Relatos de guerra: una mujer en el frente

Irak: médicos de la Marina cargan con un infante herido durante un ataque en Ramadi, al oeste de Bagdad
Irak: médicos de la Marina cargan con un infante herido durante un ataque en Ramadi, al oeste de Bagdad Fuente: EFE
Elisabetta Piqué
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3 de mayo de 2020  • 01:20

Esta nota se publicó originalmente en el diario LA NACION el 6 de julio 2003.

Lunes 15 de octubre de 2001

ROMA

Nerviosismo normal, como en cualquier arranque de cobertura. Uzbekistán es el destino inmediato. Afganistán, la meta. Como siempre, voy en taxi a Fiumicino. El avión sale a las 10 de la mañana, me despierto muy temprano. Check-in, grandes controles de seguridad –consecuencia del 11 de Septiembre–, último cappuccino en el bar y compra de diarios para leer en el viaje. El equipaje de mano pesa más que de costumbre. Además de la computadora portátil, por primera vez llevo un teléfono satelital que alquilé: si entro en Afganistán, el objetivo, va a hacer falta.

Jueves 25 de octubre de 2001

FRONTERA TAJIKISTÁN-AFGANISTÁN

La cita es a las 7.15 en el lobby, para cargar el auto. Los viejos ascensores del Tajikistan Hotel no dan abasto. Nos vamos un montón en el convoy. El auto es una combi hecha bolsa, blanca, manejada por Razad y Abdul. Compañeros de viaje: José (camarógrafo francés), Adriana (mexicana de TV Azteca, que no se lleva nada bien con José), Frédéric (fotógrafo francés), Luigi (periodista italiano) y yo.

A las 8 hay que estar en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Después de los trámites –los organizadores tomaron lista, controlaron acreditación y pasaporte y nos dieron un número a cada vehículo–, finalmente salimos a eso de las 10 de la mañana. Vamos en fila, en caravana. El convoy –formado por autos soviéticos hechos bolsa, jeeps destartalados, combis sin marca– recuerda a Los autos locos, ese famoso dibujito.

Nuestra combi anda pésimo, parece que se va a quedar en cualquier momento, pero lo peor es que no tiene frenos y Abdul maneja como un loco.

En un check point los milicos intentan sacarnos plata, pidiéndonos un formulario de aduana que nunca nadie nos dio, pero depende de la cara de uno y de cuánta plata declara llevar, si finalmente coimean o no. Como siempre, yo digo "Argentina, Maradona, poor country, no money", sonrío y no me sacan nada.

Finalmente llegamos a la frontera con Afganistán –el Amu Darya, el río Oxus que cruzó Alejandro Magno en su camino hacia la India–, cuando está por ponerse el sol. La balsa parece buena. La frontera es controlada por soldados rusos. Luigi me confiesa que le tiene miedo a la balsa porque no sabe nadar (ayer tuvo una pesadilla con el cruce). Le dije que yo lo salvaba si se caía.

Aparece la luna, baja el sol, y después del enésimo control el motor de la chata arranca y la balsa empieza a moverse. ¡Estamos cruzando hacia Afganistán!

Del otro lado de la orilla es el infierno: está oscuro y decenas de mujahidines nos asaltan, iluminándonos con linternas la cara, gritando "¡Passport! ¡Passport!". Todos con Kalashnikovs. Nadie entiende nada. Hay que descargar los bultos y yo no sé si largar o no el pasaporte. Los mujahidines también te tocan, te empujan, y todo en la oscuridad. Momentos de pánico, Frédéric va a una casa con los pasaportes, y me quedo cuidando las cosas. Parece una pesadilla. Después empiezan las negociaciones: al principio, siempre a los gestos, piden 300 dólares para ir a Khodja Bahauddin. Después van bajando.

* * *

En el Foreign Ministry nos sacan el pasaporte, nos invitan a tomar asiento en una especie de living-escritorio (antes nos sacamos los zapatos) y nos ofrecen el primer té (chai). Se puede dormir en unas carpas. Veo que hay energía –lo único que realmente interesa– y le digo a Luigi que es mejor que nos quedemos ahí. Sigo con un terrible dolor de cabeza. Como un pedazo de parmesano, una bendición. Llamo (¡y funciona!) con el satelital a Papa (mi papá) y al diario para decir que todo va bien.

