
Peligros y temores
UNA REVISION DE LA HISTORIA JUDIA Y OTROS ENSAYOS Por Hannah Arendt-(Paidós=-Trad.: Miguel Candel-196 páginas-($32) ENSAYOS SOBRE LA PROPAGANDA FASCISTA Por Theodor W. Adorno-(Paradiso)-Trad.: Varios-96 páginas-($20)
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Hannah Arendt (1906-1975) y Theodor W. Adorno (1903-1969) fueron, qué duda cabe, dos protagonistas centrales de la filosofía de mediados del siglo XX. Compartieron una época, diversos territorios (Alemania, el exilio en Estados Unidos), la influencia -positiva o no- de algunos nombres en común (Benjamin, Heidegger, Scholem). Sin embargo, "compartieron" es un término excesivo para aludir a dos trayectorias que, aunque simultáneas, fueron independientes. Quizá la mirada que los colocó más próximos sea la de sus enemigos, aquellos que los redujeron a su condición de judíos alemanes. Y, precisamente, es desde el lugar de la lucha contra el antisemitismo desde donde tiene sentido leerlos juntos, observar los temores, las desconfianzas, los peligros en los que se nutre su producción.
Una revisión de la historia judía y otros ensayos reúne catorce artículos, diez de los cuales fueron escritos en la década del cuarenta. En el primero, escrito en 1943, Arendt da cuenta de la fragilidad de la situación de los "refugiados" en Estados Unidos, marcada por una fuerte tensión entre identidad y asimilación. El alivio de saberse a salvo del horror de los campos de concentración no puede convertirse en alegría ni en esperanza cuando la hostilidad antisemita sigue haciéndose sentir.
En el grupo de textos escritos hacia fines de los años cuarenta, a la preocupación por el antisemitismo Arendt suma su desconfianza por el crecimiento de un sionismo al que nadie se atreve a enfrentar desde una oposición crítica. Al analizar el surgimiento del movimiento, Arendt muestra hasta qué punto Herzl, su fundador, compartió algunos presupuestos con los dirigentes de los emergentes grupos antisemitas (desprecio por las masas, voluntad de actuar a cualquier precio) llegando, ingenuamente, a creer que podría convivir con los "antisemitas sinceros" y a sostener "que los antisemitas serían los mejores amigos de los judíos y los gobiernos antisemitas sus mejores aliados". Según la filósofa, la errónea consideración de los antisemitas como "puros y simples nacionalistas" hizo que Herzl confiara en que el establecimiento de un Estado judío pondría automáticamente fin a las agresiones. Pero lo que más asombra a Arendt es que, cincuenta años después de haber sido considerados como utopías carentes de realismo, los planteos de Herzl pudieran reaparecer transformados en firmes consignas políticas. En 1948, cuando las Naciones Unidas ya han avalado el establecimiento de un Estado judío, Arendt insiste en la necesidad de buscar una solución consensuada para la situación palestina. El nuevo peligro es una guerra contra los árabes de la que no podría surgir nada positivo, se pierda o se gane. En el primero de los casos, su temor es que, entre otras consecuencias lamentables, se echen a perder logros tan importantes como los kibbutzim, asentamientos colectivos en los que Arendt observaba "el deseo de construir un nuevo tipo de sociedad en la que no hubiera explotación del hombre por el hombre"; en el segundo, porque siendo los judíos en Palestina una minoría rodeada por una mayoría hostil, estarían condenados a destinar gran parte de sus esfuerzos a la defensa del territorio conquistado, abandonando otros intereses y actividades con los que los judíos de todo el mundo habían soñado desde hacía siglos. De ahí que, ante aquello que se postulaba con fuerza de necesidad, la creación del Estado de Israel resultara terminante: "En este momento -sostiene- y bajo las circunstancias actuales un Estado judío sólo puede edificarse en detrimento de la patria judía". La alternativa por ella defendida era la de insistir en la búsqueda de un entendimiento judeo-árabe que diera lugar a una "federación regional".
Los últimos cuatro textos, escritos a mediados de los 60, se centran en la polémica desatada por su obra Eichmann en Jerusalen, y resultan esclarecedores acerca de los puntos más controversiales de dicho trabajo: la noción de "banalidad del mal", la culpabilidad de Eichmann, la legitimidad del juicio, las responsabilidades del pueblo judío en lo sucedido.
El libro de Adorno, Ensayos sobre la propaganda fascista, contiene cuatro textos breves escritos entre 1944 y 1962. En "Antisemitismo y propaganda fascista", texto de 1944, Adorno trabaja sobre ciertos discursos neofascistas pronunciados por agitadores en Estados Unidos y desmonta sus procedimientos centrales: la propaganda personalizada, en la que se promueve una identificación con los oyentes; la sustitución de los medios por los fines, que hace de la propia propaganda el contenido con el que se busca satisfacer el deseo; la apelación a estereotipos; la glorificación de la figura del líder como tal; el empleo de insinuaciones para despertar sospechas sobre el enemigo. En el segundo de los textos, "La teoría freudiana y los esquemas de la propaganda fascista", Adorno encuentra en Freud algunas claves para entender cómo funcionan esos discursos. A partir de "Psicología de las masas y análisis del yo", Adorno sostiene que aquello que une a los individuos en una masa de modo "espontáneo" es lo mismo que el demagogo intenta producir de modo artificial: "el mecanismo que transforma la libido en el lazo entre el líder y sus seguidores y entre los seguidores mismos es el de la identificación". Lo que el líder pretende es que en él los miembros de las masas se amen a sí mismos, viéndose reflejados de un modo idealizado. Pero no todo es pulsión erótica en la identificación con el líder. También el papel de la pulsión de muerte resulta capital. La persecución a las minorías débiles, el odio hacia "los de afuera" actúa como una fuerza de integración negativa.
Los dos textos que cierran el volumen fueron originalmente conferencias dictadas en Alemania en 1959 y 1962. Allí nos encontramos con un Adorno profundamente preocupado por la persistencia de algunos de los elementos que dieron lugar al fascismo. Tras alertar acerca de los íntimos vínculos entre publicidad y antisemitismo ("el antisemitismo es algo así como la ontología de la publicidad", afirma), el filósofo propone dos estrategias para enfrentarlo. Una, a largo plazo: "contrarrestar, en lo posible, la formación del carácter ligado a la autoridad". Y para hacerlo considera conveniente concentrarse en el trabajo sobre los padres de familia pero también, y especialmente, en los docentes. Son los maestros los que deben intervenir en los casos en que detecten "síntomas" de antisemitismo entre los niños. Si la ideología proviene del seno de la familia, los pedagogos deben tener el "coraje civil" para enseñarles a los niños "que sus padres pueden estar equivocados". La segunda estrategia, a corto plazo, consiste en intervenir con decisión: "Cuando no se consigue influir individualmente en ellos, es preciso confrontarlos ya en la escuela con la autoridad, castigar su influencia ideológica sobre los otros y ejecutar también estos castigos".
Sosteníamos al comienzo que la proximidad entre Adorno y Arendt era menor de lo que fechas, lugares, nombres en común podrían sugerir. Sin embargo, en los dos libros comentados -y más allá de la diferencia de perspectiva teórica desde la cual las abordan-, al menos tres cuestiones los presentan como muy cercanos: la necesidad de no olvidar lo sucedido en la Segunda Guerra, el enfrentamiento con la propaganda y la manipulación que ella implica, y lo imperioso de instrumentar estrategias efectivas para derrotar al antisemitismo. Cuestiones que -lamentablemente- siguen haciendo de estos dos filósofos pensadores actuales.
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