
Más allá de la vigilia
Acaban de cumplirse ochenta años de la publicación del Primer Manifiesto surrealista. El movimiento liderado por André Breton, la más influyente de las vanguardias artísticas, marcó las creaciones del siglo XX con un espíritu poético irreverente y antiburgués
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Aunque el Primer Manifiesto surrealista fue conocido en París a comienzos de 1925, en realidad ya el 15 de octubre de 1924 las ...ditions du Sagittaire habían terminado de imprimir el libro, que llegaría días después a las mesas de las librerías bajo el título, hoy famoso, de Manifeste du surréalisme suivi de Poisson soluble (Manifiesto del surrealismo seguido de Pescado soluble), y firmado por André Breton.
En múltiples sentidos, el surrealismo coronó las vanguardias europeas. No tanto por un mero factor temporal sino por su capacidad para concentrar los rasgos esenciales de la vanguardia, los que la hicieron irrepetible, diferente de cualquier movimiento de ruptura anterior o posterior. Me refiero, en especial, a los cuestionamientos de los contextos sociales, políticos y culturales de su tiempo, a la puesta en escena privilegiada del arte como motor que impulsaría, en sus designios, los cambios en la realidad y, como sostiene Peter Bürger, al "intento de organizar, a partir del arte, una nueva praxis vital".
Desde la aparición del Primer Manifiesto, el movimiento alcanzó una repercusión inesperada. Como lo señala uno de sus relevantes historiadores, Maurice Nadeau, "El surrealismo había roto los círculos nacionales del arte y traspasado las fronteras. Ningún movimiento estético anterior, incluido el romanticismo, tuvo esa influencia y esa repercusión internacionales. Se convirtió en el agradable sustento de los mejores artistas de cada país y fue el reflejo de una época que, también en el plano artístico, debió considerar sus problemas en relación con el mundo. [...] Nacido en París de una decena de hombres, no se redujo a Francia, sino que se extendió hasta las antípodas. Mucho más que un pequeño cenáculo artísticamente parisiense, tuvo adeptos e influyó en hombres de Inglaterra, Bélgica, España, Suiza, Alemania, Checoslovaquia, Yugoslavia, y aun de los demás continentes, como África, Asia (Japón), América (México, Brasil, Estados Unidos, Argentina)". El movimiento no sólo influyó decisivamente en la literatura sino también en la pintura -como puede verse en las obras de Salvador Dalí, Max Ernst, Giorgio de Chirico, René Magritte y Wilfredo Lam- y en el cine, muy especialmente, en los films de Luis Buñuel.
Fundado sobre los restos del dadaísmo y de sus reivindicaciones de una belleza convulsiva y antiestética, el surrealismo se convirtió en la fuente de todos los cambios posteriores. Un rasgo que unía a los fundadores era la práctica poética. A Louis Aragon, André Breton, Benjamin Péret y Philippe Soupault pronto se sumaron Robert Desnos, Paul Eluard, Morisse, Naville, Picon, sin olvidar el papel que, en distintos momentos, desmpeñaron Antonin Artaud, Tristan Tzara, Dalí.
Desde aquel primer manifiesto hubo otros que fueron precisando, cuando no revisando, los postulados iniciales, entre los fundamentales, el "Segundo Manifiesto" (1930) y los "Prolegómenos a un tercer manifiesto surrealista o no" (1942). Habría que agregar los textos personales de André Breton: "Prefacio de la reimpresión del ?Manifiesto´" (1929), "Situación del objetivo surrealista" (1935), "El surrealismo en sus obras vivas" (1953).
El Primer Manifiesto establecía los principios del movimiento: el automatismo psíquico; la función de los sueños y las alucinaciones; la creación libre, sin las limitaciones del mundo concreto. Aunque los llamamientos a un mayor vínculo con la realidad (contactos con la sociedad, con la política, con las ideologías) vendrían después, las semillas de futuras adhesiones sociales y políticas estaban sembradas allí. Una declaración pública del mes de enero de 1925 puntualizaba: "El surrealismo no es un medio de expresión nuevo o más fácil, ni tampoco una metafísica de la poesía. Es un medio de liberación total del espíritu y de todo lo que está unido a éste. [...] Hemos abrazado la palabra surrealismo con la palabra revolución solamente para mostrar el carácter desinteresado, desprendido e incluso completamente desesperado de esta revolución".
