos años.
Mis fotografías
Por Manuel Mujica Lainez
- Eva Perón y Vitullo. Me ha contado Ignacio Pirovano, quien almorzó ayer, 22 de julio de 1979, en El Paraíso, que en 1950, durante el gobierno de Perón, y siendo él Director de Cultura (creo que el título era así), un señor del Carril, entonces encargado de negocios argentinos en Francia, lo consultó sobre el escultor a quien convenía encargar un busto de Evita para colocarlo en nuestra embajada en París. Ignacio aconsejó enseguida que la obra se confiase a Sesostris Vitullo, nuestro compatriota, quien residía en esa capital hacía largos años. La sugestión fue aceptada; Ignacio proveyó a Vitullo la necesaria documentación, y en 1952 terminó éste el que sería su último trabajo. Lo exhibió en la embajada, y los diplomáticos --sin duda espantados porque no les había confeccionado la imagen convencional de una muchacha bonita, sino una imagen recia, un símbolo fuerte y dramático, y porque no sabían cómo sería acogida esa interpretación en Buenos Aires-- optaron por guardar el más absoluto silencio, prescindiendo de comentarla. Como ese mismo año se concretó la invitación consagratoria para que Vitullo realizase una exposición retrospectiva de 45 obras, en el Museo de Arte Moderno de Parìs, quiso el artista incluir en ella su visión de Eva, a la que definió como "arquetipo símbolo". Fue en vano. Nunca consiguió que se la dejasen sacar de la embajada. Algo después, el 17 de mayo de 1952, murió Vitullo, quien había sufrido una larga miseria. Ocho días permaneció su cadáver en la morgue de París, pues su viuda no tenía con qué pagar el entierro. Por fin se cotizaron sus vecinos, y éste se llevó a cabo, modestamente. Desde entonces, el monumento a Evita sigue oculto en nuestra embajada de la Ciudad Luz, pese a que las obras de su autor fueron trasladadas a Buenos Aires y expuestas en el gran hall de entrada del Teatro General San Martín, donde las he visto. ¿Qué pasará ahora? ¿Se decidirán las autoridades a ubicar el monumento en el sitio para el cual fue creado? ¿Lo traerán a nuestra capital? ¿Continuarán relegándolo? ¿Será su destino un sótano parisiense?
- En 1962, Joan Crawford vino a Buenos Aires. Vino como presidenta de la Pepsi Cola. Esta foto fue tomada en el Plaza Hotel, con un fondo fotográfico de Pepsicolas. Espléndidos los ojos y las esmeraldas; los dientes norteamericanos, perfectos. Quizás yo tenga algún día unos iguales. Muy simpática... fotográficamente. Debe tener un carácter difícil. Una magnífica actriz, como demostró hace poco en el film Baby Jane.
- Mejor periodista que escritor (aunque poseía el don envidiable del adjetivo insólito) y mejor conversador que periodista, fue Alberto Gerchunoff, mi gran amigo y maestro de LA NACION. Sus réplicas han sido célebres. La que le dio a la Princesa Puczyma es perfecta. La Princesa, perteneciente a la gran nobleza polaca, trabajaba en el archivo de nuestro diario. Odiaba a los judíos. Un día, estaba en un cocktail, rodeada de gente cuando lo vio entrar a Alberto. "Díganos, Gerchunoff --lo interrogó con su autoritaria voz hombruna-- ¿es cierto que usted es judío?" y él, enseguida, sin vacilar: "Sí, Princesa, y cuando usted quiera puedo poner la prueba en sus manos".
- Tomezo Hoschino masajea la rebelde nuca del popular corredor de automóviles Fangio . De cuantos hasta ahora se han ocupado de mi agresiva artritis, Hoschino, ángel y verdugo, parece ser el más próximo a dar en la tecla. Además, mientras me tortura, el snobismo profesional de este artista japonés hace desfilar por mi dormitorio la memoria de sus grandes pacientes. Elsa Maxwell, Paulette Goddard, Maurice Chevalier, Victoria Ocampo, Zelmira Paz, el general Aramburu, el cardenal Copello, Arturo Rubinstein , etc., con regocijo para mi imaginación y angustia para mi cartera que aguarda la cuenta de sus honorarios.
