
Muerte y resurrección del ballet
Un libro aparecido recientemente en Estados Unidos reabre el debate acerca de la vigencia de la danza clásica: ¿es un arte que agoniza o todavía es capaz de iluminar y conmover?
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Cada ballet muere cuando cae el telón. ¿Volverá a la vida la próxima vez que se lo baile? Nadie puede saberlo con certeza. Algunas danzas necesitan períodos ocasionales de depósito en frío; otras -al haber superado para siempre su fecha de vencimiento- siguen teniendo en escena cierta macabra supervivencia de ultratumba que resulta espectral. Para todos aquellos que adoramos una obra en su juventud, ¿cuál alternativa es más sombría: la de no volverla a ver nunca o la de ver cómo gana las arrugas de la edad y se convierte luego en una de las danzas muertas, o peor, en una muerta-viva?
La famosa escena del reino de las sombras de La bayadera , de 1877, con coreografía de Marius Petipa, es apenas un ejemplo. Yo adoré esa escena en muchas interpretaciones del Royal Ballet durante la década de 1970, y después por el Ballet Kirov en la década de 1980. Pero en los últimos 20 años, sin embargo, esa escena se ha vuelto pálida y gris interpretada por esas mismas compañías y por otras. Puedo aplaudir su apariencia general, pero los detalles que la hacían importante se han borrado hasta hacerla irreconocible.
Uno de los debates más interesantes de la actualidad se ha desarrollado sobre un tema más amplio: ¿el ballet mismo está muerto o agonizando? Se lo debemos al epílogo que Jennifer Homans, crítica de danza de The New Republic , escribió al final de Apollo's Angels (Random House), su muy necesaria nueva historia del ballet. "Tras años de tratar de convencerme de lo contrario -escribe Homans-, ahora estoy segura de que el ballet está agonizando."
Cuando los creadores de ballet se retiran o mueren, sus repertorios se convierten en especies amenazadas. En 1992, el Divertimento n° 15 de George Balanchine -un ballet que había marcado el apogeo de su más puro clasicismo- me pareció tan trivial y pequeño en City Ballet que tuve dificultades para recordar qué era lo que me había conmovido tanto.
El ballet ha muerto una y otra vez a lo largo de los siglos. Las danzas admiradas por Luis XIV y Voltaire y Pushkin no sobrevivieron. Ahora podemos sonreírnos ante ese hecho, porque sabemos que el ballet volvió a renacer de sus cenizas; sabemos que cambió su naturaleza con cada nueva época. Pero no sonreí cuando escribí eso veinte años atrás. Las muertes de Balanchine (1983) y de Frederick Ashton (1988) le dieron a mi generación demasiados motivos para el luto. El ballet tuvo un principio (en el Renacimiento), por lo que perfectamente podía tener un final.
El epílogo de Homans es la parte más débil de su libro. Es posible creer que esa forma de arte ha muerto para una autora que ni siquiera menciona a Alexei Ratmansky o a Christopher Wheeldon: es alguien que vive en el pasado. Sin embargo, su acusación de que "la coreografía contemporánea oscila sin rumbo fijo entre la imitación nada imaginativa y la innovación estridente, que habitualmente reviste la forma del exceso gimnástico o melodramático" suena extrañamente como las quejas planteadas por críticos incomprensivos contra Balanchine (a quien Homans admira al menos tanto como yo) durante su vida. Esa queja, sin embargo, no encaja en verdad con el Concerto DSCH (2008) o con Siete sonatas (2009) de Ratmansky.
Es notable que las mejores partes de Apollo's Angels sean las áreas que resultan más difíciles para cualquier historiador de la danza: los años anteriores a 1890, de los que muy pocos ballets sobreviven dentro del repertorio. Me he pasado suficiente tiempo en los archivos investigando el ballet entre 1670 y 1859 como para estar sorprendido por el nuevo material que Homans ha sacado a la luz, y por la penetrante inteligencia con la que ha dado nueva vida a muchos asuntos. Escribe sobre el pasado no sólo con inteligencia sino también con sentimiento: uno percibe que ha puesto en ello todo su corazón, especialmente por su maravillosa percepción de que el ballet, en muchas encrucijadas, fue revitalizado por mujeres innovadoras.
Homans escribe que "Luis XIV y Marius Petipa hubieran apreciado" la naturaleza clásica de la coreografía de Balanchine. ¿Verdaderamente hubiera sido así? Imaginen a Luis XIV y a Petipa viendo Los cuatro temperamentos y podrán cuestionar la afirmación de Homans. También escribe que "una atención básica a la forma" era algo por lo cual el superlativo bailarín del Bolshoi Vladimir Vasiliev "no tenía interés". Eso es una tontería, no tiene sentido para cualquiera que haya visto a Vasiliev bailar Don Quijote o Giselle , y también es malentender sus logros en Espartaco .
En un libro que tiende a esta clase de exageraciones, un epílogo que afirma que el ballet está muerto funciona como una exageración más. Sí, en el período que siguió a Balanchine, Ashton y otros grandes coreógrafos, vivimos una era oscura del ballet. Hubo períodos, en la década de 1990, en los que yo también sentí que esta forma de arte estaba esencialmente muerta. Pero desde que empecé en este trabajo he visto interpretaciones del Divertimento n° 15 de Balanchine del City Ballet, del San Francisco Ballet y (mejor que ninguno) del Miami City Ballet que desmintieron la desdicha que esa obra me había producido en 1992.
En 1988 Ashton dijo que su obra Variaciones sinfónicas estaba muerta. Pero agregó que "la bailarina adecuada" podría volver a darle vida: eso ha ocurrido en más de una compañía, pero sobre todo por las recientes interpretaciones de Alina Cojocaru en el Covent Garden. Conozco neoyorquinos que asistieron al City Ballet durante la vida de Balanchine, sobre quienes la joven bailarina Sara Mearns ejerce una intensa fascinación que no han sentido desde la época de Suzanne Farrell y Kyra Nichols. David Hallberg, en el American Ballet Theater, parece llevar la danza clásica masculina a nuevas cumbres. Y mucha, mucha gente que vivió a pleno la época Balanchine-Ashton cree que las coreografías de Ratmansky inducen a bien fundadas esperanzas.
Tal vez una historia ulterior vea todo esto como los estertores finales de una llama consumida. Ésta no es en absoluto una época de oro, y sin duda varios de sus ballets están muertos. Mi principal preocupación por el ballet -no la que perturba a Homans- es que su dependencia de obras protagónicas para mujeres y acompañamiento de hombres propone una visión dicotomizada de los sexos que en el mejor de los casos es anticuada y en el peor, sexista. No obstante, como aficionado al ballet, doy fe de que la escena parece mucho más brillante de lo que parecía 10, 15 o 20 años atrás.
Traducción: Mirta Rosenberg





