
Recordar para ser libre
El autor de Las cenizas de Angela anuncia una segunda parte de sus memorias y se refiere a la situación "colonial" que los irlandeses vivieron y superaron con fervor patriótico y humor.
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FRANK McCOURT vive en un piso acomodado junto al Central Park de Nueva York con su segunda esposa, Ellen. Tiene 67 años y camina en cámara lenta, con una chaqueta verde de lana que parece no quitarse nunca. Sus ojos diminutos, hundidos en un rostro venerable, delatan una gran debilidad física que compensa con buenas dosis de humor irlandés. Desde hace unos pocos meses, cientos de miles de personas en todo el mundo conocen al dedillo la vida de este hombre, o al menos una parte de ella.
La parte de la vida de Frank McCourt que conoce la gente es la que va desde su nacimiento en Brooklyn (Nueva York) y el viaje con su familia a Limerick (Irlanda) hasta el día de su regreso a EE.UU. veinte años después. En medio discurre una trágica historia de miseria y enfermedad, marcada por la muerte de tres hermanos en condiciones casi infrahumanas y la figura de un padre alcohólico a quien siempre veneró, pese a que les robaba sistemáticamente el escaso dinero que recibían de la caridad. Ese es el período de su vida que abarca Las cenizas de Angela, el libro con el que este profesor de escuela neoyorquino ganó el premio Pulitzer el año pasado. "Y eso que no he contado lo peor", advierte.
Franz McCourt nunca pensó que el relato de su infancia en Irlanda, marcada por el hambre y la enfermedad, pudiera tener tal repercusión. Traducido a 19 idiomas y con ventas millonarias en todo el mundo, McCourt se ha convertido en una especie de cómplice de la miseria humana universal. "Me siento liberado después de haber sacado todos esos recuerdos en el libro", dice. "¡Si no lo hubiera hecho, me negaría a morir!".
Aluvión de penas
Ahora está inmerso en la segunda parte de esas memorias, y aunque cree que la vida de todos es un libro en potencia ("Todas las vidas merecen ser escritas, cada una encierra grandes misterios"), suplica que la gente no le envíe más cartas contando sus desdichas. "No tengo tiempo ni para abrir los montones de correspondencias que recibo", dice, sorbiendo un café.
"La vuelta a EE.UU. fue muy difícil", dice McCourt resumiendo lo que será su nuevo libro. "No tenía ninguna educación y además mi aspecto era horrible; yo siempre pensé que era muy feo. Era tímido y todo me daba miedo, incluso hablar con la gente." Llegó con 50 dólares en el bolsillo y tenía que mandar dinero a su madre en Limerick. Trabajaba en hoteles barriendo el suelo, vaciando ceniceros, limpiando cuartos de baño. Se sentía humillado, porque creía que podía aspirar a algo más. No tenía una educación académica, pero había leído mucho. Lo mejor que pudo ocurrirle fue que lo llamaran a filas.
McCourt pasó tres años en el ejército en Alemania y así pudo ingresar a la universidad al volver a EE.UU. Dedicó los treinta años siguientes de su vida a dar clases en escuelas públicas de Nueva York, experiencia que, según él, marcó esa cualidad de narración oral que tiene su libro. Al retirarse escribió teatro junto a su hermano Malachy (Los irlandeses, y cómo llegaron a ser como son, una obra que ahora reestrena) y se sumergió en el ambiente periodístico-literario y etílico de la ciudad junto a famosos irlandeses como Jimmy Breslin y Pete Hammill.
"En realidad yo nunca tuve problemas con la bebida", matiza, "no tengo aguante. Yo quería beber, pero me sentaba mal. La bebida y yo nunca pudimos hacernos amigos".
Hay preguntas que McCourt ve venir y que empieza a contestar antes que se terminen de formular. Una de ellas es la referida al título del libro, quizá la más reiterada en sus entrevistas (se refiere a las cenizas de su madre, esparcidas en Limerick tras su muerte en Nueva York, en 1981). Otra es su relación con su hija, Maggie. Frank tuvo que perseguirla durante años, pues ella se iba escondiendo por todo el país, siguiendo el grupo The Grateful Dead. "Yo tenía que rescatarla porque se metía en problemas o se quedaba sin dinero. Llegué a sitios de América que nunca supuse que vería".
"Acabo de leer las memorias de Elie Wiesel en el campo de concentración cuando tenía 15 años", explica McCourt, "y veo que lo que nosotros sobrevivimos no es nada comparado con eso. Hay quienes se dejan caer y mueren, y algunos de nosotros decimos: «.¡Una mierda! ¡Voy a salir de esto!» Es una cuestión de aguante. Siempre tuvimos mucho sentido del humor, y nunca nos aburríamos. Mirábamos callejón arriba, y decíamos: ése es el camino a América, lo cruzaremos un día y no volveremos."
McCourt dice que ha vuelto a Irlanda casi cada año, y aun con más frecuencia desde la publicación de su libro allí, cuya promoción combina con actos benéficos. "El lugar donde creces mantiene siempre una seducción sobre ti", dice. "Te ves regresando una y otra vez. Al principio no sabía por qué volvía, porque tenía un sentimiento de rabia." Ahora afirma no sentirse europeo ni americano, sino "de nacionalidad neoyorquina".
Conocido en la comunidad irlandesa de esa ciudad por su oposición a la "situación colonial" que se vive en el país de sus antepasados, McCourt es "optimista, pero realista también" respecto al reciente acuerdo de paz. (Esta conversación se mantuvo antes del referéndum.) "La última vez que se firmó un tratado así fue en 1921 y después se desencadenó una de las guerra civiles más cruentas de nuestra historia", comenta. "Pero lo importante es que en este momento no hay marcha atrás. Como dijo Martin Luther King: "He estado en lo alto de la montaña y he visto el valle".
Sobre el carácter irlandés, McCourt señala que sus claves son la relación con Gran Bretaña durante ochocientos años, la Iglesia, el clima y una larga adicción a la bebida. "La sumisión nos ha hecho ser actores. Disimulamos ante el señorito pero, cuando pasa de largo, murmuramos: «Jodido cabrón»... El lenguaje inglés nos lo impusieron e hicimos mejores cosas con él que los propios ingleses. La Iglesia fue nuestra única conexión con la cultura europea. ¡Fíjese que en el colegio en Limerick nos enseñaban lo bueno que era Franco! Finalmente, la hambruna del siglo XIX extendió sobre Irlanda un manto de tristeza y melancolía que es determinante. Siempre creí que en esto Irlanda es como Rusia y España: tres naciones marcadas por la oscuridad, la música y la pasión. La diferencia es que España ha madurado en su relación con la bebida. En Irlanda no maduramos en éste ni en otros sentidos. En vez de desarrollarnos como civilización, lo que hemos hecho es estar peleando. Igual que me pasó a mí durante mi primer matrimonio".
Por
Para La Nacion - Madrid, 1998



