
Panorama de la narrativa italiana actual
La ficción peninsular se caracteriza hoy por una extrema variedad en la que conviven relatos de exquisita ligereza con otros de una precisión casi científica en las descripciones psicológicas. Ciertas novelas sentimentales comparten el favor del público con libros de Umberto Eco y de Claudio Magris, mientras que la literatura dialectal y la de temas marginales luchan por abrirse un camino
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Una crónica de la narrativa italiana de los últimos años no debería soslayar aquellos valores que, en 1984, Italo Calvino le asignó a la literatura del siglo XXI en sus Seis propuestas para el próximo milenio. Está claro que Calvino no propició una literatura bajo el signo de la liviandad, la rapidez, la exactitud, la visibilidad, la multiplicidad y la consistencia, sino más bien que supuso --con acierto-- que dichas cualidades serían las formas específicas que la literatura del futuro (es decir, la de nuestro presente) habría de privilegiar forzosamente.
Para comenzar, al menos dos novelas de Alessandro Baricco, Océano mar y Seda, representaron en Italia el ejemplo más claro del concepto de liviandad que Calvino definió en sus célebres lecciones magistrales en la Universidad de Harvard. Sustraer peso a las figuras humanas, a los paisajes y a los hechos se transformaría en una clave de la literatura de Baricco, cuyas tramas, envueltas en un aura enrarecida, pretenden más bien sugerir antes que contar. Para Baricco, se trató de un lento aprendizaje, fruto de la frecuentación de escritores sobre todo norteamericanos que, según el novelista turinés, desde siempre supieron llegar de la manera más simple al "corazón ardiente de las cosas". La literatura italiana ya había mitificado desde los años treinta a la literatura de los Estados Unidos --baste pensar en Vittorini, en Pavese o en Fenoglio--, pero nunca había renunciado tan violentamente a sus propias fuentes. Para Calvino, liviandad significaba reaccionar ante el peso angustioso de la existencia a través de imágenes incorpóreas o ligeras. Es obvio que en Italia muchos intercambiaron ese valor por superficialidad.
Pero la revolución de Baricco va mucho más allá del concepto de liviandad. Su aparición implicó en Italia un nuevo modo de pensar la literatura y, sobre todo, arrasó con la idea centenaria de que sólo la crítica autorizada estaba capacitada para emitir juicios acerca de la bondad de una obra en detrimento de otras. Baricco, quien dirigió programas televisivos y radiales, fundó una escuela de escritura creativa, recitó párrafos de sus obras en recitales de jazz y grabó sus libros en videocassettes y en Internet, transformó la circulación de la narrativa en un fenómeno de masas y multimedial, sin prejuicios de género ni elucubraciones teóricas. Incluso las editoriales en Italia se debieron adecuar a una demanda cada vez más variada del consumo de literatura y, además de libros, hoy es frecuente hallar videos y CD interactivos con múltiples materiales.
La rapidez ha sido la llave de escritura y de lectura de toda la narrativa joven en Italia. De los numerosos grupos y nombres que surgieron en los últimos años, podríamos rescatar al menos dos: Niccolò Ammanniti y Aldo Nove. Ambos sellaron definitivamente un nuevo gusto entre los lectores jóvenes de Italia, que hallaron particularmente en dos novelas (Fango, de Ammanniti, y Woobinda, de Nove) la estética más cercana al zapping televisivo y al ágil salto de página a página en la web. Deudor del cine y de la narrativa pulp, decididamente trasnochada, Ammanniti evolucionó rápidamente hacia una escritura más convincente con su último libro Io non ho paura, en que a las novedades técnicas de la nueva literatura les sumó una notable dosis de suspenso y densidad.
La exactitud ha sido el valor más apreciado por los narradores de la vieja camada, quienes optaron por una prosa que, en atmósferas justamente imprecisas, lograra concentrar su atención en la definición precisa de estados psicológicos y de los avatares del alma. Atlante occidental, de Daniele Del Giudice, y Nocturno hindú, de Antonio Tabucchi, fueron ejemplos soberanos de esa cualidad que Calvino intentó defender a rajatablas. Ante el carácter inestable e inasible del mundo, esos escritores reaccionaron con la minuciosidad de la lengua, último refugio de lo probable.
La visibilidad --la capacidad de suscitar imágenes con palabras-- ha sido una de las estrategias más llamativas de la narrativa de Claudio Magris, quien en su novela Microcosmos recreó el universo triestino, dálmata y balcánico, a partir de historias de personajes fracasados. Con esos jirones de vida, captados en escorzo, Magris logró hacer visibles algunos aspectos de una de las más complejas culturas italianas de frontera. En tiempos de inflación visual, nada ha de ser más complejo que hacer visible lo invisible.
