
Maurizio Cattelan en la Argentina: “La atención se ha convertido en un mercado, cualquier gesto puede transformarse en dinero”
El artista que provocó un debate global en 2019 al vender una banana por más de 120.000 dólares, luego subastada por 6,2 millones, prepara en Fundación Proa su primera muestra individual en Sudamérica
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“Maurizio sólo responderá preguntas por mail”, anuncian desde Fundación Proa, mientras Cattelan se pasea por La Boca y muestra en redes sociales cómo comienza a preparar su primera muestra individual en Sudamérica. Parece otro golpe de efecto del artista que provocó un debate global en 2019, cuando vendió por más de 120.000 dólares en Art Basel Miami Beach una banana pegada con cinta en la pared. Cinco años más tarde, Comedian se remataba por 6,2 millones de dólares y el comprador, Justin Sun, se comía la fruta.

“En realidad, esta vez fuimos nosotros quienes nos pusimos en contacto contigo. He aprendido que organizar una exposición y darla a conocer son dos tareas distintas”, se justifica Cattelan, quien también optó por el perfil bajo cuando visitó Buenos Aires para participar de Art Basel Cities con un cementerio de muertos vivos. “No se trata de buscar más atención para mí. Lo que quiero es que mi obra tenga público, especialmente en un lugar donde no he expuesto antes”, agrega uno de los artistas contemporáneos más famosos del mundo.
A la hora de recibir al fotógrafo de LA NACION, sin embargo, él mismo pide montar una performance con un doble de Diego Maradona, que le entrega una copia de la Copa del Mundo a cambio de una banana. Y promete que por mail “podemos mantener una conversación, y quizá continuarla en persona cuando se inaugure la exposición”, que aún no tiene título y abrirá en marzo como parte de las celebraciones por los treinta años de Proa.

-¿En qué consistirá tu muestra en Fundación Proa?
-Es mi primera exposición individual en Sudamérica, y me gustaría crear algo que pertenezca a este lugar en particular. Proa se encuentra en La Boca, un barrio con una identidad muy marcada. El museo no existe de forma aislada; están la calle, la gente que pasa, los edificios de los alrededores. Me interesa lo que sucede cuando una exposición empieza a interactuar con todos esos elementos. Estamos contemplando intervenciones que involucren al propio edificio, posiblemente incluso su exterior, de modo que la muestra podría comenzar antes de que los visitantes crucen la puerta. Todavía estamos probando ideas; es probable que algunas queden descartadas en el proceso. Prefiero no revelar demasiado por ahora. Me gustaría que la gente llegue sin saber exactamente qué es lo que va a encontrar.

-¿Planeás una intervención similar a la que realizaste en el Guggenheim, cuando instalaste un inodoro de oro en uno de los baños?
-America era un inodoro real y funcional, hecho de oro macizo. Ese era el aspecto fundamental. Cualquier persona que visitara el Guggenheim podía usarlo. Había que hacer fila, igual que en un baño común, y luego uno se encontraba a solas con un objeto valuado en millones de dólares. Durante unos minutos, todos recibían el mismo trato. Ricos o pobres, famosos o desconocidos, todos estaban allí por la misma razón. Y, después, alguien tenía que limpiarlo. Me gustaba el hecho de que no fuera necesario tener conocimientos de arte contemporáneo. Se podía experimentar la obra sin siquiera saber mi nombre. Pero no me gustaría repetir aquello en Proa. El desafío consiste en descubrir algo que cobre sentido en ese lugar, no en reproducir un éxito anterior.

-El año pasado, ese inodoro fue subastado por más de 12 millones de dólares. En una entrevista reciente con El País, dijiste que el precio forma parte de la obra de arte. ¿En qué sentido?
-El precio de salida se basaba en el valor del oro en sí. Más de cien kilos. Me pareció fascinante. Por un momento, la obra de arte se valoraba casi como materia prima. Luego, alguien pagó más de doce millones de dólares por ella. Nos guste o no, esa cifra cambia la forma en que la gente percibe el objeto. Ahora forma parte de su historia. Pero existe otra versión de America que fue robada de un palacio inglés en 2019 y que, al parecer, fue fundida. Aparentemente, alguien valoraba más el oro que la obra de arte. Un inodoro sobrevive como arte; el otro, tal vez, desapareció convertido en oro. No inventé esa historia. Sucedió después de que las obras salieran de mis manos.

-En 2018 visitaste Buenos Aires para participar de Art Basel Cities con un cementerio comunitario. ¿Cómo fue esa experiencia y qué tumbas te sorprendieron más?
-Recuerdo la inauguración. Se suponía que todos debían vestir de negro, como si asistiéramos a un funeral. Yo llegué con una chaqueta que tenía la inscripción «NEW SHIT» en la espalda. El proyecto se titulaba Eternity. Invitamos a artistas a crear tumbas para personas que no estaban necesariamente muertas. Algunos eligieron a sí mismos; otros, a amigos, celebridades o figuras políticas. Es un ejercicio extraño: erigir un monumento a alguien que todavía puede venir a verlo. Habíamos intentado algo similar en Carrara, pero en Buenos Aires fue completamente distinto. Más colorido, menos formal; a veces afectuoso, otras veces bastante despiadado. Había cerca de doscientas tumbas, y no me atrevería a confiar tanto en mi memoria como para elegir una favorita ocho años después. Lo que sí recuerdo es caminar entre ellas y encontrar cosas que a mí jamás se me habrían ocurrido. Por una vez, yo aporté la idea, pero otras personas la llevaron a un lugar que yo no podía prever. Disfruté dejándome sorprender por mi propia exposición.

