
Misterios revelados
El comisario Maigret, creado por el belga Simenon, y Sherlock Holmes, del británico Conan Doyle, son quizá los dos investigadores de enigmas policiales más célebres de la literatura. Ahora la vida de sus autores, con sus respectivos secretos, miserias y grandezas, han sido develados en sendas biografías, admirablemente analizadas en estas páginas por dos célebres escritoras expertas en el arte de cautivar a los lectores con sus intrigas.
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Han transcurrido cinco años desde que Patrick Marnham publicó su jugosa y completa biografía de Georges Simenon (The Man Who Wasn`t Maigret). Pierre Assouline, el autor de Simenon, ha tenido un acceso más directo a los archivos del escritor. Proporciona abundantes notas, remite a las fuentes adecuadas y se adentra más en los pormenores de la vida de Simenon durante la ocupación alemana de Francia en la Segunda Guerra Mundial.. Sin duda, esta nueva biografía (traducida al inglés por John Rothschild y editada por Chatto) complacerá a los lectores, admiradores y estudiosos de Simenon.
El creador de Maigret nació en Lieja en 1903; tuvo un hermano menor. Sus padres pertenecían a la pequeña burguesía, tan cabalmente descrita en sus libros. Era apegado a su padre, corredor de seguros, pero no simpatizaba con su madre, y con razón, pues era una mujer muy limitada que, al parecer, se mostró resentida frente al espléndido talento de su hijo. Recibió una educación católica.
En la Primera Guerra Mundial, los alemanes ocuparon Lieja hasta 1918. Ese año, el quinceañero Simenon abandonó la escuela, desempeñó diversos trabajos -entre ellos el de repostero- y, finalmente, ingresó como reportero en la Gazette de Liège. Sin duda alguna, fue todo un éxito. Escribió para el diario artículos y novelas sensacionalistas, a veces de un antisemitismo vitriólico que, más tarde, repudiaría alegando haber cumplido órdenes aunque, como señala Assouline, parecen expresar sus convicciones íntimas.
En 1922, Simenon se trasladó a París y, al año siguiente, se casó con su amiga Régine, una estudiante de arte apodada Tigy. Se dedicó por entero a la literatura, tuvo una aventura tumultuosa con Josephine Baker y, en seguida, se lanzó a recorrer los ríos y canales de Francia en compañía de Tigy y su criada "Boule". En 1929, hizo una recorrida similar por el norte de Europa y elaboró un nuevo personaje ficticio: el commissionaire Maigret.
Dos años después, en 1931, organizó una gigantesca fiesta parisiense, el Baile Antropométrico, para lanzar las novelas de Maigret. Duró hasta el amanecer; fue un éxito alocado y memorable (desde entonces, se han vendido millones de ejemplares de las novelas de Maigret). Al año siguiente, Simenon decía: "Ya tengo 29 años y sólo llevo publicados 277 libros". Ciertamente, sus viajes no afectaron en absoluto su asombrosa producción. Concebir un libro le llevaba un día y escribirlo un par de semanas; otros buenos novelistas pasan meses, o años, rumiando su próximo libro. Esto se aplica también a sus novelas "duras", esas obras maestras de la psicología que impulsaron a André Gide a proclamarlo "el novelista más grande que hemos tenido en este siglo".
En 1940, Simenon volvió a quedar atrapado en una parte del mundo ocupada por los alemanes. Todo aquel que, en una o ambas guerras mundiales, haya vivido de su pluma en un país ocupado podría ser tildado de colaboracionista. La cuestión es determinar hasta qué punto y con cuánto ardor colaboraron, si sabían exactamente con qué colaboraban y si sus simpatías políticas afectaron o alteraron su trabajo. En el caso de Simenon, escribió por dinero -o hacía eso, o trabajaba en algo completamente distinto- y es improbable que pudiera conocer a fondo las miserias y los horrores del nazismo. Pero la respuesta al tercer interrogante es más esquiva. Yo diría que una inclinación, aquiescencia o compromiso políticos afectan el trabajo de un escritor, para bien o para mal. La metodología germánica de Simenon, sus prejuicios raciales, acechan en todos sus escritos. Esto quita longevidad a sus libros y, a veces, les imprime un sabor demasiado anticuado, demasiado añejo; los avejenta mucho más que la estufa instalada en un rincón del despacho de Maigret en el Quai des Orfèvres.
Cuando la ocupación tocaba a su fin, en 1944, Simenon olfateó el cambio de viento y envió un obsequio a la Resistencia: un cerdo y un tonel de vino tinto. Ya había sido investigado por los nazis, que lo creyeron judío basándose en la suposición falsa de que su apellido originario era Simon. Entonces había escarbado por todas partes en busca de los certificados de bautismo de sus abuelos, hasta que resolvió el problema trasladándose a una zona más segura. Ahora, terminada la guerra, se encontraba incluido en las listas negras de colaboradores del nazismo tanto en Londres como en Francia, donde fue condenado por el comité de depuración del Ministerio de Artes y Letras. ¡Era demasiado! Se apresuró a conseguir una visa norteamericana y, en el otoño de 1945, emigró con su familia a los Estados Unidos. Allí, en la paz de una forma de democracia hasta entonces jamás vivida por él, conoció a su segunda esposa, Denise, y constituyó una nueva familia que incluía a Tigy, su primera mujer.