La irrupción de lo múltiple no podía estar ausente en el panorama de las letras contemporáneas. Las novelas de Melania Mazzucco (El beso de la medusa, La camera di Baltus, Lei così amata y Vita, ganadora del Premio Strega 2003) son historias de fe en los actos humanos y en el modo como cada individuo los interpreta. Un furor de contar atraviesa toda la obra de Melania Mazzucco, para quien cada página es una maraña de hechos y de ideas. Pluralidad de imágenes, de personajes y de voces que se entrecruzan dialógicamente y una cierta densidad psicológica pueblan sus novelas, verdaderas enciclopedias del sentimiento, que narran historias de mujeres roídas por la angustia existencial.
Ahora bien, más allá de las categorías calvinianas, la narrativa italiana conoció algunos fenómenos particulares que la distinguen de otros sistemas literarios. En los últimos años se multiplicaron los autores de best sellers: Umberto Eco, Andrea Camilleri y, en menor medida, Susanna Tamaro, una escritora de novelas sentimentales, alcanzaron récords de ventas millonarias. Uno de los últimos éxitos fue la novela Non ti muovere, de Margaret Mazzantini, una dramática historia de la relación entre un padre y su hija moribunda, que será llevada al cine en los próximos meses por el cineasta Sergio Castellitto.
Las novelas de Pier Vittorio Tondelli constituyen, quizás, uno de los casos más interesantes de los últimos años. Deudora de los psicodélicos años setenta, pero inmersa en los reaccionarios años ochenta que signaron el fin del boom económico, la obra de Tondelli (Pao Pao, Rimini, Otros libertinos, Habitaciones separadas) se impuso en Italia como una voz disidente que hablaba desde el abismo profundo de la marginalidad social. Sexo, droga y alcohol, preferiblemente en sobredosis, signaron uno de los retratos generacionales de la vida de provincia en Italia. Lejos del carácter religioso con que Pasolini tamizó su experiencia homosexual, Tondelli enfrentó sin tapujos temáticas todavía tabú en su país y constituyó, aunque con singular retraso, el caso más evidente de una suerte de literatura beat finalmente con color local. Muerto prematuramente en 1991, Tondelli se transformó en un ícono que, después de años de procesos por obscenidad, logró entrar en algunas de las conservadoras aulas de las universidades italianas.
Otro aspecto relevante del panorama actual es la aparición esporádica de algunos libros, particularmente bellos, que narran historias de un pueblo o de una minoría. Italia vaciló durante siglos entre una idea centrífuga de literatura, en lengua toscana, que aspiró a una expresión universalizadora y, por otro lado, una tendencia centrípeta a veces retrógrada y conservadora, que privilegió el dialecto contra la hegemonía del florentino, convertido en lengua oficial de Italia. A mitad de camino entre ambos extremos, en cambio, existieron en el siglo XX escritores que intentaron combinar esas dos lenguas en libros de una belleza rara y a menudo perfecta: las obras de Carlo Emilio Gadda o la monumental Horcynus Orca, de Stefano D´Arrigo (todavía desconocida en nuestro país), fueron casos excelsos de una expresión lingüística tan personal como universal. Felizmente, esa tendencia no ha menguado. A la incursión permanente de Vincenzo Consolo en el dialecto siciliano se suma la prosa experimental de Laura Pariani, quien en su colección de cuentos L´uovo di Gertrudina, que se acaba de adjudicar el Campiello, recreó el mundo interior de distintas monjas lombardas en el curso del tiempo. Otro caso es el de la novela Passavamo leggeri sulla terra, en que el recientemente fallecido Sergio Atzeni revisó poéticamente la historia de Cerdeña a través de una lengua evocativa y nostálgica.
Ante la mole de publicaciones que año tras año pueblan las librerías italianas, es complejo comprender cuáles de todas ellas terminarán por constituir un canon que resistirá el paso del tiempo y que las transformará definitivamente en clásicos contemporáneos.
Desde hace ya años, el cine italiano continúa preso de una visión asfixiante que, a través de imágenes de paisajes concebidos como postales, da una idea de Italia bella como una ruina o como un fósil, o que, por medio de un revisionismo simplificador, refleja el modo de vivir y de pensar de la burguesía acomodada. Por el contrario, la narrativa italiana dio mayores pruebas de una voluntad implícita de dar una respuesta a la compleja demanda de nuevos horizontes estéticos. No hay dudas de que el gusto del público ha cambiado y de que las divergencias generacionales no logran encontrar un punto de conciliación. Quien creció con Pavese y Calvino no termina de aceptar la nueva literatura, a la que juzga un ejercicio retórico a la deriva, que ni puede llamarse literatura ni tiene nada que ver con el nobílisimo pasado del país. Para los más jóvenes, que dieron la espalda a la idea de la historia de la literatura como el único modo de pensar una tradición centenaria, Italia está dando por fin voces con las que ellos mismos se identifican. Será difícil saber si, tarde o temprano, habrán de dialogar ambas visiones.