Estreno la bolsa de dormir comprada en Tashkent, violeta, donde encuentro una aguja... la primera de varias... Al principio, la temperatura es agradable, pero entrando la noche hace cada vez más frío. Se apaga el ruido del motor del generador.

Luigi –a quien ayudo a meterse en la bolsa de dormir– me da codazos y patadas. Al margen del frío, duermo muy mal. En medio de la noche, Luigi me llama: "Elisabetta, Elisabetta". "Sí", le contesto, y nada, sigue durmiendo. Su mujer se llama Elisabetta.

* * *

Lunes 19 de noviembre de 2001

AFGANISTÁN

Son las doce y cuarto de la noche y estoy destruida. Murió Julio. Julio Fuentes. Todavía no lo puedo creer. Nos habíamos conocido y hecho amigos en Siria, durante el viaje de Juan Pablo II. Fue una puñalada. Habíamos hablado hacía poco y quedado en vernos en Kabul. Escribano (José Claudio, subdirector del diario) me llamó y me dio la orden de salir de Afganistán. Ya. Al margen de que no es fácil hacerlo ahora, y desde acá, yo no quiero. Quiero llegar a Kabul.

Pero están todos preocupadísimos. En un momento –porque Paco Paniagua, periodista español, que me conoce y sabe que soy amiga de Julio, llamó al diario– pensaron que era yo la periodista italiana que también mataron, Maria Grazia Cutuli, del Corriere della Sera.

* * *

Jueves 20 de marzo de 2003

KUWAIT CITY

Celina llama a las cinco y media de la mañana: "Sorry, Betta, pero me dijeron que te despertara, empezó el ataque contra Irak". Es cierto, antes de irme a dormir, a horas de que venciera el ultimátum de Bush a Saddam, yo pedí al diario que por favor me despertaran cuando empezara la guerra, aunque suene increíble.

Estoy en Kuwait, rampa o trampolín para la invasión a Irak, desde el 2 de marzo. Como no me dieron la visa para Irak, la idea es entrar desde acá, una vez que empiece la invasión, es decir desde ahora.

Corto con Celina –Celina Chatruc, de mi sección Exterior del diario, divina– y prendo la tele de mi cuarto de hotel. Las guerras ahora empiezan por TV... Veo el discurso de Bush, que habla de la liberación de Irak... Despierto a los demás. Somos varios periodistas los que estamos nuevamente juntos para esta cobertura. Bajo a tomar el desayuno, donde hay clima de frenesí. Decidimos irnos con todo hacia la frontera. Desde hace días que, en distintos teams, tenemos todo listo como para cruzar a Irak cuando empiece la guerra. Todos alquilamos camionetas 4 x 4. Yo, junto a Angelo y Salvo, una Mitsubishi Pajero color ciruela, y todos nos las rebuscamos para ponerle un portaequipajes. Unos paquistaníes que descubrimos en un barrio tipo Warnes de la espantosa Kuwait City nos agujerearon el techo.

Mientras terminamos de poner una lona para tapar las cosas del portaequipajes, un periodista francés lanza el grito de alarma. Un misil Scud –el primero de una larga serie– cayó en el norte, en el desierto. Escucho ulular la primera sirena de alerta, que avisa que hay que bajar a los refugios. No tengo idea de cómo se pone la máscara antigás, ni el traje, pero no sé, no tengo miedo, la lógica me dice que lo último que va a hacer Saddam ahora, al comienzo de la guerra, es usar sus supuestas armas de destrucción masiva, porque nadie dudaría en responder con armas atómicas. Por ahí me equivoco, pero soy fatalista, y será lo que tenga que ser.

Agradezco no haber hecho el curso, porque veo que Salvo y Lorenzo Bianchi, que lo hicieron, están histéricos. "Rápido, hay que poner en las ventanillas del auto los detector papers", gritan paranoicos. Si los papelitos cambian de color, quiere decir que hay algún gas venenoso en el ambiente. Las autopistas están bloqueadas. Hay colas de gente huyendo a Arabia Saudita.