- Entrega del Premio Helena Rubinstein de Pintura, en la galería Bonino de Buenos Aires, el 11/12/1956. De izquierda a derecha: yo, Helena Rubinstein , princesa Gourielli, mujer que embelleció todos los rostros femeninos menos el propio, al que disimuló con el esplendor de alhajas fabulosas; Héctor Basaldúa , ganador del premio, y Alfredo Bonino .
- ¡Admirable Mateo Booz , tan contradictorio, con su carácter áspero y refunfuñón y su corazón de oro! Durante varios años, cada vez que he ido a Santa Fe para ver el Salón de Bellas Artes y hacer su flaca crítica, ha sido mi compañero. Pasé con él, con Ricardo Caillet Bois y con Nicanor Molina , las escasas horas que mediaban entre un tren y otro. Así, curiosamente, se cimentó una amistad, que se nutría de un contacto anual fugitivo y de unas pocas cartas. Pero éramos amigos. No se me hubiera ocurrido ir a Santa Fe, aun de paso, sin verle. Habíamos inventado un parentesco --que después de todo no era tan definitivamente fantástico-- y que estrechaba nuestra relación. El apellido de su padre era Correa; el de su madre, García Lainez; y, como los nuestros, sus Lainez procedían de Roto, cerca de Cádiz. Por eso yo lo llamaba Tío Mateo, y él me llamaba sobrino. Cuando murió, en 1943, sentí un verdadero dolor y comprendí cuánto quería a ese hombrachón criollo de las respuestas ingeniosas y el malhumor fingido, y al realizar mi acostumbrada visita a Santa Fe, me acosó su ausencia. Pero si no estaba él para recibirme, estaba su busto de bronce, en el parque, cerca del viejo convento de San Francisco que con él recorrí tantas veces. ¡Pobre Mateo Booz! Se ha hecho justicia.
- Las cartas natales corresponden a los generales Onganía (la de la izquierda) y Rosas , y han sido trazadas por el horoscopista Horangel . Las pegó aquí porque nunca se sabe... Quizá, más adelante, haya que consultarlas.
- Corresponde esta foto a la época de gran esplendor de Miguel de Molina , a la de los teatros llenos que lo aplaudían cuando cantaba "La hija de Don Juan Alba" y demás, al tiempo de su infinita colección de blusas, que envidiaban las mujeres; al de sus alhajas y mentadas aventuras. Comí entonces con él en el "rancho" de Susana Pérez Irigoyen , en Martínez. El cantor llegó tardísimo, y lo hizo con gran desparpajo, en compañía de un luchador del Luna Park (catch-as-can), cuyo vínculo con él resultaba bastante obvio. Nos sedujo a todos, con su elasticidad, su gitanería, su divertido afeminamiento, sin pelos en la lengua. [...]
Después, al envejecer, al repetirse, decayó. Lo he visto en el jardincito de su casa barroca y muy clausurada y llena de estatuas, de Belgrano, regando plantas en shorts, cansadas ya e impresentables las nerviosas piernas de antaño.
- En agosto de 1966 escribí la letra de un tango llamado "Como nadie", para un long play que reunirá catorce tangos debidos a otros tantos escritores (Marechal, Borges, Sabato, Girri, Mastronardi, etc.) y a los compositores más prestigiosos. Aquí estoy con Ben Molar , creador de ese disco, Ernesto Sabato, Aníbal Troilo y Lucio Demare. Este último es el autor de la admirable, conmovedora música de "Como nadie". Cuando la tocó para mí al piano por primera vez nos abrazamos, puchereando.
- Marta Lynch , al agradecer en la Librería Atlántida (octubre de 1965) mi presentación de su recia novela, Al vencedor, tuvo la generosidad de decir públicamente que yo soy uno de los tres mejores escritores argentinos actuales, y también tuvo la política astuta de no nombrar a los otros dos, con lo que contentó a todo el mundo. ¿En quiénes habrá pensado? ¿Y seré yo en verdad uno de los tres?
- Esta eficaz fotografía de Jorge Luis Borges se debe a su amigo, colaborador y alter ego Adolfito Bioy . Al oír a Adolfito sin verlo se tiene la impresión de que quien habla es Borges. Al leerlo, muchas veces también.
- Mi muy querida amiga Julita López Pinedo de Jaúregui , la mujer con quien mejor me he entendido al conversar... a veces. Difícil y fascinante. Debió haber sido un personaje: prefirió la familia, el orden, la seguridad, la lectura junto a la chimenea. Quizás hizo bien.
