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Martino y Terragni, dos olvidados

De la estética simbolista, en una visión personal no exenta de crítica social, a la preferencia recurrente por los temas autóctonos.
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26 de marzo de 2000  

EL simbolismo es uno de los movimientos artísticos de mayor extensión en el tiempo y en el espacio. En su artículo "Gauguin y el simbolismo en la pintura", Albert Aurier (1865-1892) establece los siguientes principios simbolistas: 1) el simbolismo debe expresar una idea; 2) el idealismo debe ser expresado en formas; 3) debe ser sintético; 4) debe ser subjetivo, ya que lo representado no será considerado en cuanto representación sino en cuanto signo percibido por el creador, y 5) no debe perder su función decorativa, que le viene desde Egipto como resultante de la actitud sintética.

No tengo la certeza de que todos los artistas que han sido englobados como simbolistas se ajusten a todas estas normas. Pienso no sólo en los prerrafaelistas ingleses sino en Ensor, fiel representante de una tendencia que cautivó a los belgas tanto en arte como en poesía al estilo de Maeterlinck. Lo cierto es que hay algo de misterioso en el simbolismo, una capacidad de sueño creador. Por ello dijo Mallarmé, al referirse a su fallecido colega Villiers de L´Isle-Adam: "Un hombre habituado a soñar viene para hablarles de otro que está muerto". El origen del símbolo es una parte del amuleto que en Grecia se entregaba a otra persona, para reconocerse con el paso del tiempo, al cotejar ambas partes. Algo que es evidente y algo que está oculto.

A esta tradición maravillosa pertenece el artista argentino Federico Martino. Nacido en Buenos Aires en 1930, se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes, y más tarde, merced a una beca otorgada por el gobierno francés, se perfeccionó en la Sorbona. Luego de viajar por varios países europeos, una nueva beca de la Organización de los Estados Americanos le permitió hacer lo propio en los Estados Unidos. De 1960 data el Manifiesto Tiempista , en que Martino exponía sus principios pictóricos, entonces ligados a la abstracción. Su obra simbolizaba el tiempo a partir de bandas ondulantes que atravesaban grandes campos de color. Con los años, las abstracciones darían lugar a pinturas figurativas, realizadas con impecable oficio, característica de los simbolistas. Estas nuevas series de los últimos veinte años tienen en varios casos acentos religiosos, como su Paño de la Verónica , su Cristo y su serie del Apocalipsis .

En otros trabajos, los comentarios siempre simbólicos lo conducen a una suerte de crítica social, como en La edad del cerdo . También aparecen apreciaciones histórico-filosóficas, como en el caso de Ojos de América o el extraño rostro de la sabiduría, del que emanan lenguajes de fuego, presentes en su San Pedro en Pentecostés .

No siempre los mayores artistas reciben el debido reconocimiento en vida. Si bien los halagos no le fueron esquivos a Martino, pienso que el tiempo, que siempre pone orden, lo ubicará en el lugar de privilegio que le corresponde. En el transcurso del año veremos su obra en la galería Feldman y Asociados (Esmeralda 1274).

Artista y animador cultural

Sería una pena perderse la muestra de trabajos al óleo y a la acuarela de Atilio Terragni (1887-1962) que organizó la galería Colección Alvear. Nacido en 1887 en Buenos Aires, fue hijo del ebanista piamontés Emilio Terragni y de la genovesa María Canepa. Desde muy temprano manifestó excepcionales condiciones para el dibujo, lo que animó a su padre a enviarlo, primero, a la escuela particular Salvator Rosa y luego a la Academia Nacional de Bellas Artes, donde tuvo como profesores a Ernesto De la Cárcova y Eduardo Sívori. Más tarde obtuvo la beca Roma, que le permitió completar su formación en esa cuna del arte que es Italia. Terragni pudo prolongar esa beca gracias a su esfuerzo, y fue así como pasó una larga temporada en París y recorrió otros países europeos. De 1912 data su espléndida tela Leda , que expuso con gran éxito en la capital francesa.

De vuelta en el país, fue recomendado por Norberto Piñero al gobernador tucumano para que fuera contratado por la Universidad Nacional de Tucumán. Allí tuvo una destacada actuación su famoso rector, el brillante intelectual tucumano Juan B. Terán. En 1916 se inaugura el Museo Provincial de Bellas Artes, y en 1921 Terragni es designado director de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Tucumán, creada bajo su directa inspiración. A partir de entonces, y hasta su retorno a Buenos Aires en 1936, Terragni desempeña no sólo un activo rol de artista creador, sino además de gran animador cultural de la provincia. De esa época datan algunas de sus mejores obras, como su Cabeza de viejo (El rey Lear) o sus paisajes de gran aliento: Río Seco (1920) o el espléndido Atardeciendo , de la misma época. Mantiene el mismo nivel en todos los formatos, como puede apreciarse en esta exposición. Demuestra, además, notables condiciones de retratista, que en cierto modo culminan con su autorretrato de 1945.

El no haberse plegado a las corrientes del modernismo que desfilaron durante la primera mitad del siglo ha conspirado para que Terragni fuese marginado como pintor académico, apreciación a mi entender injusta, que abarca con la misma injusticia a maestros que fueron sus pares, como Antonio Alice. Ningún pintor académico, y menos europeo, hubiese podido plasmar la obra de Terragni, empapada de amor por los temas autóctonos que la inspiraron y el interés por cada uno de sus retratados. Nadie está obligado, desde el punto de vista artístico, a plegarse a modalidades estilísticas que no se avengan con su carácter y autenticidad. Revalorar, pues, la obra de Atilio Terragni deviene un deber que cumple con inteligencia Celia Terán en el libro editado por Gaglianone.

( En Colección Alvear, Av. Alvear 1658, hasta el 9 de abril ).

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