Niña rica con tristeza
Maitena Burundarena publica su primera novela, una obra de corte autobiográfico en la que recrea con prosa seca y directa una adolescencia sin amor
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Maitena Burundarena, la mujer más destacada del humor gráfico en la Argentina, firma su primera novela con nombre y apellido. Tal vez para marcar una distancia con la historietista que supo reflejar con inteligencia e ironía las intrincadas cuestiones de la subjetividad femenina; tal vez para advertir de entrada a los lectores que en Rumble no van a encontrar chistes ni dibujos, sino una historia seria.
Aunque en la contratapa no se informa que se trata de un texto autobiográfico, hay en el relato ecos de la vida de la autora, que tiempo atrás dejó su exitosa carrera y se recluyó en una playa uruguaya con su marido y su hija más pequeña. La protagonista, una madura chica de doce años, cínica, rebelde, pertenece a una familia numerosa, de clase alta en decadencia, dueña de una casaquinta en Bella Vista y que vive en un piso alquilado en Recoleta. Tiene cinco hermanos, un padre ultracatólico, casi siempre ausente, integrante del Consejo Superior de la Universidad de Buenos Aires, y una madre nacida en Lituania, desapegada y depresiva, que suele deplorar haber tenido más de dos hijos.
Narrado en primera persona, el libro está centrado en una etapa difícil de la vida de esta niña rica con tristeza, que enfrenta un presente complicado y vislumbra un futuro incierto. Con una prosa correcta, prolija, entretenida, el relato avanza en forma lineal sin otra pretensión que contar cómo ve la protagonista el mundo que la rodea. No se advierte una búsqueda estilística ni un ejercicio de experimentación: abundan las sensaciones, imágenes, vivencias.
La historia transcurre en Buenos Aires entre 1974 y 1978, y en las tres partes en la que está dividida la novela aparecen como telón de fondo algunos acontecimientos sociales y políticos de aquellos años. No hay referencia directa al golpe de Estado de 1976; apenas una mención al novio "guerrillero" de una conocida. Esos sucesos cumplen la función de ubicar el relato en tiempo y espacio. Nada más. Porque lo que le interesa a la autora es mostrar cómo se relaciona la adolescente con un universo familiar en el que impera el autoritarismo, la falta de cariño, y cómo se las arregla para sobrevivir en ese ambiente hostil. En ese sentido, la novela es efectiva.
Para escapar de la opresión de la casa paterna, la protagonista sale a la calle, donde vive diversas experiencias: desde atender un quiosco del barrio sólo por diversión hasta acompañar a un colectivero amigo en el recorrido de la línea 102. Todo parece ir de mal en peor hasta que conoce a Hernán, un chico de familia "progre", con quien se pone de novia a escondidas. A partir de ese momento, el adolescente es la única persona que la cuida, la acompaña, la contiene. Enamorados, tienen sexo desenfrenadamente y experimentan con marihuana y alucinógenos. Los capítulos en los que aparece Hernán son los más tiernos y divertidos. En otros, la profusión de detalles parece revelar una conciencia obsesiva, más preocupada por la prolijidad que por la fluidez de la lectura.
Pésima estudiante, mientras hace malabares para pasar de año, su padre se recupera de un cáncer y su madre se interna en un psiquiátrico para tratar su depresión crónica. Aunque la chica se esfuerza, no logra aprobar todas las materias. La aplazan en dibujo. Qué ironía.
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