- Durante mis finales y casi inactivos años de LA NACION, mi escritorio estuvo junto al de José Claudio Escribano , abogado, sagaz editorialista, buen conocedor de entretelones políticos. Un joven similar a lo que antes que él, fue Mariano Grondona. Dejo su imagen en esta página con la certidumbre de que, si se dan las cosas, dará que hablar en el futuro. Le gusta conversar y aprender conversando. Las charlas que mantuvimos en ese cuarto tres individuos tan diversos como él, Don Pepe Barcia, presidente de la Academia del Lunfardo, y yo merecieron grabarse.
- Héctor Bianciotti en Córcega, el año 1962. Este poeta, actor, vagabundo, charmeur, etc. nació en Córdoba, de gente modesta italiana. Ingresó en un seminario, movido por la vocación de escapar de su familia. A los 18 años lo dejó. Lo conocí en Buenos Aires a los 21. Era entonces un actor. Luego se fue a Europa y anduvo por Italia, España (muy amigo de Ana de Pombo) y por fin Francia, donde vive con Leonor Fini.
- Estas instantáneas, tan vitales, son las últimas fotografías de Mamá . Las tomó Lucio González del Solar en la terraza del comedor de El Paraíso, el mes de mayo de 1975. Mamá murió el 20 de agosto de 1975. Tenía noventa y uno. Sin duda hubiera vivido mucho más si no se hubiera caído, no se hubiera fracturado un hueso, no la hubiesen operado inútilmente. Yo estaba en Buenos Aires cuando se apagó. Volví en avión, enseguida. En el aeroparque de Córdoba me esperaba Claudio [Crespi], con sus padres y el Padre Pol. Había nevado durante la noche, y todo el camino hasta el Paraíso, que recorrimos en automóvil, desaparecía bajo un sudario inmenso. ¡Pobre!
- Silvina Bullrich con Jean Cocteau , en Cannes, mayo de 1957. A Silvina la conozco desde que era muy chica: ella tenía dieciséis años y yo veinte. Yo festejaba a su hermana Tití, la que casó con Jorge Pereda y murió muy joven. Tití era muy bonita, y Silvina, no. Por aquel entonces, Silvina y yo peleamos mucho. Luego nos hicimos amigos, muy amigos, y seguimos peleando. Naturalmente, con todos sus defectos, la quiero. Hay demasiado tiempo entre nosotros. Y después su audacia, su criticada audacia apasionada y práctica me parece bastante envidiable...
- Casamiento de Augustinita Marcó Roca con el marqués Vieri Antinori , en 1924. Augustinita ha sido una mujer de proyectos. Un día me llamó para contarme un argumento teatral que se le había ocurrido. Yo tendría que ocuparme de escribirlo; ella lo dirigiría; Anita [N de R: la esposa de MML] cantaría la parte principal; otros bailarían. Le hice notar que el argumento era el de El pájaro azul. Otra vez cuando yo era director de Relaciones Culturales, me sugirió que podríamos cambiarles a los griegos trigo por estatuas antiguas. A nosotros nos sobraba el trigo y a ellos las estatuas. Nosotros iríamos a Atenas a ocuparnos de la operación. Desgraciadamente, no pudo hacerse...
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Siempre me preocuparon las manos, como signo, como explicación. Cualquiera que haya leído mis libros habrá observado esa inquietud obsesiva. ¿Será porque de algún modo, oscuramente, presentía yo, al escribir, que el reumatismo deformaría mis manos hasta hacérmelas detestar? Y sin embargo, ¡cuántos beneficios le debo a su fiel constancia! Cuando escribía, enfermo, El Unicornio, debía, al aproximarme al final, hundirlas cada hora en agua caliente, para que continuaran ayudándome a manejar la pluma.
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A Leopoldo Lugones, lo conocí bastante, en LA NACION. Poco antes de su muerte, me invitó a almorzar, con Anita, en el Yacht Club. Estaban, además, su mujer, Juanita González, y el escritor español Eugenio Montes. Cuando, días más tarde, tuvimos en Mar del Plata la noticia de su suicidio, recordamos que durante ese almuerzo su insoportable mujer no había hecho más que contradecirlo irritantemente. Era un hombre fascinador.
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Desde chico me persigue la manía feliz de los objetos, la pasión de las cosas en las que el tiempo dejó su huella. Miembro de una familia en la que hubo varios coleccionistas, lo traigo en la sangre. Creo en la fidelidad, en la solidaridad conmovedora de los objetos.


