Poemas inéditos

Arturo Carrera
(0)
6 de marzo de 2015  

Canción del vigilámbulo

I

el "soñé que..."

el "soñé que..."

y no se trata de un simple eco,

ni de repetir las últimas palabras

que de una frase suenan

sino del eco sin palabras, sin cosas del lenguaje;

el eco

que golpea sin ondas: ínfimo,

cotidiano, prodigioso.

II

en este círculo me encierra,

en este otro me libera,

en este círculo me encierra,

no quiere que la muerte cercana se apodere

de estas bandas de tiza,

y aquí en el sueño están sus palabras

aunque no las reconozca;

aquí aunque no sepa qué dicen,

aquí aunque se posen sobre la función

de un sinsentido equivocado;

pero eso tampoco existe

aquí aunque ya no sea la infancia sino

su límite impreciso

en la lluvia, ahora, en esa borradura lejana,

el arco iris, en esa banda gris plomo

contra el amarillo vibrante del campo.

Y ella sentadita sigue dibujando rayas, rayas, círculos,

como si marcara el tiempo de su alegría en mí,

de su abandono en mí, de su presencia en

cada movimiento de su mano

pequeñísima en mí,

para alzar con su grafía la letra que alza hoy

esta ínfima edad para su vocecita milenaria,

los anillos de un destino del "ya no sé quién soy",

"en breve ya no sabré

sino apenas lo que miro",

III

más de lo que les hablo sin saber lo que digo

y otra vez amanece,

otra vez quiero escribir dentro de la fuerza de un círculo

que un lápiz trémulo dibuja en su retirada,

y otra vez la luz imperturbable del alba,

que ya no tiene ruiseñores ni alondras sino el resto

del deseo en un olvido de palabras,

de nombres incluso,

los más cercanos al horizonte de esperanza

para que la acción no sea el arte ni la vida,

ni la vida del arte,

ni una ni otro como membranas del mundo,

Duramadre, Píamadre y Aracnoides entre las Parcas

protectoras, que vuelven con este día, con

este dolor infuso en la claridad

como custodias de mi muerte y

son el vigilámbulo que cabecea,

el vigilámbulo que cabecea.

¿Otra vez dioses impares?

I

Había escrito aquella vez para mi hijo y para mí:

"Fermín (14) y yo (41)

varones de la casa este verano".

y hoy vuelvo a preguntar: ¿quiénes somos?

¿De dónde vinimos?

¿...creímos que todas las cosas del universo eran,

inevitablemente, padres o hijos?

(...)

y esos hijos ahora

imagino que sueñan y no sueño;

que hablo

y no hablás.

Son hilillos de luz,

inciertas discusiones.

Y una pasión cuya dimensión sobresalta

la humilde extrañeza de pertenecer

a otro universo de costumbre:

cada uno atiende de su gen

el fuego altanero, la luz de un faro que enciende

el demorado atardecer. El gesto imperceptible

como el recuerdo antes de recordar

cada giro, cada racha de luz

tan frío bajo los pies en las dunas

y tan visible ahora para entretener

la culpa cierta de un don

que nos empuja como la noche, roza

los utensilios, el fuego

y los gestos que ahora del lenguaje

fueron levemente borrados.

El ritmo de nuestra vida

no se parece al olvido;

sin embargo, cuánta terquedad

de la memoria intangible,

de cuántos modos, en cuántas

cantidades de silencio.

Cada interrogación es ahora

la luz fugitiva de toda respuesta.

Los dos, padre e hijo, padre y fauno

nos regocijamos aún

con las apariencias ordinarias.

II

Padres ahora dos,

y atraídos los números por leyes no conocidas

de un parentesco o irreductible ilusión

de lenta identidad: -dos que caben felices

en la canasta o fisco de un ignoto abuelo.

Hombres que apenas saben

cuánto al fin el dolor los delata,

la culpa y la belleza despiertan

en formas nuevas llamadas destino. ¿Y si no fuera

destino sino piedad. Tan sólo esa

piedad antiquísima llamada presencia?

...mientras niños que no conocen ni advierten

los nombres y las voces inauditas

de otra memoria guardan sigilo.

...creyeron que un paraíso saciaría

toda la voluptuosidad infinita

cercana al amor.

III

¿Pero qué hubo entonces

sino el miedo laborioso a la rutina, la mirada

en la tenuidad de los detalles,

"vestigios" desconocidos,

imprevistos,

en cada exclamación involuntaria?

¿acaso bastaron ese oh, ah, ja ja ja... en la pantallita

de un mensaje de texto?

y alguien que respondía aún desde la sombra

siendo nosotros mismos que no

debíamos responder.

Alguien que no deseó interrumpir

nuestro llamado confuso: ¿la especie?,

¿la humanidad?,

¿la lejanía de cada mundo?

Invierno indiferente

I

Habrá cuatro estaciones

para el oído insepultable del fauno:

tiempos visitantes que no conocemos

pero sirven para rumiar

la soledad de cada cosa. Y para

preguntar: ¿quiénes serán?, ¿cómo se llamarán?,

¿hijos?

¿por qué confiamos en sus murmullos

tenues?

¿Por qué en esta nieve que no limita sus cristales

se liquidan de nuevo uno a uno los códigos,

las huellas ínfimas,

los vestigios fractales

y el deseo se envuelve en el ovillo de los rastros

de un cuerpo que ahora reclama

el potlatch de su juventud,

el vacío de su inocencia?

II

la pantallita no dice beso dice bso -y yo creo

mirando, leyendo esa chispa de beso, la ausencia,

la furia de instantánea adecuación: soy yo el que recibe

el beso -pero falta la e, pero tiene

ese brío de amable incertidumbre,

tiene lo que buscamos... y

unos pocos trazos frenéticos brillan como téselas,

como signinos, como signos.

Ascuas de la pequeña alegría de lo obvio

que nos reconoce y se concentra.

Todo lo demás parece realidad.

Comprar los muebles y juguetes de una recienvenida al

mundo: un cochecito nuevo, un "huevito" confortable donde

ella duerma,

¿realidad?

acunar, cambiar, adormecer

la realidad

Hasta que la demora real, otras veces,

en una maravilla del silencio,

no se pueda precisar sino cantando,

y a medida que aparece como un pez soluble

quiere involuntariamente

dejarse mostrar

y con la figura hecha

de nubes que se adelantan

dejarse oír

dejarse avasallar

dejarse transformar

involuntariamente

como dejarse besar y en la mitad

compartir su impaciencia, su energía arrogante

con sombras pequeñas desconocidas

que pactan en un cercano remolino de arena.

III

Son niños que desde lejos nos encandilan y embaucan

en el aullante mediodía.

Son íncubos de la secreta memoria que somos

exhumando un tedio caligráfico.

...en la mesura de mirar la mañana feliz

donde la tinta se termina y

vamos hacia la elocuente fontana

de una dicha antigua que se cuida

de la Verdad,

que alimenta con su asedio

el hastío de la verdad.

Allí el deseo acude

a compartir con sus derroches

los trémolos nocturnos, los llantos secretos,

los felices contagios,

las líneas de un dibujo salpicado de luz:

los pies pequeños,

las manitas rosadas;

el vestigio en los ojos

del paso de unos duendes contra los timbales

de unas locas cigarras.

y es el erial de lo real: con

los repollos, las rosas, las cigüeñas

de París. Las niñas.

Y lo que es peor: confirmar que "crecen"

aún cuando nos avecinábamos

a la pasión del no discernimiento.

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