
Perú, síntesis de dos imperios
El Museo Metropolitano de Nueva York expone más de un centenar de piezas procedentes de cuatro continentes resultantes de la fusión de las culturas inca y española
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El sueño de ciudades con calles revestidas de oro pervive en la frase "valer un Perú" porque allí aconteció la materialización más célebre de la fantasía de un tesoro inmenso. Cuando Francisco Pizarro capturó al inca Atahualpa y exigió un rescate, los españoles quedaron pasmados por el cúmulo de lingotes y objetos de oro y plata, de telas exquisitas, que trajeron sus súbditos. Hoy valdría decenas de millones de dólares. Pero igual lo asesinaron, eligieron a un rey títere entre la aristocracia incaica y sojuzgaron al pueblo imponiéndole el poderío, la cultura y la religión españolas. La mezcla forzada de estas dos grandes culturas, ya de por sí heterogéneas, es el tema de Los Andes coloniales: tejidos y platería, 1530-1830, una exposición señera en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (cerrará el 12 de diciembre).
Hasta cierto punto, la explotación de los pueblos andinos fue una historia de integración, asimilación e intercambio que produjo una nueva síntesis. La influencia española comenzó con los libros, grabados, utensilios y telas que traían los conquistadores. Continuó con las enseñanzas de los sacerdotes, así como de artistas y artesanos europeos (incluidos tejedores flamencos y plateros alemanes) y las obras que encargaban los colonos ricos. Cuando España abrió las rutas marítimas hacia Asia, la afluencia de objetos, tejidos y hasta artesanos chinos complicó aún más las cosas. A comienzos del siglo XVII, los españoles ya habían abierto talleres al viejo estilo incaico, aunque las condiciones de trabajo eran mucho más duras. En sus postrimerías, ya había cobrado impulso el "barroco andino", como lo llaman hoy los eruditos.
Los Andes coloniales es el primer examen conjunto y profundo de la platería y los textiles resultantes. Lo organizaron Elena Phipps, conservadora textil del museo, y Johanna Hecht, curadora asociada de su departamento de escultura europea y arte decorativo, asesoradas por Cristina Esteras Martín, experta en platería colonial española. Presenta unas 150 piezas de colecciones públicas y privadas de cuatro continentes; muchas se exhiben por primera vez.
Realzan la muestra una selección de queros (los hermosos vasos de madera que usaban los incas para beber chicha) y pinturas de gran tamaño, casi todas de objetos similares a los expuestos. Entre los mantos femeninos, con sus imaginativas franjas de formas cúbicas segmentadas, se exhibe el retrato de una altiva dama indígena que luce uno igual. Apoya su mano sobre una corona incaica orlada en rojo, en la pose clásica de la realeza europea, y la acompaña uno de esos enanos gibosos que solían servir a la elite local. El enano sostiene un quitasol emplumado.
En una galería, vemos grandes revestimientos de altares en plata repujada. En la siguiente, tres cuadros de fines del siglo XVII, también grandes, muestran la procesión de Corpus Christi en Cuzco.
Al principio, estas telas, bandejas de plata e imágenes, estos cofres y objetos de culto quizá nos parezcan europeos. Pero pronto se distinguen por la profusa y vigorosa ornamentación foliforme (particularmente en la platería) que crea una energía superficial a veces abrumadora; por sus personajes, ataviados a la usanza incaica, y por incongruencias tales como los delicados motivos textiles blancos sobre fondo oscuro, inspirados en los encajes europeos que tanto gustaban a los incas. Además, en la platería, hay una especie de abandono e incluso de informalidad que, sumados a las dimensiones y al grosor de los objetos, indica la gran abundancia de ese metal. Se llevan la palma dos pelícanos de tamaño natural con gemas incrustadas en los ojos, símbolos muy tangibles de la Eucaristía.
La civilización incaica fue el apogeo de más de tres milenios de progreso, en los que reinos e imperios andinos se fusionaron y guerrearon. En esas culturas, el tejido apareció unos mil años antes que la cerámica; de ahí su inigualada centralidad. Los tejedores incaicos confiaban en su memoria, más que en dibujos. Aun en la época colonial, trabajaban para fines políticos, más que religiosos: principalmente, vestían a la clase gobernante, desde el monarca hasta los chasquis reales. El hibridismo de la cultura colonial se manifiesta especialmente en los tejidos, en parte porque sus colores contrastantes facilitan su "lectura". Llama la atención la habilidad con que los incas adaptaron y subvirtieron motivos y técnicas ajenas y, adrede o no, hicieron sentir su presencia. (En el excelente catálogo, leemos que, casi del mismo modo, transformaron el catolicismo en "una religión local".)
Una obra perteneciente al museo tiene dos orlas concéntricas con motivos foliformes y una intermedia, en hermosos colores, que entremezcla personajes incaicos, cristianos y de la mitología griega con escenas de la vida cotidiana: casas, cazadores, un hombre apaleando a una cabra y una vaca parda y blanca, con contorno azul, cuidando a su ternero pardo y rosado, con contorno blanco.
En un tapiz heráldico del Museo Británico expuesto en la última galería, aristócratas incaicos de uno y otro sexo, con sus túnicas y mantos tradicionales, pueblan una ancha franja. Una vez más, los acompañan enanos gibosos con quitasoles emplumados. Data de fines del siglo XVIII, unas pocas décadas antes de que los pueblos andinos lograran independizarse de sus amos españoles.
Aporte local
Como suele ocurrir con este tipo de muestras, coleccionistas de todo el mundo prestaron sus obras al Metropolitan de Nueva York.También nuestro país.
Instituciones tales como el Museo Fernández Blanco, el Museo Histórico Nacional y el Círculo de Armas, así como un grupo de coleccionistas entre los que pueden mencionarse a Nelly y Carlos Pedro Blaquier -el resto prefirió mantenerse en reserva- cedieron platería, objetos y tapices que, por estos días, se exhiben en las diferentes salas del museo neoyorquino.
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