-¿Qué opinás sobre el hecho de que muchas personas te consideren un “provocador”?
-Difícilmente puedo culparlas. He creado un Papa golpeado por un meteorito, un Hitler arrodillado y un inodoro de oro. No es, precisamente, una obra que pase desapercibida. Pero nunca he entendido por qué provocar a alguien debería considerarse un logro en sí mismo. Es una de las cosas más fáciles del mundo. Lo difícil es crear algo que la gente siga queriendo mirar años después. Y, a veces, las obras que causan más revuelo no son las que yo esperaba. Ya me he equivocado antes respecto al público; estoy seguro de que volveré a equivocarme.
-¿Y qué pensás sobre el hecho de que Justin Sun haya pagado más de seis millones por Comedian, se comiera la banana y la obra fuera considerada como un “chiste conceptual”?
-Antes de Comedian, pasé mucho tiempo intentando convertir un plátano en una escultura. Experimenté con otros materiales, pero nada funcionó tan bien como una banana real pegada a la pared con cinta adhesiva. Cuando apareció en Miami en 2019, desde luego no esperaba que se convirtiera en lo que fue. La gente se rió, se enojó, tomó fotografías y debatió sobre si aquello era arte. Alguien se comió la fruta. Fue reemplazada. Cinco años después, Justin Sun pagó más de seis millones de dólares por la obra y él mismo se comió una banana. Eso es totalmente coherente con la pieza. No compras una fruta concreta que deba perdurar para siempre. Pero ha ocurrido algo más a su alrededor. Hoy en día, la atención se ha convertido en un mercado en sí mismo. La gente puede transformar casi cualquier gesto en un acontecimiento, y ese acontecimiento, en dinero. La banana sigue siendo una banana. Casi todo lo que la rodea ha cambiado.
-¿Por qué solés apelar al humor en tu obra?
-Porque me gusta reír. No creo que sea una respuesta especialmente sofisticada, pero probablemente sea la más acertada. También pienso que el humor permite decir cosas que resultarían insoportables si se plantearan con seriedad. A veces es una forma de acercarse a algo; otras, una manera de mantener la distancia. Y no me fío de las personas que nunca se ríen de sí mismas. Aunque, probablemente, en alguna ocasión yo también he sido una de ellas.
-Tu exposición actual en Berlín es mucho más política y sombría; de hecho, se titula Noche. ¿A qué atribuyes este cambio?
-No estoy seguro de que sea un cambio. La muerte, la violencia y el poder ya estaban presentes en mis trabajos anteriores. Quizás lo que ha variado es la distancia desde la cual los observo. Berlín no es una ciudad donde la historia se sienta especialmente lejana. En la entrada de la Neue Nationalgalerie hay una gran réplica de madera de la Puerta de Brandeburgo. Parece un monumento, pero está hecha de un material que puede arder, pudrirse o ser desmantelado. Buscaba esa contradicción. También hay dos obras nuevas que resultan mucho más personales. Polvo es un extintor que contiene las cenizas de un amigo. Hablamos de la idea antes de que él falleciera. Ahora, sus cenizas están en un museo en lugar de en un cementerio. Después consiste en un perro durmiendo dentro de un enorme tubo metálico. No sabes por qué está ahí ni si está a salvo. Pero está durmiendo, y eso resulta, en cierto modo, tranquilizador. Cuando sos joven, la muerte sigue siendo algo bastante abstracto. Luego, empieza a tener nombres. Quizás sea eso lo que ha cambiado. Algunas cuestiones que antes abordaba desde la distancia, ahora se han acercado mucho más.
-En 2011, después de tu retrospectiva en el Guggenheim, anunciaste tu retiro del arte. ¿Por qué decidiste regresar?
-La decisión de retirarme resultó ser una de las mejores cosas que le pudieron pasar a aquella exposición. Por una vez, no me preocupaba cuál sería mi siguiente paso. No tenía que pensar en cómo afectaría la muestra a mi carrera, ni en qué debería hacer después. Creía sinceramente que no habría un “después”. Eso me dio una libertad enorme. Colgamos del techo del Guggenheim casi todo lo que había creado hasta entonces. Fue como una fiesta de despedida, con toda mi obra anterior reunida en un mismo lugar. Sigo pensando que es la mejor exposición que he hecho. Quizás, precisamente, porque no me preocupaba hacer otra. Me retiré durante un tiempo, es cierto. Pero las ideas no se retiran necesariamente contigo. Con el tiempo, me vi trabajando de nuevo. No es que lo hubiera planeado muy bien, la verdad.

-Cuando viniste a Buenos Aires en 2018, visitaste el Malba y te hiciste una selfie junto a una obra de Lucio Fontana. ¿Qué artistas argentinos te llaman la atención y por qué?
-Recuerdo que me impresionó mucho Abaporu, de Tarsila do Amaral. Sé que es brasileña, pero ver ese cuadro en Buenos Aires fue uno de los momentos más destacados de mi visita. Incluso me pregunté en voz alta dónde estaría la «Mona Lisa» argentina. A Fontana lo admiro desde hace mucho tiempo. Me gusta el hecho de que uno de sus gestos más característicos sea, precisamente, algo que normalmente te dicen que nunca debes hacerle a un cuadro: cortarlo. Es una acción tan sencilla que casi olvidas hasta qué punto lo cambió todo. Marta Minujín me interesa por otras razones. Posee una capacidad extraordinaria para llevar el arte a la vida pública, a veces a una escala que parece totalmente desmesurada. Y lo digo como un cumplido. Son artistas muy diferentes, y quizá sea eso lo que me resulta interesante. No existe una única forma de escapar de las reglas. Todavía me queda mucho por descubrir sobre el arte argentino. Eso parece una buena razón para pasar más tiempo aquí.
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