Vamos a la embajada italiana. Hay unas veinte personas, todas en un cuarto sellado, con cara asustada. (...) Suena una sirena de alarma. Primera experiencia con la máscara. Al ver que no tengo idea de cómo se pone, o que me la pongo mal, todo el mundo me ayuda. A los gestos, hay un maresciallo de los Carabinieri que dice que nos sentemos para no fatigarnos al respirar con la máscara, y pide que no nos pongamos nerviosos. La máscara me aprieta la mandíbula, me da claustrofobia. Yo saco fotos. No puedo creer que estoy viviendo esta locura.

* * *

Viernes 11 de abril de 2003

IRAK

Salimos a las 7.15. Hay 580 kilómetros hasta Bagdad. Se ven columnas de camiones militares que vuelven vacíos, y casi nadie en la autopista, que está bastante buena, con tres carriles en cada mano. Increíblemente, no está para nada dañada por el paso de los tanques. Los yanquis evitaron tener que reconstruir también esto. El paisaje es chato, y estamos todos más que alertas. Cada vez que vemos la silueta de un hombre con algo en la mano, todos pensamos lo peor, un paramilitar a punto de asaltarnos, pero nos callamos. Hasta una caravana de camellos de lejos puede parecernos una banda...

A las diez y cuarto se acaba la autopista. Hay un camino de ripio. En un check-point nos controlan los ID, y cruzamos un río sobre el puente Bradley. Vemos más camellos, gente haciendo la V de la victoria que intenta vender dinares con la cara de Saddam y bulldozers con marines que trabajan sin parar, con el chaleco antibalas sin nada abajo, tipo musculosa. Todos siguen paranoicos con los atentados suicidas. Les preguntamos si estamos yendo bien hacia Kut y tampoco tienen idea. Yendo hacia el norte, el paisaje se va haciendo más verde. Escenarios bíblicos, oasis con palmeras, como los dibujos de los libros de catequesis de cuando era chica. Lindísimo. Y helicópteros de combate Apache volando muy bajo por ahí.

Por kilómetros y kilómetros no vemos ni un marine. Cuando vemos un cartel que dice Hilla, lo que era Babilonia, entendemos que nos equivocamos de camino. Al acercarnos a Bagdad empieza a verse la destrucción. Carcasas de tanques iraquíes, barricadas, municiones. La autopista está hecha bolsa, y en la periferia se ve gente saqueando. En un primer check-point, le pregunto a una chica soldado cómo está la situación: "I wanna go home", contesta. El clima es caótico, columnas de humo negro, postes de luz derribados, se respira la misma anarquía que había en Basora.

Yo quisiera ir derecho al Hotel Palestine, donde están mis amigos, pero se está haciendo de noche. Paolo tiene miedo, y decide que nos quedemos durmiendo debajo del puente de una autopista, donde vemos yanquis con tanques. Son del 3 Battalio 15 de Infantería. Cuando le pedimos a un capitán si podemos acampar ahí, nos dice que sí, pero de muy mala gana. Ayer fuerzas iraquíes estuvieron disparando cohetes RPG. Cuando le pregunto a un mayor cuándo piensa que los marines tomarán el control de la situación, me contesta que no sabe.

Baja la noche, y muy cerca hay combates bastante violentos. Me pongo a escribir en el auto, pero lo más rápido que puedo porque Paolo no prende el generador, y tengo poca batería. Paolo está agotado, se siente mal, y se tira a dormir en el auto. Como un pedazo de una lata de corned beef a oscuras, asquerosa, saladísima. En un momento se me cae la linterna sobre el parabrisas y se rompe... Todo mal. Elio, divino, me ayuda. Estoy muerta, no quiero calcular desde hace cuánto que no duermo. Me tiro en la parte de atrás del auto. Es incomodísimo. Me agarra frío, saco la bolsa de dormir, pero estoy contenta. Estoy en Bagdad.

¿Por qué la elegimos?

Cubrir un conflicto bélico es una de las tareas más riesgosas para el periodismo, pero también de las más insoslayables. En esta crónica en forma de diario una corresponsal de LA NACION refleja la incertidumbre y adrenalina que rodearon la invasión de Estados Unidos a Afganistán, un mes después de los atentados contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001.

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