De tal modo, la presencia del consolidado psicoanálisis fue siendo paulatinamente desplazada por las posturas políticas y sociales, y Sigmund Freud por León Trotsky. Hacia 1929, esa tendencia incubó su propia crisis. La incorporación de los surrealistas a la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios, la adhesión de Aragon al Partido Comunista, el rompimiento por parte de Breton de sus lazos con los comunistas debido a las crecientes simpatías con el trotskismo y su viaje a México, donde visitó al líder perseguido por el estalinismo, cambiaron resueltamente la atmósfera estética de esta vanguardia y contribuyeron a su pérdida de especificidad y fuerza.
Es cierto que los avatares políticos de algunos de sus miembros desdibujaron o subordinaron los valores y los aportes estéticos del movimiento, pero también lo es que así se fue perfilando la ideología de las vanguardias: en el contacto con los movimientos políticos y sociales del siglo XX y, necesariamente, con las tendencias y los partidos en disputa, sobre todo con aquellos que se atribuían la representación de las fuerzas proletarias y populares que habrían de impulsar, a ojos de los mismos artistas, el progreso histórico.
Es de hacer notar también el peso de algunas individualidades singulares, en particular la de Breton, que invistió la representación del movimiento a lo largo de su existencia y lo mantuvo contra toda incomprensión, todo cansancio, toda repetición y toda pereza. Fue Breton, sin duda, mucho más que el iniciador y su permanente portavoz, y las prácticas políticas del movimiento están indisolublemente vinculadas a esta decisiva personalidad.
En 1927, había adherido al Partido Comunista, con algunos de sus amigos. Mal recibidos, siempre sospechosos de desviacionismo cultural o izquierdizante, tuvieron que irse rápidamente. Pero quedó en ellos la convicción de que el surrealismo sólo tenía sentido al precio de un compromiso político preciso. Breton, se dice, había leído el Lenin, de León Trotsky, y estaba fuertemente impresionado. Pasó después por las luchas antifascistas, por la imposibilidad de participar en el Congreso de Escritores por la Defensa de la Cultura (1936), por los primeros "procesos de Moscú" que consagraron su ruptura con los comunistas. En 1938 viajó a México y se encontró con Trotsky; con éste y el pintor Diego Rivera, dio a luz el manifiesto "Por un arte revolucionario independiente", absolutamente opuesto a la línea cultural representada en la URSS por el bien afirmado zhdanovismo.
Breton había roto relaciones con Aragon en 1932; años más tarde rompió también con los poetas Robert Desnos y Paul Eluard (quien continuaría muchos años seducido por el comunismo ortodoxo). Durante la guerra, descartado como soldado en la zona libre, actuó en Marsella en el "Comité de socorro americano a los intelectuales" y fue perseguido por la policía de Vichy. En 1941, se embarcó hacia los Estados Unidos, donde vivió exiliado y trabajó como locutor para "La voix de l´Amérique". Luego de diversas peripecias sentimentales e intelectuales, escribió su "Oda a Charles Fourier", en la que glorifica el socialismo utópico y acaba definitivamente con las diversas variantes de la ortodoxia marxista. Al retornar a Francia después de la guerra, continuó con una actividad política que lo llevó a enfrentarse a la guerra en Indochina, a la invasión soviética de Hungría y a la guerra de Argelia y sus "métodos de pacificación". Paralelamente, animó diversas revistas surrealistas: Néon (1948), Médium (1952), Le surréalisme, même (1956), La Brèche (1961). Falleció el 28 de septiembre de 1966.
El principal animador de dadá, y uno de los faros del surrealismo, Tristan Tzara, echó en 1974 una mirada retrospectiva, pasada la Segunda Guerra Mundial y alejado él mismo de la batalla estética y literaria. En "El surrealismo y la posguerra", Tzara subrayó pasos fundamentales del movimiento y enhebró con el presente "a la tradición revolucionaria específicamente poética, a los poetas ?malditos´, a su espíritu casi heroico frente a los conformismos de la burguesía. Esa tradición, a través de Nerval, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Mallarmé, Jarry, Saint-Pol-Roux y Apollinaire, expresó las diferentes tendencias que van de lo maravilloso al humor, en una visión del mundo a la que, hoy todavía, la poesía no sabría renunciar". Señaló por eso que "Dadá nació de una exigencia moral" y recordó la característica que los estudiosos aceptarán como esencial de su movimiento, de todas las vanguardias y del surrealismo: "no quisimos que subsistiera una distinción entre la poesía y la vida: nuestra poesía era una manera de existir".
Paradigmático en las rupturas que consagró y en las puertas que abrió para la creación estética, el surrealismo lo fue también por las desavenencias y malestares entre sus componentes, los que signaron uno de los capítulos fundamentales de la disidencia entre las vanguardias artísticas del siglo XX y las llamadas vanguardias políticas. Acaso por haber sido las primeras en ver y en denunciar las incongruencias de éstas y sus atrasos ideológicos.
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