
Paranoia geométrica
VERTICE Por Gustavo Ferreyra-(Sudamericana)- 327 páginas-($ 32)
1 minuto de lectura'
En la geometría, el vértice es un punto de encuentro: el punto donde se unen tres o más planos; es también la cúspide de una pirámide o de un cono. En Vértice, Gustavo Ferreyra elige precisamente un punto de la ciudad de Buenos Aires, el cruce de las calles Ugarte y Cabildo, para dar cuenta del entramado social de la Argentina posmenemista.
La novela transcurre en la primera mitad de 1999, antes de que el tránsito de vehículos de Cabildo, entre Monroe y Congreso fuera cortado para extender la línea D de subterráneos. Si bien numerosos flash-backs transcurren en otros sitios de la ciudad, el presente de la narración se sitúa en las calles y manzanas aledañas a ese punto central, donde se concentran las historias de cinco personajes de origen social diverso. Desde ese vértice urbano, la novela registra las obsesiones, los pensamientos y los movimientos de esos individuos -un universitario que vive en la zona, un comerciante, un director de escuela primaria, una joven empleada en un negocio de lámparas y un chico que vive en la calle- para mostrar los alcances sociales y económicos de la Argentina de finales del siglo veinte.
Si en las novelas anteriores (El amparo, El desamparo y Gineceo), los personajes de Ferreyra se caracterizaban por la percepción paranoica de la realidad y la especulación obsesiva sobre su estar en el mundo, en Vértice esos mismos rasgos hablan, más que de psicologías individuales, del funcionamiento del todo social. La novela desnuda, por ejemplo, las diversas pasiones que desencadena en los vecinos la irrupción de un chico de la calle pidiendo monedas a los automovilistas que se detienen en el semáforo de Ugarte y Cabildo: pasiones eróticas, en una empresaria; pasiones homicidas, en un quiosquero que anhela escuadrones de la muerte para que "se ocupen" de los chicos de la calle.
Un narrador en tercera persona, que alterna con un narrador en primera, asume, con el uso del indirecto libre, las perspectivas diferenciadas de cada uno de los personajes. Pero nunca una que le sea propia: aquí no hay juicios de valor ni moralejas. El narrador sostiene igual distancia al describir las ensoñaciones sexuales que despiertan en el director de escuela las niñas pequeñas o los temblores y vómitos del chico de la calle cuando cae enfermo. La mirada distanciada, junto con la ausencia de valoraciones morales sobre el universo narrado, no sólo perturba; por momentos, aterra. Porque en la despojada confrontación de los sueños de un chico desvalido -que sólo anhela obtener buenos cartones para pasar la noche y asistir a un partido de fútbol en la cancha de Boca- con las especulaciones sobre robos y tráfico de drogas que ese mismo chico despierta en el comerciante, la novela revela una ciudad invadida por el miedo y la percepción paranoica del otro social.
Raúl Scalabrini Ortiz, después de la crisis abierta por el golpe de Estado de 1930, ubicó en la esquina de Corrientes y Esmeralda la encrucijada urbana a partir de la cual fundar sus hipótesis sobre la identidad nacional como producto de integración social, cultural e inmigratoria. Ferreyra propone pensar la ciudad desde otro enclave. Desde ese otro vértice, en su ciudad no hay integración social; desde ese otro vértice, prima la ley del más fuerte.


