Otra muerte para el rey Arturo

Aparece en castellano el poema en el que J. R. R. Tolkien dejó su propia versión del ocaso del mundo artúrico
Susana G. Artal
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11 de octubre de 2013  

Cuando hacia 1136 Geoffrey de Monmouth, docente y canónigo seglar del colegio de Saint George, en Oxford, ensamblando fuentes tan heterogéneas como crónicas, tradiciones folkóricas, clásicas y bíblicas, compuso en latín la Historia de los Reyes de Britania, tenía claros dos propósitos: enaltecer la dinastía normanda que reinaba en Inglaterra y proveer al mismo tiempo a los britanos de un linaje ilustre que los enlazara nada menos que con el troyano Eneas. Lo que Geoffrey no pudo imaginar es que su libro (o más exactamente, una porción de alrededor del 20% de él) se convertiría en un éxito capaz de trasponer fronteras políticas, lingüísticas y cronológicas; alimentar traducciones, reescrituras y recreaciones, y seguir aflorando, con productos de la calidad más dispar, incluso en terrenos tan distantes de un autor del siglo XII como las comedias musicales y el cine. Como el lector ya habrá deducido, el protagonista de esa célebre fracción de la Historia... de Geoffrey es el rey Arturo, cuyo nombre desde entonces (cuando aún carecía de Mesa Redonda) quedó asociado, fórmula impactante, a la gloria guerrera que signó el esplendor de su reinado y la sórdida traición que selló su caída.

Los 956 versos de La caída de Arturo, poema narrativo inconcluso, laboriosamente rescatados por la perseverancia de Christopher Tolkien, y los trabajos críticos que éste concibió para acompañarlos revelan, por un lado, que J. R. R. Tolkien, creador de El Señor de los Anillos no fue inmune al poder sugestivo de la historia del ocaso del universo artúrico. Por otro, son una excelente muestra del complejo y privilegiado vínculo con las letras que este gran escritor, distinguido profesor oxoniano de anglosajón y editor de textos medievales forjó a lo largo de una vida en la que investigación, docencia y creación se entretejieron y combinaron de un modo tan inextricable como armonioso, aun cuando quizá las intromisiones de un campo en otro hayan condenado muchos textos a quedar inacabados.

En efecto, el interés de Tolkien por el verso aliterado, que apreció en Beowulf y en Sir Gawain y el Caballero Verde, dos de las obras medievales a las que dedicó buena parte de su labor académica, lo llevó a proponerse la empresa de revivir esa técnica aplicándola al inglés moderno, no sólo en su traducción de un texto del siglo XIV como Sir Gawain... sino también en la composición de poemas propios (entre ellos, algunos fragmentos incluidos en El Señor de los Anillos y varios textos publicados póstumamente en Las baladas de Beleriand). En los poemas aliterados, el verso está dividido en dos partes o hemistiquios, en las cuales concuerdan elementos acentuados que empiezan por la misma consonante o por vocal, lo cual crea combinaciones muy especiales de sonoridad y ritmo, por ejemplo: Thus the t ides | of t ime t o t urn backward/ and the h eathen to h umble, | h is h ope urged h im (A revertir las mareas del tiempo/ y a los paganos postrar su esperanza lo urgía).

Aunque atinadamente la edición presenta en páginas confrontadas el texto original en inglés y su versión en castellano, tal vez resulte difícil para el lector hispanohablante degustar este aspecto de la proeza de Tolkien, irreproducible en una traducción. Los artículos preparados por Christopher, en cambio, le permitirán (pese a las torpezas cometidas en la paginación de las referencias en la edición castellana) comprender la inserción del poema en la tradición artúrica, especular acerca de cuál podría haber sido el designio del autor, que quedó trunco, y relacionar aspectos centrales del mundo ficcional creado por Tolkien con el imaginario artúrico (como pista para despertar la curiosidad de los fans, Christopher lanza la hipótesis de que la isla de Tol Eressëa, hacia donde se embarcan los portadores del anillo, se vincularía con Avalon, la isla donde muchas de las versiones cuentan que el rey Arturo, moribundo, fue trasladado para curar sus heridas).

La historia narrada por J. R. R. Tolkien desconcertará a quienes asocian el fin del reino artúrico con los folletines de romance y adulterio tantas veces llevados al celuloide. Apegado a la tradición de la Historia de Geoffrey y La Muerte de Arturo Aliterada (ca. 1400), donde la causa de la ausencia de Arturo no es el amor entre Lancelot y la reina sino la guerra contra los romanos, Tolkien, que al mismo tiempo no podía ignorar la tradición inaugurada por los romans franceses y retomada por Thomas Malory en su influyente La Muerte de Arturo (1485), presentó la historia de amor de Ginebra y el mejor caballero del mundo de un modo retrospectivo y sintético, en el canto III de su poema, sin duda uno de los pasajes más logrados.

Pese a las minuciosas búsquedas de Christopher, no se sabe con exactitud cuándo su padre comenzó a escribir La caída de Arturo y cuándo o por qué lo abandonó. Pero más que fechas precisas, lo interesante es constatar que en una carta de 1955 a su editor, Tolkien seguía afirmando que tenía la esperanza de terminar ese poema, algunas de cuyas partes había compuesto veinte años antes. La persistencia de ese propósito muestra con claridad la importancia que le asignaba a un proyecto en el que también Geoffrey de Monmouth podría haberse reconocido: dotar a la Inglaterra desgarrada por las guerras mundiales de una reparadora mitología propia.

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