Simenon
Algunas de sus mejores novelas, fuera del género policíaco, datan de su etapa norteamericana. La serie comenzó de manera notable con la aterradora La mancha en la nieve (1948), tan admirada por contemporáneosde la talla de Gide y T.S. Eliot.
En ella creó un tipo de criminal dostoievskiano cada vez más conocido, y reconocido, a medida que transcurre nuestro siglo: el perpetrador del acto gratuito, del crimen sin motivo.
Durante un interrogatorio policial, el joven antihéroe Frank reflexiona: "Porque... porque... Toda su vida había visto equivocarse a la gente con sus porqués... No había ningún porqué... Era una palabra para tontos".
No podemos examinar la vida y el valor literario de Simenon desglosándolos de sus estadísticas pasmosas. Según dicen, limitó su vocabulario a 2.000 palabras, a fin de no "hacer literatura"; por cierto, es maravillosamente traducible y legible: es lúcido, sencillo, absolutamente a tono con el mundo creado por él, un mundo de hoteluchos, barcazas frías y tenebrosas, tabernas arrimadas al muelle de algún canal, prostitutas al acecho, burgueses panzudos, muchachos taciturnos, evasivos mozos de cafetín. Conservó hasta el fin aquella facilidad con que, en su adolescencia, escribía sus columnas periodísticas. Su autodisciplina era formidable.
Regresó a Europa en 1955; se radicó primero en el sur de Francia y, por último, en Suiza. Boule era ahora su amante. Su única y adorada hija, Marie-Jo, nacida en 1953, se suicidó en 1978, en su departamento de París, patológicamente atrapada por el amor imposible hacia su padre. Lo había intentado otras seis veces. Este acto afectó profundamente a Simenon y su obra, pese a que él nunca habría podido impedirlo.
"André Gide -nos cuenta Assouline- murió sin haber resuelto jamás el enigma de cómo funcionaba la fábrica Simenon, aunque es preciso admitir que éste nunca le prestó la menor ayuda por temor a matar su secreto revelándolo. Ya en 1939, Simenon decía: «¿Con qué grado de sinceridad puedo describir la gestación de una novela? Es una forma de autoengaño, nada más». Pero era un autoengaño metódico, una técnica refinada por décadas de práctica... Escribía ocho o nueve capítulos en otros tantos días."
Tomaba vino mientras escribía. Emprendía caminatas para sumergirse en las circunstancias de su novela. Entraba en un "estado de gracia", como lo llamaba él, o de trance autoinducido, a fin de poder meterse en "el modo de la novela". "En las fases tempranas del «trance» -prosigue Assouline- a veces iba hasta el correo, a recoger su correspondencia, con el único fin de fijarle una meta a su caminata. Entonces, la excursión devenía un ritual cotidiano que se repetía a la misma hora, por la misma ruta, hasta completar la novela."
Simenon murió en Lausana, a los 86 años; dejó tres hijos varones. Fue un escritor verdaderamente maravilloso.
Para La Nación - Londres, 1997
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel) (c) The Sunday Times y La Nación
Sir Arthur Conan Doyle creía en las hadas
Los admiradores de Sherlock Holmes solían escribir a Arthur Conan Doyle pidiéndole un autógrafo del detective; hubo quien llegó al extremo de solicitarle una copia de la monografía en que Holmes describía diversas variedades de tabaco. La gente le enviaba obsequios. Un grupo de escolares franceses que visitaba Londres quiso iniciar su recorrida de la ciudad en los aposentos de Holmes. Sir Arthur Conan Doyle -protagonista del libro de Martin Booth, The Doctor, the Detective and Sir Arthur Conan Doyle (Hodder)- había logrado crear acabadamente un héroe al que muchos suponían un ser de carne y hueso.
Conan Doyle
Conan Doyle nació en un ambiente de pobreza decorosa; era el hijo mayor de una mujer culta, de carácter fuerte, y un hombre frustrado. Charles Doyle era un funcionario público y pintor fracasado que buscaba consuelo en la pesca y la bebida. Arthur tuvo una infancia dura, aunque sostenida por los valores maternos e iluminada por los placeres de la literatura de ficción. "Podía volver a su casa con la nariz sangrando -escribe Booth- pero no bien pisaba el umbral, la enterraba en algún libro."
La biografía de Booth nos habla de un hombre bondadoso, sagaz e inmensamente versátil que "siempre estaba estudiando algo". Un hombre instruido, enérgico, emprendedor que, sin embargo, era un espiritista convencido y, aunque parezca asombroso, creía en las hadas. Su madre, su estrella guía, se empeñó en darle la mejor educación. De un modo u otro, consiguió el dinero necesario para matricularlo en el Stonyhurst College. La pobre Mary Doyle llegó a un arreglo con los jesuitas para que lo hospedaran durante las vacaciones, a fin de impedirle todo contacto con su padre alcohólico.
Eterno aficionado a las narraciones atrapantes, Conan Doyle también amaba a Walter Scott y Daniel Defoe; a los 14 años, su francés ya era lo bastante fluido como para leer a Jules Verne en su idioma original. La lectura de Edgar Allan Poe marcó su primer encuentro con el relato breve; esta experiencia lo llevó a dedicarse al género y, según lo expresa Booth, trazó el rumbo de la moderna literatura inglesa.
Tras graduarse en medicina en la Universidad de Edimburgo, Conan Doyle ejerció como médico general; más tarde fue oficial médico a bordo de un buque y, finalmente, se dedicó a la práctica privada. En el camino, perdió su fe católica -como tantos otros contemporáneos suyos influidos por los escritos de Huxley y Darwin- pero le encontró un sustituto en el espiritismo. Por entonces, vendió su primer relato breve; lo publicó el Chambers` Journal en septiembre de 1879.
Conan Doyle era buen mozo y atraía a las mujeres. Booth insinúa que su primera esposa, hermana de una paciente suya, le sirvió de modelo para crear a Mary, la mujer del Dr. Watson. El matrimonio parece haber mejorado su estado físico y mental. Acrecentó su clientela y empezó a llevar un diario. Siempre prolífico, escribía mucho: de su pluma fluían relatos breves y otros más extensos. En abril de 1886, terminó su novela corta Estudio en escarlata; su protagonista era un detective llamado Sherlock Holmes.
Booth formula algunas propuestas acertadas sobre el origen de los nombres de Holmes y Watson. Por ejemplo, a un coetáneo suyo de Stonyhurst lo apodaban Sherlock; en la policía de Portsmouth había un inspector principal Sherlock; en Southsea, tenía un colega llamado James Watson. Sea cual fuere la verdad de los hechos, Sherlock Holmes fue un éxito quizás excesivo para la tranquilidad de conciencia de Conan Doyle. Este habría preferido que lo aclamaran por su novela medieval La Compañía Blanca. En una carta dirigida a su madre, expresó su intención de "matar a Holmes". Cuando lo hizo, estalló un clamor general, la gente vistió luto y más de 20.000 lectores de la Strand Magazine cancelaron las suscripciones.
Entretanto, su esposa había contraído tuberculosis y debió internarse en un sanatorio suizo. El infatigable Arthur la siguió hasta Davos; allí practicó el patinaje y la fotografía e importó un deporte noruego: el esquí. Emprendió investigaciones psíquicas; hizo una gira por los Estados Unidos como conferencista; partió a la guerra contra los bóeres y escribió un testimonio directo acerca de ella; se hizo construir un nuevo hogar y conoció a la que habría de ser su segunda esposa.
Booth observa sutilmente que "en más de la mitad de las historias que componen El regreso de Sherlock Holmes hay personajes que ocultan una aventura amorosa"; no obstante, larelación entre Conan Doyle y Jean Leckie fue casta. El era un caballero victoriano; además, contaba la crianza recibida de su madre. Finalmente, su esposa murió. Arthur se casó con Jean, cobró nuevas energías y se convirtió en un "cruzado social". En tal carácter, defendió varias causas y combatió las iniquidades que se perpetraban en el Congo Belga.
Su hijo Kingsley, herido en la Primera Guerra Mundial, sucumbió durante la epidemia de gripe de posguerra. Poco después, Conan Doyle estableció contacto con él. Escribió un libro, Andanzas de un espiritista; se convenció de que los espíritus se materializaban realmente en el ectoplasma y se dejó persuadir por dos niños inescrupulosos que afirmaban haber fotografiado hadas.
En un análisis psicológico bien fundado, Booth sostiene que Conan Doyle ansiaba demostrar la existencia de las hadas para reivindicar a su padre. Charles Doyle -que oía voces y murió loco- también creía en ellas. Si él, Arthur, lograba establecer la existencia real de las hadas y el espiritismo, desmentiría la demencia paterna y su propio riesgo de heredarla. Empero, su creencia en los fenómenos psíquicos suscitó burlas y dañó su reputación. Después de su muerte, acaecida a los 71 años, su esposa, que no le iba en zaga en cuanto a credulidad, les dijo a los periodistas que su espíritu se había comunicado con ella. Desde ultratumba, le diagnosticó un cáncer antes de que lo detectaran los médicos de este mundo.
Booth presenta a Conan Doyle como un escritor consumado, pero su propia prosa es a menudo torpe. Al informar que Fulano mide 1,50 m o que tal lugar dista 30 km de la costa, confunde al lector en vez de ilustrarlo. "Visitación" no significa "visita social"; llamar "cosita linda" a una muchacha es propio de un escritor mediocre. Con todo, estos y otros solecismos (son muchos) no vician esta buena biografía de uno de los personajes literarios más famosos.
Para La Nación - Londres, 1997
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel) (c) The Sunday Times y La Nación
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